Sunday, March 26, 2006

Negritudes

Hay veces en que me pregunto si vale la pena escribir y escribir, pero, ¿para qué?, ¿para quién? Nadie me paga por ello... Nadie me lee sino es un amigo o alguien que se sienta identificado con mis letras, ¿entonces?..., bueno, eso tiene un significado, estoy loco, o esto es un escape de mi manera de expresar la vida que llevo en secreto...

Casi no leo a los que escriben en esta página, al principio sí, pero luego no, pues no me agradaba lo que decían... demasiado frívolo, como una cáscara de huevo sin yema ni clara, hueco, puras letras, superficies pulidas de letras negras... Quizá soy duro, pero soy sincero. Quizá soy demasiado exigente con los demás, demasiado vanidoso, sí, eso es... vanidad de artista, si es que lo soy, pero eso dicen mis amigos cuando les doy mis escritos, cuando me leen... Unos dicen que soy un genio, otros que estoy loco, o que soy poeta, un ser que vive un mundo extraño, alejado de la realidad... como un muerto vivo, o el esqueleto de un pensamiento... Diablos, no sé lo que escribo, pero lo hago sin pensar, así como cuando me echo a dormir y sin querer, sueño algo producido por mis miedos, alegrías, anhelos, etc... Me gustaría algún día ver las cosas de verdad, leer y sentir a las personas que escriben, sí, eso me gustaría, como hoy que leí una historia de una mujer que fue tratada duramente por la vida... Fue hija no deseada, mujer maltratada por su amante, y, por último, imaginaba ahorcarse, matarse... Me sentí afectado pues soy uno como ella, en este caso, al revés... es decir yo soy el padre… Le escribí lo que sentía, me sentí mejor, un poco al menos, un poco... Uno hace de todo para sentirse mejor, en mi caso, escribir me hace bien, aunque no escriba para nadie... Es como si estuviera en una casa con las luces apagadas sin nadie, sin nada, con tan solo una máquina de escribir y papel en blanco, y como si fuera un piano, tocase sus teclas con mis dedos, una por una, una por una, escuchando los sonidos, los tonos, el eco en este oscuro lugar sin nada, sin nadie mas que lo que escribo... En ese caso, escribo sin razón, sin permiso, sin perdón, sin sonido, extrañamente escribo cuando estoy en este callejón oscuro, negro, como las letras que leo mientras toco estas teclas... Es bueno desahogarse así, al menos si eres de la misma calaña que yo, y si lees estas líneas, te diré que no eres el único extraño en el universo. Tan solo mira hacia arriba y en esa total oscuridad de la noche descubrirás puntos, líneas, comas, textos escritos tantas veces que se han hecho un ovillo, una oscuridad, un todo en este universo lleno de extraños, llenos de puntos sin sentido nada mas que para mí, que soy uno de esos que escribe en la oscuridad de su cuarto… Y si viene el Sol, reiré mientras la luz ilumine el sin sentido del sentido de muchos, pues yo sé que cuando el Sol continúe girando, brillará para otro extraño como yo… como si fuera la energía, la tinta que necesita el escritor, el genio, la multitud que soy yo…

San isidro, marzo de 2006

Soy un poema...

Mi nombre no importa, es la vida lo que importa... Esa es la voz que me salvó de caer en el juego de ser como las demás personas. Mis padres anhelaban que tenga una seguridad mayor que la de ellos, por ello construyeron una casa de cristal para mí, y desde que nací, vivo en aquella casa de cristal.

