Saturday, February 25, 2006

Las plumas de un mago

En las tardes del verano los trajes de la gente se apretaban con el sudor de sus cuerpos. Las mujeres se veían más engañosas y sensuales que sirenas. Mis ojos asombrados no dejaban de observar y apreciar el extraño mundo como si fuera la primera vez. Me detuve y me dije si soñaba, escribía o pensaba… No tenía la certeza, así que, siempre contrariado, fui a buscar a un amigo que hacía mucho estaba muerto. Llegué al cementerio en donde reposaban sus restos y, ante su lápida llena de flores resecas le hice una pregunta: ¿Compañero, estoy vivo…? De pronto, una pluma cayó sobre mis pies como si fuera una palomita blanca, y luego, se elevó por los aires hasta llegar a la parte más alta de un árbol. Sentí un impulso y la seguí como un niño, y observé que se había estancado en una de las ramas. Escalé el viejo árbol hasta llegar a su parte más alta. La vi cerca de mis manos y toqué la pluma, me sentí contento, y antes de soltarla, la miré con ternura… Y, quién sabe si fui un tonto, le hice una pregunta: ¿Compañero, estoy vivo…? La pluma volvió a escaparse de mis manos y salió volando por los aires como un ave asustado.

Bajé del árbol, y mientras retornaba hacia mi casa vi que mucha gente caminaba apurada por llegar a sus sitios, hogares, reuniones, no sé, pero se notaba que el lugar hacia donde marchaban les daría lo que buscaban. Sentí nuevamente el impulso y seguí al azar a cualquiera de ellos, uno, cualquiera... Sin darse cuenta “mi compañero”, bajamos y subimos calles, muchas escaleras, y cuando llegamos a uno de los tantos callejones, el sujeto me miró de frente y preguntó ¿el por qué le seguía? No lo sé, le dije, no sé en verdad compañero, pero te he escogido a ti entre todos porque no tengo a nadie mas a quien seguir, hablar, ni decir nada de nada… ¿Deseas escucharme compañero? El tipo se acercó con una mirada amigable y comprensible. Era alto, vestía elegante, y tenía en las manos un bello maletín, esos de cuero negro brillante. Cuando estuvo frente a mí, sacó de su maletín un cuaderno, un lapicero y me lo dio. Le iba hacer mi pregunta, pero el tipo me dijo algo que nunca olvidaré: Escribe, compañero. Pero… ¿adónde y a quién…? No me dijo nada pero vi que del cielo caía una pluma que empezó a seguirle como si fuera una paloma…

Caminé hasta llegar a una banca y justo empezó a llover, pero eso no impidió que le escribiera. Le dije muchas cosas, y sin darme cuenta la mañana llegó. Aún estaba medio mojado, pero había escrito durante toda la noche, y el cuaderno estaba lleno de mis letras. Me paré, y vi durmiendo debajo de la banca en que yo escribí a un vagabundo cubierto de cartones y plásticos. Me agaché hasta llegar a sentir su respiración. Traté de despertarlo pues quería darle algo especial, algo que suponía le iba a encantar. No despertó. Estaba ebrio, pero aún así le dejé bajo uno de sus cartones mi cuaderno relleno de todos mis sentimientos escritos y metidos en la sombra del recuerdo de una noche lluviosa y colmada de magia.

Me alejé del vago y la banca, y mientras caminaba rumbo hacia cualquier lado, sentí un hambre feroz. Fui hacia una vieja frutera, y cuando estuve delante de ella le rogué que me regalara algo para comer, aunque sea fruta podrida. La señora sonrió de oreja a oreja y, para mi sorpresa, me obsequió una docena de bananas, ricas bananas de color amarillo así como el Sol del verano. Gracias, le dije. Me miró a los ojos como nadie lo había hecho antes, algo así como una diosa, al menos así me pareció. De pronto vi que una pluma de color blanco salía volando de sus canosos cabellos como si fuera una paloma. Sonreí pues supe que no soñaba, no pensaba, no escribía… No, nada de eso, nada de eso… Entonces, escuché la vieja voz de mi compañero saliendo de algún lugar dentro de mí, o de afuera, no tenía certeza. Me dijo que viva, que yo viva, y que viva porque había una razón, una magia en casa paso que daba por la vida.

Lince, febrero de 2006

Friday, February 24, 2006

La entrevista

Le vi sentado en una silla. No parecía ser Dios, pero al ver una larga cola, llena de santos, de los que aparecen en la Biblia o en las Iglesias, supe que era él. No tenía la imagen que yo me hacía de él, pues era bajito, joven, gordo de piel cobriza, de cabellos negros y muy cortos. Tenía toda la pinta de un gerente, un director de empresa, pues vestía de terno y corbata. Ante estas imágenes pensé que aún existía, que no estaba muerto, o en todo caso que estaba dentro del sueño de algún desconocido, pues todo me era extraño, inusual. Lo cierto fue que después, que atendiera a uno por uno por una cantidad incontable de tiempo, quedé totalmente anonadado, pues en vez que los santos le besaran las manos o los pies, se daban un apretón de manos y salían por una de las tantas puertas de aquel salón con pinta de soberbia oficina. De pronto, escuché su gerencial voz llamándome, con el tono de vos de esos gordos mofletudos, pidiéndome que ingresara a mi entrevista.

Entré y me senté en una silla al borde de su lujoso escritorio. Dios parecía muy ocupado pues no cesaba de anotar, firmar en varios papeles, mientras hablaba por un teléfono que tenía pegado en su oreja. Me sentí un poco raro, pues parecía estar frente a alguien que necesitaba de un empleado. De curioso, traté de observar lo que escribía, cuando de improviso paró. Me miró a los ojos, y dijo:

- ¿Sí?

No supe qué decir. Callé. Mi lengua se había enredado, o escondido como si fuera la cabeza de una tortuga escondiéndose en su caparazón. No podía articular una palabra, quedé congelado por su voz… Su mirada era dura, imperturbable. Sus labios oscuros eran firmes, serios. Sentí que importunaba. Sentí que me encogía hasta llegar al tamaño de una hormiguita. De pronto, sonrió, y eso hizo que la sangre volviera a circular por mí ser...

- ¿Qué quieres? - Volvió a preguntarme.

- Soy escritor... - le dije con gran timidez.

- ¿Y...?

Le comenté que deseba averiguar si estaba de acuerdo con que continuara escribiendo, si ello no sería una piedra en mi camino hacia la realización de la verdad, pues había leído a Sócrates decir a sus discípulos que el arte era la más grande y fuerte de todas las ilusiones. Iba a continuar explicándole pero Dios bajó la mirada, levantó su índice derecho y me dijo que no debiera preocuparme de hacer uso de ideas ajenas y lejanas al aquí y al ahora, que podría escribir en paz, si así lo sentía…

- Pero, - le dije, interrumpiéndole - ¿De qué voy a escribir?

Me volvió a mirar con esos ojos que se volvieron como si todo el universo cupiera en sus dos pupilas, y dijo:

- De nuestro amor...

Volvió a sonreír, y luego, tomando el teléfono inalámbrico se despidió de mí con un fuerte apretón de manos. Me paré dispuesto a salir de aquel espacioso y lujoso lugar, y cuando empezaba a marchar hacia una de las tantas salidas, sentí y escuché que me daba todas sus bendiciones. Iba a voltear para agradecerle pero observé que una muchedumbre de personas con los rostros llenos de ansiedad, de santos, ángeles, dioses mitológicos, hacían su cola para entrevistarse con Dios.

No recuerdo cómo salí de aquel lugar, y no sé si estuve en el sueño de algún desconocido, o si había despertado de alguna de las tantas muertes, o si simplemente continuaba existiendo... pero desde aquel momento no he dejado de sentir el impulso por escribir acerca de aquel amor, aquel sentimiento que se manifiesta desde que abro los ojos de toda conciencia hasta cerrarlos...




San isidro, febrero del 2005

Tuesday, February 21, 2006

Plegaria

Me sumí en un cuarto de carne y sangre porque ya no tenía mas adónde ir. Y en este sacro lugar le pedí ayuda, salvación al Señor. Mi vida estaba seca, vacía, terriblemente hambrienta de algo que no encontraba en ningún lugar ni persona... Entonces escuché el aliento del Señor y sentí sus pasos acercándose hacia mi cuarto de carne y sangre, y cuando estuvo frente a mí sentí una fuerza, una energía que me hizo inclinarme hasta tocar mi frente con la punta de sus pies... y allí encontré el descanso, el único descanso que mi alma anhelaba. Sentí la paz... Quise mirarle, decirle gracias, pero no pude, aquella energía luminosa no permitía que alzara mi rostro ni mi única faz... No podría decir cuanto tiempo pasó, pero cuando sentí que aquellos pies se alejaban de mí, pude levantar mi rostro, mi única faz… Abrí los ojos y salí del cuartillo de carne y sangre. Fue tan tierno que, a pesar que ya han pasado tantos años y mi vida se va a pagando, ahora que estoy en el umbral de la muerte, siento aquellos instantes como los más hermosos de toda mi vida... Quizá ahora que mi lámpara se apaga pueda venir nuevamente el Señor, y esta vez, ya sin rostro ni cuarto de carne y sangre, pueda verle cara a cara y decirle gracias, muchísimas gracias por este regalo, por esta vida que no es nada mas que una plegaria...


San isidro, febrero de 2006

Sunday, February 19, 2006

Puro ego

Me agrada parar, a pesar de todas las angustias provenientes de un mundo implacable de desorden o de relativo y arbitrario orden. Me agrada sobre todo escribir con la palma de mi mano y el corazón como fuente de impulso o fuerza al describir este sentimiento. Y este es el más puro de todos los amores que no tiene reparo en elegirse ni elegir a nada ni a nadie. Se da como este aliento que se da y se da y sólo parará cuando al creador le dé su real gana, su gana de manifestar una vez más su bondad vestida de dolor, para quienes no entiendan nada o poco acerca de la eternidad, pues ella es una señora agradable pero demasiado bella y hermanada como para tocarla, se halla en cada uno de nosotros, respirando con el vaivén del aliento pues se sabe su única naturaleza que pueda encerrarla. Me agrada cuando leo una obra literaria con paciencia sin mirar las hojas que me faltan y cuando siento ese aire puro que encierra el secreto de la hermosura sin forma ni carne ni color, tan solo sentimiento, el aroma que se abre, libre, libre como el viaje de un ave sobre los chorros de aire que todos respiramos...No deseo que nadie me crea, pero estoy vivo y acabo de morir y he vuelto a vivir como hacen los que entienden la riqueza de la muerte y la vida así como los dos lados de una moneda metálica... Izaré las velas de este ahora y ella navegará por este mar de momentos, accidentes, alegrías y, sobre todo, estas letras que sólo se dan cuando el amor brota cual perfume escondido del frasco del corazón universal...