Desde que amanecía venía mi madre con un libro en la mano y me leía durante horas y horas, hasta quedar dormido. Mi padre me traía noticias del mundo de afuera de mi casa de cristal. Conocí pocas personas en mi casa de cristal: enfermeras de blanco, doctores y mi cama llena de colores, y ese sonido tan hermoso que se escuchaba en todas las paredes de mi casa. Mi madre me contaba que era Shopin... era verdad, y aunque nunca le he visto le conozco desde siempre, pues parece que es él quien vive en cada sonido que escucho, sentía su total soledad, tristeza, angustia y los destellos de su alegría. Me encantaba aquel autor, también a Mozart; este es como un demonio traviesón que gusta de jugar con el brillo que le brota de su interior, en formato musical... Adoro la música en general... El arte también. Recuerdo cuando mi padre me trajo un cuadro de un hombre muy triste con un sombrero inclinado sobre una mesita redonda, una pipa en las manos, pintados ellos, mejor dicho, era como si hubiesen absorbido los colores de ese instante, pues se sentía tal aburrimiento que hasta tocaba mis sentidos. Mi madre me cuenta que el autor es un Van Gogh... Y de todos los autores que me lee mi madre, el que mas me gustaba era Mallarme... Dice ella que es difícil, que pocos pueden entenderle, pero no es así para mí. Éste narra su tiempo, su desilusión por sí mismo, su amor por su aquí, por su ahora. Se le siente tanta fuerza en sus letras que hasta me hace saltar el corazón... Es así. Vivo a través del arte... ¿La televisión? No. No me agrada en mi casa de cristal... me parece como si fuera otra realidad, aunque la envidio pues en ese cuadro de gente animada todo sucede, todo, y, al mismo tiempo, cuando la apago con mi control remoto, todo acaba, muere, así como cuando duermo y empiezo a soñar, viajar, libre, como los poemas de Mallarme, y la música de Mozart... No, no me agrada la caja de colores...

Mi existencia es especial en mi casa de cristal. Desde que abrí la conciencia y después los ojos, he vivido en mi cama de colores. No puedo mover un solo dedo... Pero, cuando uno nace así, es mejor, como una singular bendición... Es como si todos los demás se preocuparan por mi vida, sin que yo les dé su importancia. Así como una flor, una planta que hay que cuidar sin dejar pasar un instante, un día, una noche, es bello ser así... esperando de mí una alegría, un contento. Por ello me causaba extrañeza cuando veía que alguien lloraba por falta de aceptación de su propia existencia. Y me causa aquel sentimiento porque para mí no es así. Vivía en mi casa de cristal y recibía la vida tal como viene, como un regalo... Veía el mundo a través de la caja animada y no me gustaba verla constantemente. Prefería escucharla, sentirla a través del arte, a través de mis sentidos...

Cuando mis padres se hicieron ancianos y luego durmieron para siempre, me enviaron a otro lugar en donde lo único de cristal que tenía eran las ventanas. Me agradó el cambio, y sobre todo ver a otros como yo, pero infelices, tratando de acabar con sus propias vidas, cuando no se daban cuenta de que somos como bellas plantas, con sus flores de colores y olores, con nuestras sonrisas brillando como una estrella mas y, si es posible, contábamos de nuestras vidas, nuestras hermosas vidas, así como un poema de Mallarme...

A todos mis vecinos les hablo de esa manera, es decir, en poemas, pues no sé de qué otra forma hablar... es mi manera de expresarme, mi manera de ser feliz así como las aves cuando cantan en el alborear de cada mañana que puedo vivir. Muchas veces, cuando es de noche, viene a visitarme un ser muy especial. No tiene nombre ni forma, pero es mi amigo. No me provoca miedo, pues se acerca como esas aves que vuelan en total armonía, y cuando me susurra al oído es como si escuchara al Shopin más alegre... es mi última compañía, y aunque sólo yo pueda verle, no me molesto en que nadie me crea cuando hablo de mi amigo...

Soy dueño de mi propia locura, mi bella locura, así como la música de Mozart expresándose en libertad... Mi amigo de colores me dice que muy pronto iremos a una casa de cristal, así como cuando aun era un niño. Me alegra aquella noticia, pero no tanto, pues aunque estoy en este cuarto a media luz, es bella, sobre todo cuando puedo escuchar el sonido de la vida... Es como si mi cuerpo fuera una flauta, un instrumento musical, y yo fuera el artista, el Mozart, tocándose así mismo como un poema...

San isidro, marzo del 2006

Pensando en ti...