Lince, febrero 2006

¿felicidad?

¿Eres tú?Aquella que me libera de todo cuanto he vivido, llorado, guardado ¿con leve temor?...¿Tienes sangre en las venas?¿El rostro maternal muy cerca?¿Cantarás las notas que hagan vibrar cada pétalo de mi existencia?¿Callas?¿Por qué callas?¿Eres humildemente poderosa y no deseas que nadie te vea, pero sí que te sientan?Tu mutis lo siento como ese silencio de este cielo que nunca se acaba...Mis manos no cesan de esperarte para encerrarte en la jaula del ahora...Y este grito escondido por los años perdidos guarda el puñal de esta y todas las otras existencias por haberte ocultado tan dentro de mí...Cierto. Te mataré. Seré tu amante, tu reina abeja, tu paladín con su espada de rayo... Te mataré para que puedas dormir bajo mis brazos.Callas. Temes. Observas todas mis sedes. Entiendo. Debo de esperar por otra eternidad... Eres así, y, aunque es así... Eternamente, vida tras vida te esperaré...


San isidro, febrero del 2006

Estilo

Eso del estilo me asusta mucho. Siempre tuve miedo a lo difícil. Recuerdo a mi profesora de ingles cuando contaba con cuatro años, ¡era buenísima!, pues a todos mis exámenes le ponía diez. Pero ella se casó y nunca más volví a verla como era... Aunque una vez sí la encontré, estaba más vieja, y yo tenía veinte años, estaba con su esposo y tres hijos. La quedé mirando por un rato y ella, con sus hermosos ojos azules, me miró con cierto rubor. Cierto, fue un amor imposible de un niño de cuatro años. La verdad es que no pude acercarme porque no tenía estilo, es decir, no sabía qué decirle, por ejemplo, ¿qué le diría?, ¡cómo está profesora! No, eso es algo que no podría hacer, jamás de los jamases. Eso del estilo también me asustó cuando fui a mi primera fiesta. Tenía catorce años y no sabía bailar, tenía el cuerpo de un chico de nueve años, era terrible. Salí, o mejor dicho me escapé de la fiesta y la pasé mirando a todos bailar por una de las ventanas de aquella casa que era de uno de mis parientes. Eso del estilo me asusta hasta ahora que tengo más de cincuenta años. No sé cómo decirle a un empleado que trabaja mal, o que trabaja regular, o bien, no lo sé. Si lo hago, siento que no lo he hecho como debiera hacerlo. Quizá por eso es que me he sumergido en esto de escribir y sentirme como esos escritores a quien nadie conoce más que sus familiares y amigos... y me asusta cuando una persona a quien no conozco habla acerca de mi prosa. ¡Sudo como si estuviera en los baños turcos! Quizá por ello es que me puse un alter ego, un pseudónimo, para que nadie sepa quien soy yo en verdad... Eso del estilo me asusta mucho, vuelvo a repetirlo como Thomas Bernard. Y pensar que ya he publicado más de veinte libros con el nombre de diferentes personas. Muchas veces escribo a nombre de otros amigos, también escribo cuentos para que otros concursen pues detesto concursar con mi nombre... Hay veces en que ganan y me siento contento, pero, siento que me engaño. Creo que soy una mentira, y una pequeña... y todo por culpa del estilo, el estilo para vivir, pensar, dormir, rezar, morir... etc. ¡Odio el estilo!... Y creo que ella me odia a mí.


Lince, febrero del 2006

Tuesday, February 07, 2006

La pollada

Soñó con su viejo que hubo conocido con apenas con dos años de edad. Muy poco tiempo para conocerlo, pero qué importaba el tiempo para un niño sin madre siquiera. Al menos tuvo padre reconocido, algo que pocos, en su pueblo y miseria tenían tamaña suerte. Claro que ahora el viejo debiera de estar hecho polvo, pues bajo cemento era muy difícil, el problema siempre fue la plata y la ignorancia del pueblo. El dinero era algo que escaseaba tanto como la suerte, algo que el viejo nunca gozó, sobre todo eso de morir en un retrete, cagando y cagando hasta hacerse mierda pura, quedando tan solo sus huesos y el pellejo, y, claro, sus harapos… Dicen que fue hechicería, puede ser, pues aquella zona estaba inundada de gente que no sabía morir en paz. Unos llegaban hasta más allá de los cien años, y eso porque se alimentaban de esa mierda de culebras, gusanos, hongos y ranas, y esas raras hierbas extrañas de los montes… Cierto, era un pueblo olvidado y maldito, pero uno que siempre vive por allí se acostumbra hasta a las desgracias en la vida.

Despertó asustado, pues sus sueños con su padre siempre fueron agradables, pero este último no lo fue… En el sueño se hallaba caminando por un parque de hojas plateadas sin un solo árbol, lleno de personas enfermas, sin brazos, sin ojos, medios locos, cuerpos desangrados y, en medio de ellos, su viejo calato, con tan solo un tapa rabos a lo Tarzán, acercándose como si flotara con un puñal en la mano, clavándosela una y otra vez en su estómago, para luego gritar y gritar, saliéndole chorros de mierda rojiza por su boca, y en sus manos las manchas de sangre de su hijo. De todo, creyó escuchar que muy pronto estarían muy juntos.

Se movió de su catre y vio a su mujer. Aún dormía como una cerda, ocupando el espacio de toda la cama. La vieja roncaba, balbuceaba, mentaba sonidos como lenguajes perdidos, no lo sabía ni entendía muy bien… Siempre pensó que su mujer era bruja. Le temía, pero la quería porque cocinaba como nadie en el pueblo. Suspiró de su suerte y se dispuso a sacudirse como los perros de la calle ante toda su pesadumbre y realidad. Saltó de la cama sin que se diera cuenta la gorda, y cuando estaba alejándose fuera del cuarto un dolor en el pecho le hizo doblarse como la caía de un viejo árbol cortado por un leñador… Se tapó la boca, pues no quiso hacer ruido, para qué, si a nadie le importaba su vida ni salud.

Sesenta años tenía, al menos eso es lo que aún recordaba, quizás fueran muchos mas, no estaba seguro, pero qué importaba. El dolor, se dijo, era constante y periódico. Recordó el sueño de su padre. Podría morir ahorita mismo si el diablo lo quisiera, pero guardaba un anhelo, quizá un sueño: el de ver por TV el último mundial de fútbol. Sabía que iba a morir. El doctor del pueblo le dijo lo del cáncer, que era fatal, maldito y que le quedaba poco tiempo de vida... Sonrió cuando recordó la pregunta que le hizo: ¿Doctor, el cáncer tiene que ver con la mierda…? No, le dijo. Salió del hospital y no le contó a nadie, excepto a su padre, su bendito padre que estaba hecho polvo… Era su único receptor y amigo, con quien dialogaba de día, tarde o de noche desde que el mundo lo escupiera a la soledad de los miserables. Por suerte el dolor se le fue así como picadura de muela que se agota cuando le da la gana. Respiró profundo y pensó en la receta que el doctor para el dolor y, si existían los milagros, para salvarle la vida…

Metió las manos en los bolsillos y vio que no tenía un solo mango. Que miseria, que miseria…, pensaba. Que desgracia, que desgracia, ni siquiera tengo dinero para adormecer mi dolor… Sí mi padre existiera. Si hubiera comprado la huerta, pero… mejor no soñar, jamás llegaré a ver el mundial. Salió a la calle con su ropa que le quedaba demasiado grande. Estoy flaco, parezco una momia, un deshecho de pellejo y hueso de pollo… ¡Qué desgracia dios mío, qué desgracia dios mío…! Caminó hacia una esquina del pueblo y vio a los muchachos que llegaban de una fiesta, borrachos, con las camisas en los brazos y los cabellos apelmazados como engrudo… Pobres, pensó, no saben lo que hacen con sus cuerpos, pronto lo sabrán…

Uno de ellos, a quien reconoció como su hijo, se le acercó, diciéndole que venía de la pollada. ¡¿Qué pollada?! El muchacho le explicó que el barrio se había juntado para hacer una pollada, y, con el resultado, es decir, con la ganancia, comprarse los uniformes de fútbol. ¿Y…? ¿Les alcanzó? ¡¡Nos sobró viejo, nos sobró!! Sino, ¿de dónde salieron las chelas?... Empezó a reírse como un títere y entró hacia el interior del callejón, hacia su casa.

Una pollada, pensaba, una pollada, pero… ¿con cuánto se puede hacer una pollada? La ganancia, la ganancia, eso de la ganancia me puede servir para comprarme la medicina, claro, puede ser… Para mí, con que la vida me alcance para ver el mundial. Una pollada, puede ser, puede ser… Ver el mundial antes que me junten con mi viejo, ¿qué más se puede pedir?

Regresó a su casa, cogió un pedazo de papel y se puso hace cálculos: ¿Cuántos pollos se necesita para una pollada? ¿Cuánta verdura, papa, ají, servilletas, salsa, cerveza, vasos descartables, platos de lo mismo… se necesita?, pensaba. Hizo sus cuentas y sumo, necesitaba bastante… Empezó a desilusionarse. De pronto se dio cuenta que podría vender tarjetas, vales por una porción de pollada. Su alma se iluminó. Todo comenzó a verse mas claro que una hoja en blanco.

Salió de la casa y fue donde su amigo que tenía una imprenta. Le dijo que necesitaba cien tarjetitas para hacer una pollada y que el dinero se lo devolvería cuando vendiera las tarjetas. ¡Ayúdame hermano! Necesito comprarme la medicina, le dijo a su amigo. Le mostró la receta, su amigo lo leyó y le dijo que bueno, que estaba bien y que confiaba en él, y que desde ya le separase una porción de la pollada.

Contento regreso a su casa para hablar con su gorda. Le explicó lo de la pollada, la manera en que buscaría la financiación, y que ella se encargaría de cocinar todos los pollos. Qué, y, ¿cuánto para mí?, le dijo su mujer. Toda la diferencia, toda, lo único que quiero es una poca de plata para comprarme unas cositas, ¿ya? Ta bueno flaco. Y así, una vez ordenado la preparación fue a conversar con toda la gente que conocía, hablándole acerca de la pollada que estaba haciendo su mujer y él. ¿Para qué?, le preguntaron. Para llegar al mundial, para eso nada más…

Al día siguiente ya estaban las tarjetas. Salió como un periodiquero a ofrecer uno por uno, y uno por uno le pagó su tarjeta. Juntó más de lo necesario. Compró los pollos y todo lo demás. Llevó todo a su casa y su mujer empezó a preparar la pollada. Llegó la noche. Puso un potente equipo de música y la gente empezó a entrar en su casa y en la plaza que había adaptado para colocar una pequeña mesita, llenesita de botellas de cerveza al polo que había conseguido en calidad de concesión a la tienda de la esquina del pueblo. Todo estaba bien. La gente estaba tomando, comiendo, bailando, hablando, riendo, chismeando cuando uno de ellos comenzó a doblarse de dolor. Fue corriendo hacia el baño y no salió… Se hizo un silencio. Apagaron el equipo de música y se acercaron hacia el baño… Horror de horror, el pobre hombre estaba bañado de mierda por todos lados. Recordó a su viejo, su sueño y, sin esperar ni un instante, salió corriendo hacia la salida del pueblo. Vio el bus que salía y sin dudar un instante subió. Pagó y se sentó al fondo como para que nadie lo reconociera. Cuando el bus empezó a rodar, sacó la cabeza un instante y vio a mucha gente doblándose de dolor… Extrañamente vio a su mujer mirando a través del callejón, media descubierta, media irónica, y pensó: Es una bruja, una bendita bruja. Metió sus manos en los bolsillos y sintió un manojo de papeles, papeles, verdes papelitos, dinero, dinero contante y sonante de la bendita pollada… Voy a llegar al mundial, sí, sí, claro que sí… Gracias viejo, gracias viejito, gracias…, pensaba mientras veía el dinero para comprarse la medicina...

Lince, febrero de 2006

Thursday, February 02, 2006

Algo importante que contar

Algo así como un bufido de toro me dijo el dueño de la imprenta cuando me entregó el presupuesto de mi libro que estaba por editar. Era mi primera novela. Leí el presupuesto y me asusté pensando en cómo diablos iba a conseguir el maldito dinero. Sorpresivamente le miré a los ojos al jefe de la imprenta, y le dije que empezara de una vez, y que no pensara nada más que en hacer la obra de su vida. Pero joven, ¿y el dinero para el papel?, me inquirió. Respiré una vez, luego dos, tres, cuatro y a la quinta le dije que esperara un instante, tan solo un momento. Salí a la calle hasta encontrar un teléfono público para llamar a mi única hermana. Le dije que necesitaba dinero. ¿Para qué?, preguntó. Le mentí, diciéndole que había contraído una deuda con el Banco y que se me había pasado el tiempo para la paga, porque estaba esperando el dinero de mis libros que ya estaban en las librerías de casi todo el país... No recuerdo cuánto más le dije pero al final de casi todas las historias, me creyó. Fui a su casa y recogí el dinero, pero antes me hizo firmar una letra en blanco. La firme con cierto temblor, pensando en que lo único que poseía de valor era mi computadora, nada más… ¡Ah!, y miles de libros.

Fui a la imprenta y le entregué el dinero al impresor, e instantáneamente se pusieron a trabajar. Era gracioso, casi de ensueño, ver mi cara en la portada de mi libro con unas notas que pude recoger de unos amigos escritores ya consagrados, luego vi lentamente mi novela, cada una de las páginas de los dos millares de libros. Me sentí tan contento de apreciar aquel milagro que me olvidé por completo del dinero que necesitaba para pagarles el saldo a los maquinistas y compaginadores... Luego de tres días de compaginación y encolado, el libro estuvo listo. Fue hermoso contemplarlo. Lindo, le dije al dueño de la imprenta. Si, muy lindo pero necesito que me pague la diferencia... No se preocupe, le dije, que vuelvo en un instante. Cogí diez de los libros, y salí a la calle desbordando alegría, éxtasis, o algo por estilo. Me puse en la plaza principal de la ciudad y empecé a vender los libros a toda la gente que pasaba por allí... Fue lindo, muy hermoso cuando me compraban, y al cabo de tres o cuatro horas terminé de venderlos.

Retorné a la imprenta y les di todo el dinero de la venta. Todos los operarios y el mismo dueño se rieron de mi locura, y mientras se burlaban, aproveché para sacar veinte libros mas, luego salí a las calles hecho un tornado. Y así la pasé durante los cinco o siete días posteriores, en donde pude vender cerca de cien de mis libros, con lo que pude pagar la mitad de todo el trabajo. El dueño al verme la cara me dijo que me llevara todo y que volviera con su dinero. Me alegré por su confianza.

Salí con todos los libros y al cabo de dos meses, parado en todas las esquinas por donde se detenían los autos, pude venderlos casi todos, por lo que pude pagarle a mi hermana y al impresor. Y con lo que me restó fui a la librería y compré una resma de hojas en blanco. Sin dudar un instante, fui hacia mi cuarto para escribir mi segunda novela... es que, tenía algo de mucha importancia que contar...



Lince, febrero del 2006

Saturday, January 28, 2006

Doce de la tarde

Son las doce de la tarde y me siento desnudo, y estoy desnudo en mi cuarto repleto de libros, papeles, discos de música y ropa, mucha ropa. Mi familia piensa que no existo, que soy nulidad, que aún me meo como un niño, y puede que tengan mucha razón pero no es verdad... Vivo, respiro, solo, totalmente solo y me agrada que sea así, pues así puedo empezar a envolverme con el disfraz que el dios me ha guardado por todos estos años... ¡Soy humano! Y aunque no soy el primero que lo dice, soy el primero en saberlo...

Son aún las doce y aún continúo desnudo como estos pensamientos, me agrada escribir tanto como respirar con tranquilidad. Recuerdo las pocas veces en que fui feliz, pero no voy a escribirla pues la verdad es que ahora soy tan feliz cuando puedo cerrar los ojos y sentir que ese aliento que exhalo e inhalo es todo lo que quiero.

Podría contar las cosas que me han pasado antes de las doce de la tarde pero para qué, a quién le importaría, ¿a ti?, ¿a mí? por supuesto, a nadie mas que a mí. Este es un secreto a gritos en la noche, o en la sima de la loma más alta, o en el silencio de una casa sin dueño. Soy el mas grande escritor que he conocido... ¿por que? Porque me gusta mucho cuando leo lo que escribo luego de mucho tiempo de dejarlo en una caja con todos mis escritos. Pueda que esté loco, y, en verdad, es así, estoy tan loco como esas aves que pasan por los árboles de mis casa, cagando, durmiendo y follando en una de sus ramas... Quién sino una animal, un loco puede tener la libertad de hacer lo que ellas y yo hacemos...

Aún son las doce de la tarde, y serán así hasta que me dé la gana, pues soy el dios que escribe este mensaje, un dios de verdad, que destruye y construye, uno que ama y odia, crea y construye lo que le venga en gana... Y aún mas porque puedo detener el tiempo en este papel, mientras lees mis escritos y yo, me atraganto de alientos que son lo único que anhelo que ocurra mientras escribo...

Recuerdo las veces en que estuve con esa mujer... casi puedo verla echada, doblada, cortándose las uñas, riéndose de mí, de ella. Puedo verle su vientre colgado como esos canguros, ese ombligo sin sentido, y sus ojos verdes que no dejan de entornarse mientras se mira y frota sus senos que son como bolsas llenas de agua, de sangre con la punta llena de puntillas que dicen que son la fuente de su leche, no lo sé, pero me agrada verla así, recordarla así mientras detengo con mis brazos el tiempo, mirándole la curva de sus piernas, los vellos de su pubis, la rebelde pelambre sobre su cara... es bella como esas palomas que diariamente se cagan sobre el árbol de mi casa...

Son las doce de la tarde y ya es demasiado tarde para escribirte. Todo está consumado mientras escribo y vuelvo a escribir y así para siempre mientras inhalo y exhalo este diáfano aliento que no sé de dónde viene ni adónde va, pero seguro que me llevará a su matriz, a su fuente así como las gotas de un río rumbo a la mar...