Debo de estar más cuerdo que nunca al recordar lo importante que es ser feliz... Mis pensamientos, así como la de muchos, van como un río sin parar ante nada, y directo a la mar de la nada... Sin embargo, guardo uno de ellos que como gotas de mercurio florece en el universo de mi interior, y eso me alegra muchísimo, pues sé que tras todo pensamiento, toda muerte, se halla aquello que no tiene palabra y que está tras de todo. Y aunque siento que mi existencia está apagándose con las tormentas de un mundo incomprensible, un aspaviento de brazos de cuerpos de tierra y fuego, de un todo movimiento, puedo vislumbrar los rayos de un Sol que brilla imparable, poderoso como el punto central de toda creación...

Podría decir que deliro ahora que estoy afiebrado, que las manos me tiemblan, que soy tan pecador como nadie y como muchos, y mis pensamientos están enlodados de pasados y proyectos futuros, pero no es así; estoy enfermo, sí, muriendo como muchos, sí, y muriendo como nadie, con los ojos abiertos y cerrados, con toda la atención y expectación puestas en aquellas gotas divinas de mercurio...

¿Será la eternidad?

En mi alma guardo aquel pensamiento de lo divino, de lo que jamás podré entender, pero sí sentir con toda el alma... Si ello es el creador, entonces, estoy salvado, habré vivido con sentido.

¡Dios! ¡Me hallo frente a aquello que es todo para mí, aquella lava que diluye todo dolor, toda alegría, toda angustia, todo, todo...! Y vuelvo a la paz, a la tranquilidad de acabar estos pensamientos en la nada, en aquellas gotas divinas de mercurio…

Me creerás si te digo que es verdad lo que escribo hoy, hoy, justo hoy en que estoy pensando en ti...



San isidro, marzo de 2006

Friday, March 24, 2006

Miedo

Bajo la sombra de un árbol una niña de ojos claros soñaba con un ángel, cuando el grito del gentío la sacó de aquel sueño mágico... Abrió los ojos y ante ella vio que todo el bosque estaba siendo abrazado por los dedos caprichosos de un infierno... Se paró sobre sus pies y miró el cielo que aún brillaba como nunca, y ante todo el universo de testigo cantó su inocente melodía...

El fuego se apagó, el gentío calló y todo el universo escuchó la belleza de la inocencia en un mundo lleno de tierra, agua y fuego. Un ave bajó del cielo y se puso en su regazo hasta que la niña cesó de cantar... Luego llegaron todos los animales del mundo que se acercaron a la niña con la sed más grande de todas, la de la verdad...

El león le pidió con humildad que le cantara un poema y la niña cerró sus ojos y empezó a contar de un viaje a la Luna, las estrellas y de un ángel que no cesaba de brincar a su costado. Le narró de sus sueños, de su amor por todo el universo y le dijo que más allá del horizonte se hallaba la sombra de la vida...

Todos callaron menos un hombre que con una pala en la mano se enfrentó a la niña y la mató con sus propias manos... Nadie dijo nada, pero todo el universo lloró en total silencio. De pronto, en el cielo infinito nació un arco iris y las nubes empezaron a llorar y todos los animales gimieron y cantaron loas a la vida, loas a la muerte y todos con sus garras enterraron el cuerpecillo de la niña mientras el hombre malo se alejaba de sus vidas.

Cuando todo estuvo consumado, un ángel bajó de los cielos y como si fueran todos angelitos empezaron a jugar, bailar y cantar, mientras tanto una manada de niños se acercaban a la tumba de la niña, cantando la muerte de todo el miedo que alguna vez tenían....

Ha pasado mucho tiempo y aunque la niña jamás ha despertado, todos pueden escucharla cuando el miedo viene a verlos disfrazado de una sombra... Y su canto es hermoso, sereno y alegre pues apaga todo miedo, todo fuego, toda duda de lo eterno...



San isidro, marzo del 2006

Thursday, March 23, 2006

La última página

Sentado frente a la máquina de escribir no se decidía en apuntar el final de su novela de más de ochocientas páginas. Estuvo en aquella situación por más de medio día, hasta que el sonido de la puerta de su casa lo sacó de aquel atasco mental.