Lince, enero del 2006

Monday, January 23, 2006

El mensaje

Tengo algo que contarte... Aún estoy vivo, así como el sueño que tengo desde hace dos días en que no duermo. Me mantengo en vela esperando el mensaje que dicen llegaría en cualquier momento, instante de mi vida, y, la verdad, no me gustaría perdérmelo. Imagínense que este mensaje fuera el que estuve esperando a lo largo de mi vida… Como aquel que tuve cuando niño y mi padre me decía que algún día mi ángel guardián vendría a dejarme el regalo más hermoso y sería el chico mas feliz de toda la tierra, pues aprendería el significado de todas las cosas como el amor, el perdón, la verdad, el odio, la pasión… O aquel que me contó mi abuelo mientras agonizaba en su lecho, diciéndome que de las paredes de su casa escucharía la voz del silencio, de la verdad, y, al fin podría entender el sentido de la existencia de todas las civilizaciones, así como el de mi propia vida… O cuando esperé a que mi novia volviera a buscarme luego de retornar a su país, y este fuera el mensaje de ella para mi: una pasaje de ida al otro mundo, al viejo mundo, a su lado... Y ya junto a ella recorrer sus piernas con mis manos, sus brazos con mis pies, sus ojos con mis ojos, sus vellos con mis dedos, su lengua con mi aliento... ¿Cual de todos los mensajes podría ser? No me imagino pero no puedo pestañear un instante. Y quien lo diría que hace dos días mientras regresaba de mi trabajo encontré una carta con mi nombre y sin remitente en donde decía que esperara el mensaje, el mensaje que tanto había esperado… No sé si me volví loco, pero algo ocurrió pues boté a toda mi familia de la casa. Me encerré con llave y tan solo dejé abierta la ventana en donde podía observar a quien llegara… Fue ridículo que nadie de mi familia me entendiera pues llamaron al sanatorio de la ciudad y a la fuerza me llevaron al loquero. Por supuesto que no hablé con nadie, tan solo les dije que estaba esperando el mensaje que decía en mi carta que llegaría en cualquier momento. Mis hermanos me miraban con pena, por supuesto que ellos no entendían ¡Qué iban a entender! ¡Nada de nada! … Ya viene el tercer día, y aunque estoy en un cuarto cerrado puedo ver el cielo, las luces de la ciudad, los sonidos de la gente, los campos que son sacudidos por los autos de esta civilización… y yo, aún continuo esperando mi mensaje que parece que está por llegar en cualquier momento pues noto que mi cuerpo está haciéndose mas liviano, mis ojos ya no ven como antes, están cerrados pero he podido mantenerme conciente mientras cruzo el umbral de la casa de los sueños y le he dicho que no deseo dormirme pues tengo un mensaje que esperar, y esperar conciente pues puede cambiar el resto de mi vida para siempre, así como les cambió a todos aquellos que nunca mas volvieron a dormir… ¡Cómo podrían dormir con semejante mensaje, noticia! Entender, gozar, disfrutar, y, al fin de todos los finales, encontrarme cara a cara con el final de todos las ilusiones y dar ese paso que sólo dan los que han amado profundamente el verdadero amor de la vida, es decir, aquel momento en que uno sintió que estaba empapado de eternidad, libertad, amor, o algo de aquello que suele estar vestido de cosas como una chica, un ángel, un instante de misticismo, o algo mas que ya no recuerdo… Pero no lo duden, esperaré el mensaje… ¿Quizás sea el tuyo? Quizás seas tu quien venga y me regale el mensaje, el mensaje, el mensaje….

Lince, enero del 2006

Sunday, January 22, 2006

El peregrino

Piedras sobre piedras... eso es lo único que encontró luego de veinte meses de peregrinaje en búsqueda de su nombre verdadero. Era extraño para él, pero aún así, se puso a meditar en toda esta ruma de piedras que habitaban la casa de sus primeros ancestros.

Bajó todos sus bártulos y luego de liberar a todos los esclavos que el Sahir le había obsequiado comenzó a sacar todas las piedras de aquella casa que, según la historia que le contara su abuelo, econtraría la respuesta a todas sus inquietudes.

Pasaron meses hasta que la casa que era bastante pequeña y de paredes de barro quedó algo limpia, vacía, sin vida y sin sonido... ni siquiera pasaba la brisa que frisaba aquel páramo. Puso su colcha sobre un rincón de la casa y esperó a que algo ocurriera. Estaba agotado así que no le fue difícil dormir. Cuando abrió los ojos aún estaba allí, en aquella casa, llena de tierra, bichos y un hilillo de agua que como una sierpe se arrastraba por aquel cuarto que era toda la casa... Se paró y con sus dedos tocó el líquido. La probó. Estaba dulce y se preguntó de dónde provenía. Se paró y comenzó a buscar la fuente.

Salió de la casa y vio no muy lejos que había una roca pegada a otras rocas, y entre sus intercesiones brotaba el hilillo de agua. Cogió una taza que tenía en su bolso y la llenó de aquel líquido. La bebió. Estaba dulce, muy dulce y parecía que aumentaba la presión del agua entre las piedras. Era verdad, lentamente se fue haciendo un pequeño lago en la mitad de aquella casa, y al cabo de algunos días se hizo un pequeño río que fluía sin parar hasta perderse por las lomas de aquel páramo...

No dudo en servirse del agua pero siempre se preguntaba acerca de su nombre verdadero o el de sus antepasados. Recordó a sus abuelos y aquellas historias sin sentido pero que lo hechizaron para siempre... Antes de su peregrinaje había estudiado antropología, y luego de juntar una pequeña fortuna fue en búsqueda de su pasado, de su nombre, de aquella casa que encontró lleno de piedras, y que ahora era un río que no terminaba de aumentar su caudal...

Podría haberse quedado para siempre, pues había agua y aquel páramo comenzó a verdear, como si fuera una alfombra natural. Podría haberlo hecho pero no lo hizo, y luego de guardar todas sus cosas se dispuso a retornar a su hogar... Pero antes sintió que debía de guardar la mayor cantidad de agua en sus bolsas para el viaje. Lo hizo y comenzó su camino de retorno, siempre pensando en el sentido de esta aventura sin sentido y sin resultados pues retornaba con mayor cantidad de preguntas...

Al cabo de algún tiempo consiguió llegar al primer pueblo. Habló con algunos paisanos del lugar, preguntando por el Sahir, y estos le dijeron que hacía más de doscientos años que el gran señor había muerto. "¿Doscientos años?", se preguntó. Toda la noche se estuvo preguntado acerca de este fenómeno... sin poder encontrar la respuesta, y sin pegar un instante los ojos.

Al día siguiente tomó el tren que lo llevaría a su país. Y cuando llegó a su pueblo, vio que todo había cambiado... Sus padres no existían. Su familia había desaparecido. Fue a su casa, a aquel lugar en donde había crecido, pero solo encontró un lugar totalmente desolado. Aún así, entró y la encontró totalmente lleno de piedras, piedras, piedras por todos lados... Aquella visión le hizo ver con claridad que todas sus preguntas se habían disuelto como si fueran las piedras en un río...

Sacó todas las piedras de su desolada casa y nuevamente un hilillo de agua empezó a serpentear la casa… Cogió una de las piedras y la puso en su bolsa. Se paró sin dudar un instante y salió de la casa, mientras veía que un río arrastraba todo el pueblo en donde había crecido… Construyó en su orilla otra casa a base de piedras, ante un mundo de cambios y sorpresas, en donde él era un simple espectador, un apreciador de todo cuanto sucedía y cuanto no entendía… y sintió no volver a pensar más… Fue entonces que escuchó el palpitar de su nombre verdadero, repitiéndose entre el choque de las piedras que fluían con el agua y con la tierra del gran río…

Lince, enero del 2006

Saturday, January 21, 2006

Sentimientos peligrosos

Un golpe de frente en la cara me hizo sentir que estaba totalmente perdido. Luego fue como arañazos profundos, golpetazos que llovían como si fuera una sábana sacudida por una tormenta de piedras... Cuando se hizo la calma escuché todo el griterío de la gente. Observé que los muchachos que me habían golpeado no estaban, parecía como si se hubieran metido dentro de los cuerpos del gentío pues me llamó la atención sus ojos abiertos, asustados y sus gestos asquientos. Traté de levantarme y no pude mover nada, peor aún, no sentía mi cuerpo. "Estoy mal", pensé.

Al rato llegaron un grupo de personas amigas que me cargaron y llevaron al centro de salud mas cercano. Allí, todo era blanco: las luces, las paredes, los uniformes de los enfermeros y doctores; lo demás, apestaba a podrido y a remedio. Cerca de mí estaba otro joven... tenía las manos y el rostro carbonizado, y a pesar que aún se movía, le sentía como carne quemada, muerta, inanimada. Cerré los ojos y quedé consoladamente dormido. De pronto, aquel precioso silencio se rompió como un cristal por los gritos de mi madre y la nerviosa voz de mi padre tratando de calmarla...

Los doctores nos dijeron que no volvería a caminar ni mover ni una extremidad jamás, sin embargo, cuando uno tiene quince años no entiende el valor ni la gravedad de las cosas, así que, según el resto del mundo, viviría el resto de mi vida como un vegetal parlante... Y todo gracias a querer hacerme el valiente, enfrentándome al muchacho mas bravo de todo el vecindario, cuando éste estaba rodeado de sus amigotes, a los cuales también insulté... contándoles mentiras y verdades, como que sus hermanas y madres y tías y amigas habían pasado por mis brazos, lo cual era parcialmente cierto, pero no tanto, pues a lo sumo las conocía de vista, o de saludo, nada mas... pero si a través de mis letras.

Vivir el resto de mi vida así... ¿Quién podría aceptarme, quererme, cuidarme?

Me llevaron a mi casa, y luego, a un lugar especial en donde mi padre tuvo que pagar hasta que su bolsillo aguantara. En aquel lugar, todos eran como yo, o lisiados. Es raro, muy raro que, a los quince años uno no pueda valorar nada de esto...

Pasaron años y años y años y años... Me pasaron de hospital en hospital hasta llegar a esta casa en donde vive una extraña mujer que diariamente recibe a diferentes tipos de hombres. Es una puta, y una puta fina, pues los hombres que recibe y atiende son elegantes, finos, adinerados, viejos, jóvenes inexpertos... Se veía que a todos ellos, el mundo los ha tratado muy bien. De mis padres perdí el contacto en uno de los tantos hospitales en que pasaba como si fuera una madeja desenrollándose, sabiendo que en algún punto terminará todo el rollo, en mi caso, mi vida... Los perdí, pero qué importaba sino los veía ni sentía casi nunca. Y bueno, por ¿suerte? caí allí, en un fino y delicado prostíbulo, echado en una cama con una ventana que me mostraba un bello paraje, poblado de árboles y casas muy elegantes. Me preguntaba siempre cómo es que esta mujer tuvo la gentileza de cargar con los restos de mi existencia, llevarme a su lado, ponerme a mi servicio a una linda muchacha, pero, ¿qué sentido todo esto?