Se paró acalambrado y caminó con cierta dificultad hacia la puerta. La abrió, y ante él se encontró con un niño de cabellos largos y rubios como el Sol, de ojos azules como el cielo que, medio doblado se quejaba de un cierto dolor. ¿Que te ocurre?, preguntó el artista. Señor, me duele la barriga, y creo que voy a morir... ¡Y tengo mucho miedo...! ¡No quiero morir! Asombrado por esta situación, le preguntó acerca de sus padres. El niño le dijo que habían salido a un largo viaje del cual ya había pasado más de un mes... ¿Vives solo?, volvió a preguntar. Sí, sí... Señor, ¿podrías acompañarme hasta mi casa...? Vivo solo con una empleada invisible de mis padres, y tengo miedo de que me vaya a morir... ¿Puedes ayudarme? El escritor sintió como un latigazo en su mente amodorrada, y tuvo la visión de que en las palabras del niño podría encontrar el final de sus textos… Por ello, asintió.

Hombre y niño caminaron unidos por la mano a través de una noche y una ciudad oscura, pero mágica. Ninguno hablaba, más bien escuchaban el silencio nocturno, el bailoteo de los árboles del bosque, el sonido de sus pasos a través de la acera de la calle… cuando, sin darse cuenta, caminando y disfrutando de su entorno, llegaron a una casa pequeñita, casi del tamaño de una casa de perrito. El niño se paró ante ello y entró como si fuera un perrito. Luego, sacó su cabecita y le dijo al artista que pasara… ¡Dios! Pero, soy demasiado grande… pensó, cuando sintió las suaves manos del niño que, con gran sutileza lo hizo entrar a su casita…

Ambos adentro vieron que todo estaba ocupado por muñecos y animales de goma animados, libros y libros de cuentos para niños, muebles que parecían tener el sentido de la observación… Es un ensueño, pensó el escritor, cuando el niño lo jaló hasta llegar a tocar uno de los tantos seres que animaban el lugar… Ambos no supieron el tiempo transcurrido, pero el sonido del toc-toc de la puerta los arrancó de la magia que vivían en aquel momento… El escritor se dio vuelta, soltándose de la mano del niño cuando percibió que todo a su alrededor empezaba a apagarse hasta quedar en una sucia casucha abandonada. Volteó donde estaba el niño y vio a un muñeco viejo y casi consumido por el tiempo… Lo soltó, saliendo de aquella casucha y no parando hasta llegar a su casa.

Cuando entró a su cuarto, vio sentado en su escritorio al niño de cabellos rubios que en sus manos tenía una hoja escrita… era su última página, la última hoja de su novela. Dámela, le pidió al mágico niño, pero este no respondió. Se acercó al niño con cierta timidez, y cuando lo iba a tocar, se esfumó como una brisa luminosa, una chispa de luz en medio de su real oscuridad. Buscó al niño pero no lo encontró… Tan solo la ruma de hojas escritas sobre su viejo escritorio, al costado de su máquina, y aquella chispa que aún flotaba por su cuarto como si fuera una mariposa luminosa… La miró con alegría y, sin dudar mas, la tomó en sus manos, la puso en sus labios y la besó… De pronto, el escritor sintió que su ser empezaba a entender con mayor claridad y realizó, visionó el final de su novela: era una idea luminosa, una chispa de luz… Y ante esta revelación, esto es lo que puso en su última página:

“… y todos, después de una noche en que los personajes salieron por las diferentes puertas de la casa de la realidad, se dieron cuenta que llegaban a un mismo y único lugar, a una sola claridad y a una sola luz…”