Supe la respuesta a todas mis preguntas cuando me enteré que aquella mujer había sido hermana de uno de los muchachos que me dejaron como una planta, y que, eso también me informé por la linda muchacha, que, élla admiraba todos los poemas que escribía y que mandaba a todas las chicas y señoras del barrio en que vivía cuando muchacho. Me reí de mi suerte y de las cosas que ocurren en la vida de uno, pero más reí cuando me llegó una grabadora por encargo de la puta fina, pidiéndome que le declamara o creara poemas, mis poemas. Nunca me había reído de esa manera pero sentí que debía pagar su cortesía, así que le declamé un bello poema de amor entre un animal que hablaba y un hombre estúpido que solía golpear al animal. Parece que le gustó mucho pues aquella misma noche se puso al borde de mi cama y se puso a escribirlo en un pequeño cuadernillo. Esto ocurrió durante mucho tiempo, es decir, yo recitaba o contaba cuentos, y esta mujer se ponía a escribirlos, esta vez, en un grueso cuaderno.

El tiempo continuó y una bella tarde observé que dejaron de llegar los autos elegantes, los hombres adinerados, no venía nadie... "¿Y ahora?", pensé... No terminé de pensar cuando esta mujer me trajo un libro de poemas en donde estaba escrito su nombre pero con todos mis poemas y cuentos. "Es lo mismo", me dijo. Volví a sonreír. Y pensé que había valido la pena tanto dolor para que mis sentimientos estuvieran respirando, vivos sobre el papel, en un mundo en constante movimiento pero muerto, sin luz, sin brillo... Animado tan solo cuando la luz del primer sentimiento lanzase sus cálidos destellos sobre los ojos del lector, en la forma de un cuento o un poema... Reí sin parar de contento y continué riendo hasta el momento en que sentí que mi vida empezaba a apagarse, y recordé aquella primera y última golpiza, cada una de mis mentiras, poemas, cuentos y... aquel sueño llamado vida...


Lince, enero del 2005

Friday, January 13, 2006

Luna

Miro hacia la luna y me complazco de la vida que ilumina mis pasos, todos ellos, lado a lado de mi sombra que no deja de enmarcarse ante su embreada lucidez. Camino en medio de esta noche de sueños respirados y un poema esperando vibrar ante las cuerdas de mi arpa sensorial. Veo las calles con gente caminando de aquí para allá, como palomas mensajeras que van con su trino hacia un sueño, una ilusión, un desespero por hacer de su vuelo el más hermoso de todos sus viajes instantaneos. Me siento agradecido y me perdono por ser lo que soy... un canto, un poema buscándose a sí mismo. Abro mis alas y vuelo con los ojos cerrados y escucho los latidos del poema, del canto que hay en mí desde lo alto. Miro la tierra y no veo mas que areniscos, seres de polvo con sus ojos vueltos hacia un cielo precioso, alumbrado por una luna redondeada y un poema encarnado que les lleva de viaje a mi vuelo sin final... Llego al corazón de la vida y no puedo ver el fulgor de la verdad, es demasiado para todos mis ojos. Los cierro y puedo sentirle a través de un sentimiento perdido que aflora cuando se halla de frente a la verdad, escapándose de mi pecho sin decirme un adiós ni un hasta luego... Se va y se va y me quedo solo como un punto, una estrella mas en la raiz del árbol del universo, bailando ante el encuentro del sentimiento escondido con la luz de todas las verdades... Y aunque es hermoso me siento triste al saber que mi vida y mi muerte no importan ya mas, cuando la eternidad ha besado mi poema, mi canto, arrancándome el sentimiento más querido, perdido... ¡Oh, devoción!


San isidro, enero de 2006

Wednesday, January 11, 2006

Pasado

Caminando por la noche vi a lo lejos una única ventana iluminada. Aquella luz brotaba de un pequeño edificio, no tan sucio pero parecía estar bastante abandonado. Volví a mirarla y pude apreciar que la sombra de alguien pintó la luz del marco de la ventana como si fuera una mancha de brea. Me acerqué un poco más. Era una persona llamándome, agitando sus brazos para que subiera a su piso. Sentí confianza y entré en el oscuro edificio. Adentro parecía que no viviera nadie, pero de vez en cuando escuchaba el sonido de susurros, de pasos de gente que supuestamente moraban en aquella total oscuridad de puertas y cuartos malolientes.

Al final de pasillo encontré la escalera, era de madera y la subí con cierto temor. Cada peldaño que escalaba parecía a punto de deshacerse como arena... Con suerte llegué al piso del extraño sujeto, y pude ver la luz que se escapaba a través de los bordes de su puerta. La toqué con suavidad y esta se abrió como si no tuviera cerrojo. Entré a la pieza y vi a un muchacho apoyado sobre una de las paredes del cuarto. Nunca lo había visto pero algo dentro de mí sintió una gran confianza, como si en un sueño o en otra vida nos hubiéramos conocido. Me acerqué y hubo algo en su remota mirada que me impidió decir palabra alguna. Me detuve y empecé a observarle detenidamente y al fin pude reconocerle... ¡Era yo! ¡Yo mismo!... Yo, cuando decidí meterme de lleno al arte y dedicarme a pintar; pude verle y notar su inmensa y espacial soledad que parecía poseerle como si fuera una estrella en el universo. Su piel era tan blanca, pálida como si nunca hubiese conocido el Sol...

Me senté en el piso y le pregunté cómo le había ido. Sonrió con ironía y pude notar sus dientes escariados, amarillos... Se apartó de la pared y caminó arrastrando sus descalzos pies hacia su otro cuarto de donde sacó una caja muy grande. La dejó en el suelo y luego la abrió. Estaba lleno de lienzos, de pinturas, de cuadros... Me acerqué como un sediento de sueños realizados y pude apreciar cada uno de ellos… Eran todas las obras que alguna vez soñé y visualicé pero que jamás pude pintarlos pues en una parte de mi pasado decidí consagrarme a laborar en la empresa de toda mi familia. Le miré nuevamente y supe que debía de alejarme. El me miró con una sonrisa apenada, segura, y sin pronunciar una sola palabra me dejó ir...

Mientras me alejaba del viejo edificio sentí como una angustia por no ser lo que siempre anhelé ser: un artista. Mi corazón quiso volver al pasado, y gritar a todos mis padres que no, que no deseaba ser como ellos, pero ya todo estaba enterrado en el valle de las sombras... Me detuve un momento y volví a mirar el viejo edificio pero no pude ver la ventana iluminada.

Continué mi viejo paseo hasta llegar a mi casa. Mi familia me esperaba. Era mi cumpleaños. Mis nietos, hijos y amigos estaban esperándome. Allí todo sería colores de plástico, sonrisas cansadas, pálidas palabras, como esos juguetes que sabes que en algún momento te dejarán de encantar y serán un fastidio… Y mientras me acercaba sentía mi corazón alejarse, errando hacia atrás, hacia aquel viejo edificio, viviendo como un miserable artista, como un lobo solitario, pero con una existencia poblada de lunas brillantes, fantasías de colores y anhelos sin final... Lleno de perfume, de magia, de la luminosa rosa que florece en el jardín de todos los sueños, alumbrando la existencia de todos los vivos y todos los muertos...

San isidro, enero del 2006

Sunday, January 08, 2006

Claro de Luz

La oscuridad del lugar no me detuvo. Tenía la luz en mi mano, era una bola que cabía en mi palma y a pesar de emitir una potente luminosidad, no quemaba.

Desde que la luz llegó a mi cuarto nunca más tuve sueño ni cansancio, y nunca tuve ganas de dormir. Era como un día que no acaba...

Y allí estaba, caminando en medio de un extraño desierto, en una larga y embreada noche con una luz en forma de bola en la mano sin rumbo ni meta fija. Tan solo escuchaba el silencio y el arrastre de mis pies libando la arena cuando no lejos del lugar noté seis lucecillas acercándose. No me detuve y apuré mis pasos pensando que ellas podrían darme todo el entendimiento que buscaba acerca del sentido de la luz. Conté seis luces y empecé a correr hacia ellas cuando me di cuenta que eran seis lucecillas en las palmas de las manos de seis extraños personajes.

Cuando estuvimos bastante cerca unos de otros nos miramos con mucha calma. Intuitivamente hicimos una ronda, luego nos sentamos en la forma de indios y dejamos nuestras luces cerca a nuestros pies... De pronto uno de los seis personajes empezó a hablar pero en una lengua extraña. No pude entenderle pero cuando cogí la bola de luz, apuntándosela hacia su rostro pude entenderle totalmente, pues pude ver aquello que está más allá de las palabras... Nos contaba su nombre y el lugar de donde procedía. Había caminado durante mucho tiempo a través del mundo hasta el día de hoy, buscando entender el sentido de la llegada de aquella bola de luz, hace ya mas de cien años... No pude creerlo pues su rostro parecía no tener edad. Luego habló otro, y luego todos los demás, y cada uno contaba singulares caracteres y estilos de vidas mostrando una falta de conocimiento acerca del sentido de la vida… Y por último hablé, y les dije mi verdad: que tenía ojos pero no veía lo esencial, tenía orejas y no escuchaba la verdad, manos y no podía sentirme a mí mismo... Callamos, callamos, creo que por un instante o una eternidad, no lo supe bien, pero callamos…

Miraba la tierra en mis pies cuando noté que la lucecilla parecía brillar un poco más. Miré hacia el cielo y noté que no había una sola estrella. De pronto vi que nuestras lucecillas empezaban a elevarse como si no existiera gravedad, y luego, salieron disparadas hacia el negro cielo en forma paralela hasta unirse después de un instante o quizás una eternidad en un luminoso punto en el infinito, brillando mas y mas como un Sol. Cerré los ojos un instante o una eternidad y cuando los abrí, un nuevo día lleno de cantos angelicales, colores celestiales y un arco iris en forma de promesa empezaron a revelarse ante mis sorprendidos ojos...

Miré a mí alrededor y no encontré a nadie... Estaba sentado en un desierto sentado en posición india, solo como un gusano. Desconcertado cerré mis ojos un instante o una eternidad y aprecié mi oscuridad interior. De pronto, alguien empezó a acercárseme, como un amigable personaje y vi que era mí propia respiración, que paso a paso, aliento tras aliento, aliento tras aliento se acercaba mas y mas, como si durante toda la existencia nos hubiéramos buscado, hasta este instante o esta eternidad, y cuando estuvimos frente a frente noté con gran alegría que ella tenía en la palma de sus manos otra luz, otro Sol, otra claridad que empezaba a iluminar mi oscuridad interior a través de cada uno de sus pasos, de sus alientos…

Abrí los ojos y vi todo… Me paré como un iluminado y empecé a caminar hacia el mundo, cogido de la palma del santo y generoso aliento... Estaba agotado, muy agotado pero tenía una importante y luminosa verdad que contar en la palma de mi mano...