San isidro, marzo del 2005

Tuesday, March 21, 2006

Impresiones

Salió de su casa de madrugada cuando el diablo se apoderó de su alma. Ya no era él, era un deseo, imágenes enroscadas en su alma que lo empujaban hacia el sendero del pecado, de lo prohibido. Subió al coche sintiéndose como un chico de veinte cuando tenía cerca al triple. Aceleró y antes de llegar a la esquina la vio... Sí, se dijo. Era ella. Detuvo el auto, bajó y como un poseso, escuchando las voces de su juventud fue tras los pasos de ella.
Un hombre con un niño salía de una tienda. Aun era temprano. Su esposa y madre de su hijo estaban a diez pasos de ellos cuando vio a un tipo de más de cuarenta años acercarse a ella, cogiéndola de los brazos y besarla sin parar... No podía creerlo, pero era cierto cuando escuchó los gritos de su esposa.
Oh dios, se dijo el hombre mientras la besaba y empezaba a desnudarla en plena calle. ¡Aún te amo!, continuó diciéndole, cuando sintió un garrotazo en la cabeza y como si cayera hacia el fondo de una cama de plumas empezó a dormirse como un niño...
Toda la gente del vecindario llegó y vieron a un hombre con un palo en las manos encostrados de sangre y a un hombre caído en el suelo con los sesos que brotaban con una lata de espárragos, y a una mujer medio desgarrada por la ropas que no dejaba de llorar, tapándose el rostro ante una realidad, un miedo, una pesadilla hecha realidad... Al poco rato llegó la policía, cogiendo al hombre mientras su esposa cogía al niño de ambos y, sin dejar de llorar, pedía perdón al hombre por los hechos consumados...
Cuando toda la gente desapareció de la escena, en una de las casas de aquella vecindad una madre llamaba a su hijo de más de cuarenta años al trabajo para indicarle que no olvidara de ir a la iglesia y rezar por todos los pecadores antes de regresar a la casa...

San isidro, marzo del 2006

Sunday, March 19, 2006

La noche del pensamiento

Hay algo en el ambiente que me hace sentir como si estuviera muerto, enterrado sobre toneladas de huesos. Ellos dicen conocerme, quererme como quien encuentra su rendija, su grieta entre el océano de pensamientos y la realidad de mi instante. Muchas veces pienso que la vida es una especie de líquido, y que soy un pez que respira vida a través de momentos y momentos... Las cosas dejan de tomar trascendencia como si la gravedad del mundo hubiera tomado vacaciones sin tiempo. Me agrada escribir en libertad sabiendo que jamás seré leído por nadie, así puedo dar permiso a todas estas imágenes, voces, que parecen navegar en la pecera de mi existencia, esperando ser sacados, respirando el aire de este mundo real...

¿Será que en uno mismo se hallan todos los seres que antes hemos sido?

Muchas veces me gustaría saber, pero creo que enloquecería, no sabría cómo volver a la realidad en que me encuentro en estos momentos… No he salido a la calle desde hace meses, desde que me puse frente al ordenador y empecé a escribir. Me agrada estar así, mandar mis textos como quien se halla dentro de un submarino y manda señales de vida a los que están fuera, pidiéndoles ayuda, auxilio, salir de este submarino sin luces interiores y ser libre al fin, así como las aves que dan sus primeros vuelos... Y ser como ellos, volver a ser como uno que ha estado muerto y ha resucitado, y ha experimentado que no hay nada como vivir en sencillez, así como un ángel perdido, un niño sin padre ni madre que vive como cualquier bestiecilla en la jungla de cemento del mundo.

Hoy, también estuve con dios, y era dios porque lo sentí así como se siente el Sol, el frío, la carne, así lo sentí, y era bueno estar en contacto con él. A él le agrada que uno se le acerque, mejor dicho, dejar que el se nos acerque.

¿Que cómo es dios?

Era como cuando sabes que te vas a desmayar, y antes de caer, cierras los ojos, te coges de algo, o buscas un lugar para echarte, sentarte, y ves que un sentimiento toma una forma, y una forma hermosa, y es como una piedra luminosa, fosforescente que cambia de molde como una nube, y ves que se te acerca , y sientes que estas frente a algo tan puro, perfecto, hermoso, poderoso, humilde, y, al mismo tiempo, sientes que es con él con quien siempre has estado desde antes de nacer y estarás después de morir…

Son casi las diez de la noche y aunque estoy solo me siento tan acompañado de algo que no puedo entender, y eso es que quizá ustedes me estén leyendo y tratando de entender algo que ni yo mismo puedo entender. Muchos me llaman el gran artista, puede que sea verdad pero me siento más un ente misterioso, alguien escondido, y formateado por el mundo desde que el mundo es mundo. Y en verdad aún no sé lo que soy, puedes creerme.