San isidro, enero del 2006

Friday, January 06, 2006

Frente al último de los Sueños

Sentado frente al último de mis sueños pensaba en lo largo que había sido hasta el día de hoy, mi vida. Una de aquellas existencias, como la de muchos, cargada de recuerdos, vivencias y sueños, eso sí, muchos sueños que a lo largo de mi marcha cotidiana me marcaron con sus huellas y huellas y huellas que tuve que borrar, gracias a ustedes, mis amantes lectores, que a través de mis escritos que son y serán la tinta ensombrecida de mi vida, descargué sobre el papel en blanco toneladas y toneladas de todos los seres imaginados, soñados que pasaron sobre el teatro de la vida…

Y bueno, allí estaba este sueño que no tardo en contarles.

El personaje principal, como siempre: yo. Y los demás: los seres creados por los miedos caprichosos, anhelos escondidos, alegrías golondrinas, húmedas tristezas, o, como dicen muchos: mis legiones interiores.

Uno cuando ve su propia sombra que se esparce gracias a la luz que la mantiene, siente como que es su mejor perfil, su parte escondida y, ocultamente, querida... En mi caso personal les contaré esta historia que es germinada de un sueño, y uno de esos en que no desearía volverle a soñar, pues uno puede observar muchas cosas, recordarlas también, pero en esta ocasión, el solo hecho de cualquiera de aquellas posibilidades puede hacer que uno, que vive en la realidad y entre el espacio de los sueños, pierda el orden y secuencia entre los valores de los vivos y los seres imaginados, o soñados…

Y bueno, aún era muy joven y en mis manos tenía una de aquellas navajas que brillaban como si fueran fabricadas de fuego. La adoraba. Sobre todo cuando tenía que cortar una fruta, un pedazo de cartón, o incluso el cuello de un pato, un pollo, una rata, o cualquier insecto. ¡Ah! Qué navaja... Hasta dormía con ella. Quizás por eso es que pareció germinar entre la noche y el cansancio uno de esos hechos que marcan para la eternidad la vida de un ser humano. Y eso fue lo que me ocurrió. Tuve un sueño, uno de esos en que uno se ve frente a frente a un grupo de animales, todos bellos y de ojos alegres, diciéndome, pidiéndome, alargándome sus largos cuellos para que se los cercenase, cortase. Y eso es lo que hacía en mis sueños con sumo placer. Luego, sueltos las cabezas de los cuerpos, los oníricos animalillos se postraban ante mí, y me ofrecían sus cabezas que, con gran alegría empezaban a hablar, reír, liberados de ser bestias y revivir como seres humanos...

Yo, despertaba con extraños sentimientos, y desde que, con frecuencia, me llovían estos sueños, dejé de cortar el cuello a todo tipo de bestiecillas, pero había algo en mí que florecía oscuramente como si fuera un germen nacido de las sombras interiores. Y también sentí que hambreaba por nuevas experiencias, por nuevas luces, rayos que iluminaran un espacio, una visión nacida de una resucitada necesidad…

No podía estar en paz, en tranquilidad, si no realizaba otro tipo de experiencia que sacudiera la cotidianidad de mi marcha por la vida. Y fue en uno de esos encuentros casuales, y nunca buscados, en que me encontré frente a frente con una bella joven, alta, rubia, de ojos celestes, y esos rostros que nos recuerdan que en el cielo navegan ángeles y querubines en los bosques de los cuentos... ¡Oh, Dios! Qué hermosa era, pero, lo que mas me agradó fue ese largo cuello de cisne, era en verdad largo, muy largo, pero no tanto como una jirafa, pero sí como esas asas que tienen los pocillos de la China elaborados por esos ancestrales orfebres de dinastías perdidas en el tiempo o en los libros de los abuelos, o, algo de ese tipo de oscuridades enterradas. Lo cierto es que sentí que la calma, o aburrimiento empezó a ahogarse, sintiendo que todo el universo tenía sentido en ese largo y hermoso cuello de la bella joven.

Aún recuerdo lo mucho que conversamos la primera vez, y luego, sin dudar un instante, la besé como si fueran los pies del creador, es decir, con ese sentimiento que gozan los ascetas que se arrastran tras el fulgor de la iluminación, cuando se hallan frente al ser que tiene el cerillo que nunca por nunca se apaga, como si fuera la luz de toda estrella...

¡Oh! Qué hermoso fue cuando le toqué el cuello con mis dedos, como si fuera una joya de marfil, una joya de esas que uno cuando se acuestan tan solo desea soñar y soñar, y jamás despertar. Y, no me creerán. ¡Soñé! Y soñé con mi daga preciosa, con ese cuello que se abría y abría y en vez de salir sangre brotaban miles de gusanillos que no eran tal, sino personillas con el rostro de aquella hermosa mujer, y que conforme pasaba ¿el tiempo? crecían hasta quedar del tamaño de mí. Me agradaba estar con ellas y bailar y bailar con sus miembros que se les caían y se los volvían a poner como si fueran seres de papel. Y cuando despertaba me sentía como esos seres que han encontrado la razón de su camino por la vida. Sí, me decía, soy un verdugo en potencia, uno de esos que gozan de su labor sin más placer que el de su propia realización, o, ensoñación...

Pero, y allí vienen esas zancadillas que nacen de las oscuridades de la inconciencia, y que le dan a uno con palo, cayendo a las mazmorras de la estupidez, o quizás, de algo más bajo...

Una de esas mañanas en que despertaba y salía de mi sueño, encontré a la chica en mi cuarto, sentada en el borde de mi cama. Sí, la misma chica hermosa y alta, con ese cuello que durante tantas noches soñaba cortándosela, diciéndome: ¿Por qué no la dejo de soñar…? Electrocutado por los rayos de semejante realidad, salté como un perro de mi cama, y corrí con la cola entre las patas hasta llegar a mi baño. Me di una fría duchada. Me sequé, perfume, y luego, entré a mi cuarto, pero, aún estaba la bella muchacha, extrañamente aun estaba sentada sobre mi cama y con mi dorada daga en sus manos, colocándosela en su largo y hermoso cuello, riéndose como una niña demoníaca, y luego, llorando como un angelito expulsado de las nubes celestiales... Me le acerqué y cuando la quise tocar, ella, así como el humo de un cigarro, empezó a borrarse ante mis ojos, como si mis manos estuvieran limpiando un espejo empañado de vapor y me viera a mí, tan solo a mí sentado frente a un sueño, uno de esos que suelen ser los últimos...

Me volví a echar sobre mi cama y soñé, y soñé con ella, con su cuello, con sus bellos gusanillos arrastrándose por el suelo, creciendo y creciendo como siempre, y riéndose como una niña, como un pérfido angelito. Salté de mi cama y vi nuevamente a mi último sueño. Le dije que deseaba hacer las paces... El sueño frente a mí, que cambiaba de constantemente de personajes, de formas, comenzó a flotar hacia mí, hasta rodearme como si estuviera preso por una legión extraños y bellos personajes, y todos con el cuello largo y hermoso como un dios de marfil... Cogí mi daga dorada y supe que debía cortar el último de todos mis sueños. Me puse la daga sobre mi cuello y me arranqué la cabeza, y luego, desperté... Aún estaba yo allí, echado sobre mi cama con un viejo cuchillo bajo mi almohada, y con las paredes de mi cuarto llenas de dibujos de personas sin cabezas, y sin ninguna puerta en ningún lado de las paredes...




San isidro, enero del 2006

Tuesday, January 03, 2006

Paloma

No sé como empezar a escribir, pero todo sucedió así, tal como este momento, este instante en que estoy respirando a través de este relato…

Una blanca paloma entró volando a mi cuarto a través de mi ventana. Me causo gracia y sorpresa cuando aterrizó cerca de mí. Empezó a caminar de un lado hacia otro como un juguete de cuerda hasta detenerse frente a mí. Cerraba y abría sus ojos, mirándome por uno de ellos como preguntándose lo qué hacía yo allí.

- Tengo sed – me dijo la paloma - ¿Tienes agua…?

Quise responder pero de mis labios brotaron insólitos graznidos, toscos así como una persona con la garganta lesionada.

- ¡Oh! – Me dijo la paloma - ¡No hablas!... Agua, necesito un poco de agua - volvió a repetir, mostrando una lengua como un gusano tratando de salir de su vientre. Luego empezó a limpiarse el pico con sus patas y plumas.

Pensé que soñaba, que estaba navegando en un hermoso sueño. Fui hacia la cocina, cogí una taza y la llené con un poco de agua. Lleve la taza lo mas cerca del ave pensando que podría asustarse de mí, pero no fue así, mas bien élla saltó ágilmente posándose sobre mi hombro ante mi susto y sorpresa.

- No temas… - me dijo - Deseo beber en tus propias tus manos.

Me agradó su confianza y eché una poca de agua en la palma de mi mano. Comenzó a beber como si fuera un ángel, un ser divino, y a medida que bebía su cuerpo empezó a irradiar una blanca luz... Luego saltó de mi brazo y se puso a volar por todos los rincones de mi cuarto como si fuera una estrella fugaz. De pronto se detuvo en el borde de la ventana de mi cuarto, y a través de uno de sus ojos me miró con un brillo terrible, y dijo:

- ¡Necesito que alguien me hable! ¡Requiero respuestas precisas!... Encuentra a alguien que hable conmigo.

Asentí. Salí a la calle y la encontré llena de gente caminando de un lado hacia otro. Cogí a una persona cualquiera y traté de decirle lo que pedía la paloma, pero, como antes, de mis labios brotaron graznidos. El tipo me miró de arriba hacia abajo, y antes de alejarse me gritó algo, pero no pude entenderle pues de sus labios también brotaron extraños graznidos... No le di importancia a este fenómeno y continué mi extraña búsqueda.

En un parque encontré a un anciano sentado en una banca echando trozos de panecillos a los animalillos del bosque. Sentí que era el hombre que buscaba. Me acerqué a su lado, y traté de decirle lo mismo pero volví a expresarme a través de graznidos... El anciano me miró, sonrió y movió su cabeza de arriba hacia abajo. Me alegré mucho y le pedí que me acompañara. Y cuando ambos estuvimos frente a la blanca paloma, ella le miró con sus ojos brillantes de arriba hacia abajo y le dijo:

- Anciano, noto que no puedes hablar, eres mudo, pero eres buena persona. Ven a mi lado. Necesito compañía... Y tú - me dijo mirándome con uno de sus ojos que abría y cerraba como si fuera una cámara fotográfica -, continúa buscando.

Salí nuevamente a la calle y de nuevo encontré a la gente caminando como si no supieran que en mi casa había una hermosa paloma que necesitaba respuestas precisas… Volví a preguntar a otro señor, y luego a otro, y otro, y otro, y todos me miraron y de todos sus labios brotaron extraños graznidos… De pronto vi a niños y niñas jugando en la calle, y a todos les hice la misma pregunta, con mis propios graznidos, y todos ellos, sin parar, empezaron a burlarse de mí... Vi a familias enteras saliendo de sus hogares, y a ellos les hice la misma pregunta, pero fue inútil... No pude más y me eché a llorar como un tonto en mitad de la calle… y luego de haber descargado toda mi amargura, mi impotencia, grité como nunca antes había gritado... De pronto, ante mi sorpresa, todo el gentío se detuvo como si nunca hubieran escuchado un grito verdadero… Les miré a los ojos, y todos parecían estar enjaulados tras máscaras animadas por hilos de carne y de sangre…Y cuando iba a continuar mi camino, mi búsqueda, vi a un perro muy grande y viejo acercándose hacia mí, ante el asombro de aquellas personas que de sus labios tan solo emitían murmullos, susurros de graznidos...

- Puedo ayudarte... – me dijo el perro - ¿En dónde está tu paloma?

¡Un perro hablando! pensé. Cogí al enorme perro y lo llevé hacia mi casa en medio de toda la gente que empezaron apartarse de nosotros como si fuéramos llamaradas errantes. Cuando llegamos a mi casa encontré a la blanca paloma y al anciano jugando como niños por todas partes de mi cuarto.

- ¡Oh! Pero no es humano, es un perro... – Dijo la paloma.

El enorme perro se le acercó y ambos comenzaron a hablar con familiaridad y cariño… Me quedé observándoles y pude notar que del ojo de la paloma brotaban lágrimas, que cuando caían al piso parecían cristales de luz… Noté que el anciano y el perro trataban de consolarla, y pude entender que aún debía continuar mi búsqueda.

Volví a la calle. Quise gritar pero sentí que sería inútil. Miré hacia el cielo y vi que el Sol brillaba en lo alto, era tan hermoso que me sentí tranquilo… Bajé mis ojos para ver a la gente y noté que empezaban a disolverse ante los rayos del Sol como si fueran espejismos… hasta dejar toda la calle vacía. Quedamos el cielo, las calles vacías, el Sol y yo. En ese momento sentí como si hubiera encontrado algo importante, y con aquel sentimiento retorné a mi casa. Y cuando entré vi que el enorme perro empezaba a ladrar, a mover la cola, mientras el anciano reía como si un niño, y vi a la blanca paloma mirándome a los ojos, como si fuera el amor hecho plumas… Iba a decirle algo pero ella izó sus alas y me dijo:

- No digas nada… Tienes que escucharme…

Apenas terminó de hablar, empezó a volar hacia mí, como un rayo de blanca luz, hasta disolverse en el centro de mi corazón. No pude entenderlo, pero pude sentirlo. Cerré los ojos un instante, y cuando los abrí, todas mis dudas se habían esfumado como el alborear de una mañana…

Salí a la calle, y vi a toda la gente que iba y venía como si fueran hormigas sin rey ni reina por primera vez, y sentí que tenía algo que contar. Abrí mi corazón y hablé, y hablé a toda la gente que se arrastraban por las calles, y mientras hablaba de mis labios brotaban palabras, bellas palabras, perfumadas palabras, llenas claridad, de encanto, poesía… Y cuando terminé vi que todas las gentes me observaban como si fuera una blanca paloma. Empecé a caminar, a volar lejos, muy lejos… allí donde el aire y la vida es libertad, paz…

Lince, diciembre del 2005

Sunday, January 01, 2006

Feliz Año Nuevo...

Poco antes de la media noche del treinta y uno de Diciembre mi estomago y cabeza habían estado haciendo estragos con mi existencia. Había planeado dormir largo y tendido hasta el día siguiente pero el exceso de comida y licor arrastraron mis planes hacia el retrete de lo imposible. Faltaban diez minutos para que el año nuevo llegue. Me paré y decidí darme una vuelta por las calles de mi barrio. Me puse un sobre todo y salí a la calle para olvidar todo el calvario que masticaba mi cuerpo cuando no lejos de mi casa vi que mi sobrina de diez años y su madre, (mi hermana) estaban junto a cinco familias cargando un muñeco relleno de paja y cartón... Me acerqué a ellos y les pregunté lo que harían con dicho muñeco. Lo vamos a quemar, me dijeron. Fue extraño. Allí estaban aquellas felices familias con sus nietos, hijos, perros, muñecos, maletas, uvas, etc., listos para recibir el año nuevo, mientras yo les imaginaba como inquisidoras personas sacrificando un objeto, una cosa, una representación, o algo por estilo, no sé, al fuego divino para limpiar, depurar sus propias creencias, suertes, sueños o pesadillas... Y allí estaba el muñeco friéndose como un cerdo, recordándome el albino grupo de los del ku-klux-can. De pronto, llegó la media noche y todas las familias empezaron a abrazarse y desearse un feliz año, una mejor suerte y otras cosas por el estilo. Yo, tan solo deseaba que se me pasara la terrible indigestión y el dolor de cabeza... Luego llegaron los fuegos artificiales, las llantas quemadas, los niños corriendo y reventando cuetecillos por toda las calles, cuando vi que uno de los perros de una de las familias salió disparado como una rata mojada, gimiendo como si fuera parte del muñeco sacrificado, luego, todos los perros de las demás familias actuaron de la misma manera, pero no corrieron en la misma dirección sino en otras. Vi como cada una de las familias fueron tras sus perros que parecían estar presos de un terror de supervivencia. Fue increíble, muy increíble este fin de año pues allí estaba yo, frente a un muñeco tamaño gigante, es decir, el doble de mi tamaño, chamuscándose sin ninguna expresión, con una humildad y entrega total. Veía sus brazos, pies y cabeza haciéndose cenizas, cayendo como hojas secas de un árbol… y yo allí con mis festivos dolores que, para mi sorpresa, empezaron a esfumarse como el humo de un fuego, a hacerse cenizas en un año extraño y lleno de aullidos y aullidos por los perros de las cinco familias que parecían estar ocultos en algún lugar del bosque que estaba cerca del barrio... Sonreí. Volví a mirar al muñeco, que ya no era eso, más bien era una cruz chamuscada… Le di las gracias y fui caminando hacia mi casa mientras escuchaba el llanto de los niños que llamaban y llamaban a sus perros sin poderlos encontrar, al menos durante la noche... Llegué a mi cuarto mas tranquilo, y cuando estaba por dormirme, aún escuchaba aullidos y los llantos de los niños. Apreté mis párpados, taponé mis orejas con algodoncitos y les deseé a todos los niños, perros y familias en general que tuvieran un feliz año y, sino encontraban lo que perdieron, un perro nuevo...

San isidro, diciembre del 2006

¡Desgracia!

Vinieron hacia mí una manada de personas de todas las edades, diciéndome: ¡Desgracia, desgracia, desgracia…! una y otra vez. Era extraño que vinieran hacia mí pues yo qué podría hacer por sus desgraciadas vidas... Aún así les pregunté qué es lo que les ocurría, y ellos voltearon sus fijas miradas en dirección opuesta en donde estaba yo, luego, apuntaron con sus brazos y manos, diciendo: ¡Desgracia!... Miré al lugar que estaban señalando y vi a un hombre tirado en mitad de la calle. Está muerto, pensé. Me abrí paso entre la muchedumbre y sentí el calor de sus cuerpos, sus intensas miradas y hasta uno que otro murmullo que brotaba de aquel amasijo de carnes. Y cuando estuve frente al cuerpo tirado me di cuenta que estaba manchado de sangre, como si fuera un globo rojo reventado... Volví la mirada hacia la muchedumbre y noté que todos retrocedieron como si al tocar al tipejo fuera a destapar una caja llena de seres terribles. Toqué al hombre, y de pronto este abrió los ojos de una manera terrible como si yo fuera un demonio. Asustado por esto, lo solté, y el tipo ante mi sorpresa se paró como si hubiera estado adormecido y empezó a retroceder... Se limpió sus desgajadas ropas y un brazo se le cayó del cuerpo, luego se le cayeron los ojos como si fueran dos canicas de vidrio, y de sus cuencos vacíos brotaron extraños gusanos de color amarillo. Sorprendentemente, el hombre cogió sus ojos con una de sus manos, los limpió con sus manchadas ropas de sangre y volvió a ponérselos en sus cuencos vacíos, luego, hizo lo mismo con su brazo, acomodándoselo como si fuera un muñeco desarmable. Me miró nuevamente a los ojos y noté que se alejaba con temor, diciendo: ¡Desgracia, desgracia, desgracia...! Lo vi marcharse hasta perderse en una de las esquinas de mi pueblo. Confundido por el suceso me volví hacia donde estaba la muchedumbre que me avisara de este incidente para que me explicaran este fenómeno, pero ya todos habían desparecido como si fueran de humo, o como si fueran fantasmas... Me sentí extraño, muy extraño, pensando en que quizás podría estar yo muerto, pero aún así, y sin pensar en nada mas, decidí irme a mi casa. Y cuando entré vi que todas las cosas de mi cuarto parecían estar observándome con frío pavor, como si vieran a un demonio, y les escuché murmurar: Desgracia, desgracia, desgracia,... Agotado de tanta chifladura fui hacia mi cama y me tiré a dormir para despertar de esta realidad llena de incoherencias, que parecía ser un sueño, pesadilla, o al revés...

San isidro, diciembre del 2005

Sunday, December 25, 2005

La rosa

Mi vida es muy buena,

rodeada de libros, poemas y cantos…

y un espacio que se abre como una rosa

ante los rayos de una estrella que nunca se apaga.


Esa rosa soy yo

y la verdad es mi estrella.


Soy una persona que día y noche

se le caen las máscaras,

tal como los dientes a un anciano.


Soy uno de tantos y tantos

que ha conseguido ubicar

el oasis de una simpleza.


Soy de uno esos

que tontamente sonríen por cosas

que no sea la estupidez

de un mundo tan bello.


Soy uno de tantos y tantos…


Y te cuento que vivo,

muero y respiro

cada noche y cada día

en un valle de paz y mucha armonía...


San isidro, diciembre de 2005

Wednesday, December 21, 2005

Sopa de caracoles

Tengo bastante trabajo, sin embargo, me gusta estar ocupado. Me hace olvidarme de mí mismo. Tenía la esperanza como una corbata sobre el cuello, adornando mi mejor camisa de sueños cuando una ruma de moscas con ojos brillantes y angustiados comenzó, en su vuelo alrededor de mí, a cagarse encima de mi sobrero elaborado de gran dignidad marcial. Me detuve frente a ellos y con una trampa para sueños inciertos, dudosos, machuqué el botón que activaba dicha maquiavélica máquina. Uno a uno las moscas cayeron por todos lados del piso del taller para deshacerse como cenizas de cigarro. Luego, cogí una escoba hecha de fibra de arena con aleación de pelos de conejo y empecé a barrer todo aquella mierda que ante mis ojos llenos de cansancio se presentaban como un amasijo de chocolate de color parduzco… Observé casi sin inmutarme a bichos de todo tamaño con tres patitas, dos ojos, cinco especies de cuernillos, colillas cartilaginosas parecidas a esos penes alienígenas y un montón de confites de extremidades y sentidos extraños hechos de glandulillas así como las malaguas de mar. Y luego de barrerlas y juntarlas las eché sobre el mar de todas mis pesadillas y crueles pensamientos imaginados contra mi voluntad... Mientras me alejaba noté que millones de ojos redondos como billas blancas con puntillos rojos, negros, azules aparecían por la superficie de aquel océano de barro líquido y residuos o polvillos metalúrgicos, mezclados con petróleo renegro, sucio, viejo... Me di media vuelta para continuar con mi labor. Estaba agotado, muy cansado pero continué trabajando. Había mucho que hacer, muchos pedidos por entregar, sobre todo aquella mujer de cincuenta hijos que mandaba a llamarnos a través del teléfono con sus cincuenta hijos a cada momento. Era para enloquecer escuchar sus vocecillas, parecía escuchar a una granja llena de pollos, gallinas y cerdos mugiendo la misma canción, el mismo pedido una y otra vez: su sopa de caracoles enlatada. Prendí la máquina una vez mas ya le eché a la velocidad máxima... Me relajé un instante al ver como cientos y cientos de latitas de hojalata de color negro salían rumbo hacia las cajas de despacho. Sonreí estúpidamente un instante y cerré un instante los ojos así como los gallos, y cuando los abrí ya estaba amaneciendo, ya llegaba el otro turno a laborar. Dejé mi puesto. Me saqué el uniforme negro de faena y salí rumbo a mi hueco a dormir un momento. Apenas llegué a mi hueco me eché y tuve una larga y tediosa pesadilla, una larga, pero muy larga pesadilla... Se trataba de una sierpe de color negro y con ojillos oblicuos en cada parte de su largo y aceitoso cuerpo, y con dedos y dedos en cada parte de sus lados laterales como si fueran gusanillos; inclusive los tenía en los bordes de sus ojillos como si fueran espesas pestañas... Fue un extraño y largo, pero muy largo sueño del que aún no puedo despertar. Dicen que cuando uno no despierta es que está bien muerto. No lo sé con precisión, pero, en cuanto a mi trabajo, no sé si ya he despertado pues continuo laborando diariamente. Veo las mismas moscas. Escucho los mismos pedidos y veo con gran alegría la salida de cientos y cientos de latitas rellenas de sopa de caracoles...

San isidro, diciembre del 2005

Tuesday, December 20, 2005

El Efecto Mariposa

Recibí la noticia como todas las grandes noticias, es decir, sin esperarlo, de una casualidad. Vamos a editar su novela, me dijeron de una de las tantas editoriales a las que mandé una de las tantas copias que hice de mi inédita novela. Les pregunté para cuándo. Si necesitaban de mi asistencia y otras cosas parecidas, pero lo único que recibí por respuesta era que debía continuar esperando. Cuánto, les dije. Paciencia joven escritor, todo con paciencia, todo, jovencito... pero, despreocúpese que le avisaremos nuevamente cuando estemos por publicar su novela. Les pregunté cuántas ediciones serían por la primera vez. Me dijeron que no más de diez mil, y luego colgaron.

Toda la noche no pude dormir pensando en lo mismo, es decir en mi publicación. Pasaron días, semanas, meses, años y años, pero no recibí ninguna llamada, carta ni ningún tipo de respuesta. Llamaba y llamaba a la casa editorial pero nunca me dieron una cita, una nueva señal, nada de nada. Y cuando ya me sentía como los cientos y cientos de escritores que duermen ignorados bajo el escritorio de una de los miles de principales editores del mundo, sentí que debía volver a escribir para apagar mi dolor y olvidarme de aquella primera novela. Eso hice y me sentí mucho mejor pues sentí que todo volvía a nacer. Sí, allí estaban los hechos vividos u observados, personajes conocidos o visionados o alter egos, ideas guardadas por noches y días, sueños luminosos que no se apagaban aún en mis noches de insomnio, estudios de lugares históricos vistos en libros, estructuras pensadas para un escenario que fuera verosímil, imágenes imborrables que hirieron mi existencia, visitas a mi vieja libreta de apuntes con citas importantes, y luego de saborear todo aquello, empecé una nueva novela que, tal como la otra decidí enviarla a todas las editoriales de todo el mundo hispano hablante una vez terminada, corregida, y, sobre todo disfrutada por mi propio juicio y lectura.

Pasaron muchos años desde que terminé esta última novela, y ya ha pasado el tiempo necesario despues de haberla presentado a la mayor cantidad de editoriales, pero nada de nada, no recibo respuesta... y en esos momentos creo que no sirvo para nada, para absolutamente nada mas que soñar tal como me gritaban mis padres, amigos, familiares y profesores de mi centro de estudios... Cuando percibo en ese preciso instante, en mi diminuto cuartucho una imagen que arruga e inflama mi corazón: es una mariposa de colores vivos y claros revoloteando bajo la lumbre del sol que atraviesa mi única ventana. Me agrada observarla por la primera vez. La noto jugando, volando impulsada por cosas como el aire, su sed, su curiosidad o yo qué sé, pero siento que tiene que ver con la magia, con la pureza de toda existencia... Lo cierto es que me quedé observándola por varios minutos y me identifiqué con ella tal cual había sido; es decir me sentí como una oruga que se arrastra con su grueso capullo buscando un sueño, un brillar que no puede entender pero que lo impulsa a continuar su sueño, su destino… hasta morir. Y en aquel impulso se encuentra a sí mismo, pues renace dentro se sí convertido en una linda mariposa que vuela en torno al sol, a su destino, a su sueño, cumpliendo uno de los sentidos de su propia existencia. Así me sentí. Y cuardé esta escena en mi corazón, y continué tejiendo el capullo de mi propia vida, con la esperanza que en un día de sol, todo aquel amasijo de hilos, de letras, de puntos, comas, murieran rumbo hacia su sueño, hacia su destino: el lector. Hacia ese corazón dorado que brilla en cada persona, y en donde cada existencia podría ver el color de mi alma, escuchar el canto de mi propia voz, el vuelo de mis viajes imaginarios, que siempre buscan la claridad, el entendimiento, y la paz verdadera...


San isidro, diciembre de 2005

Sunday, December 18, 2005

El Paraiso Escondido

Estoy en el corazón del mundo

y me siento tan bien

a pesar de tener el cuerpo lleno de llagas,

la mente sepultada por recuerdos,

y anhelos de arena…


Y estoy bien

porque guardo un sentimiento muy lindo

que cada vez que me inunda,

me exilia hacia el paraíso escondido.


Un lugar en donde los niños sonríen,

los ancianos suspiran en paz,

y donde agoniza la muerte…


Un canto es lo único que vibra.

Un aliento sin principio ni fin a todo da vida.

Una calma, como frazada sin bordes ni peso,

abriga todo del frío y dolor…


Y allí siempre se vive

desde que un sueño escondido

me arrastró hacia el único día.


Y allí todo anhelo y recuerdo

se hace añicos brillantes,

lluvia de néctar,

pues nace el despertar de la larga mañana,

de una vida que nunca se acaba,

y que me hace escribirte

respirando una Paz absoluta…



San isidro, diciembre del 2005

Thursday, December 15, 2005

MURMULLOS

He recibido tantos regalos

que no puedo agradecer

a quien todo me dio.


Pero no importa,

la vida es lo único que importa,

a través de ella uno puede sentir,

sufrir, reír, llorar, todo…


Uno puede vivir todo en esta vida

que es en verdad el gran regalo

que el Creador nos ha dado.


Sobre todo,

nos ha dado un espejo perfecto

en donde uno puede mirarse a sí mismo

y encontrar lo que somos...


¡Gotas entre gotas!


Gotas de paz…


Es lo que somos en este viejo universo

repleto de infinitos puntos brillantes,

apelmazados en un punto gigante,

guardando silencio y armonía total…


Y al mismo tiempo,

pronunciando el viejo murmullo,

murmullos de paz,

tan solo de paz....



San isidro, diciembre del 2005