Desde hace días en que no salgo de mi cuarto he logrado sentir el temor, la angustia, y sentía que esos sentimientos tomaban fuerza en mí, un cáncer en el alma, un dolor ocupando cada rincón de todo mi ser; pero no es verdad, y eso lo supe hoy en que estaba frente a dios, sintiendo gotas y gotas de algo que entraba, que me penetraba hasta llegar al fondo de mi ser. Era como si dentro de mí tuviera un bebé que llorase y llorase por su leche, y el dios se acercara y me diera el biberón, y el bebe callara, callara, hasta dormirse en paz... En esos momentos supe que estoy preñado, que un virus se me ha metido, y que sin el contacto con lo divino, con lo puro, (pues ese ser se alimenta de divinidades), empiezo a sufrir como un desterrado del infierno, del cielo, y de todo lugar… pues no encuentro espacio ni sabor que satisfaga todos mis instantes de vida y de muerte...

Dejaré de escribirte esta noche en que apunta a mas de las diez de la noche y me encerraré en mi alma, en mi hogar y dormiré y soñaré ya no mas con mis temores sino con mi encuentro, conmigo mismo abrazándome por toda la eternidad, escribiéndote, viviéndote mientras lees estas líneas que soy yo mismo en esa extraña forma que tienen los poseídos...

San isidro, marzo del 2006

Friday, March 17, 2006

La picazón

Un dolor de cabeza me hizo pensar en un posible resfrío, algo de lo cual en estos momentos no me puedo dar el lujo. Podría aclarar que soy el único sostén de una familia de enfermos compuesta por mis dos ancianos padres, un hermano lisiado, una esposa gorda dedicada a cuidar a mis cinco hijos aún menores de once años... en fin, una de esas situaciones en que es un lujo pensar en uno mismo a propia voluntad.

Salí a la calle y llené mi bolsa llena de todos los caramelos que produje durante toda la noche. Herencia de mis padres, es decir, una fábrica artesanal de golosinas. Aún me dolía la cabeza cuando escuché que una persona me advertía que algo me iba a ocurrir, que voltease. Volteé y vi a dos negritos que parecían dos águilas, dos garras, listas a arrancarme mi pequeña bolsa de golosinas... Tuve mala suerte, me la arrancaron y como si el aire fuese una cortina, se esfumaron con el viento a través del filtro del gentío que no dejaba de observarme, como si fueran millones de ojos, estrellas, luces que por causa (quizá) de la fiebre me hizo sentir que empezaba a viajar a través de una oscuridad que empezaba a bañarme, luego, todo se hizo calma, calma así como si estuviera en la orilla de una isla desierta...

Cerré los ojos un instante y soñé muchas cosas... y en todas ellas las personas que se me acercaban me miraban, me tocaban la frente, y luego, me dejaban una golosina... de pronto, el sonido del chirriar de una trompa me sacó de aquel paraíso. El dolor se apoderó de todo mí ser y descubrí que estaba echado al lado de un parque. Traté de moverme pero mis manos no respondían, estaban rotas y un dolor increíble me ahoga toda mi existencia... pero, esos ojos, los ojos de toda la gente no dejaban de observarme... Cerré los ojos y caí en un sueño, un sopor, o en un abismo que no acababa...

Me cuentan que estuve inconsciente por cinco días en el hospital, que me había atropellado un auto luego de que unos rateritos me habían arrancado toda la mercancía, y que mi mujer había salido a buscar trabajo y lo había conseguido. Trabajaba en la casa de la señora que me había atropellado con su auto. Me contó que le pagaba muy bien, pero la mala noticia era que nunca más iba a volver a usar las manos, estaba mutilada... Al principio lo tomé suave, pero al día siguiente comencé a sentir como un escozor, y uno terrible como si tuviera millones de abejas pinchándome... Le conté al doctor pero me dijo que desvariaba...

He salido del hospital pero aún siento que las manos me pican. Me han puesto dos garfios como manos pero aún no llego a acostumbrarme. Cuando he llegado a mi casa me he dado con la sorpresa que mis padres han retomado el negocio de fabricar golosinas, y mis hijos mayores salen a la calle a venderlos... Parece que todos vivieran mejor sin mí. Me siento un inútil, y esta maldita picazón no me deja ni un segundo en paz...

Durante toda la noche sueño, y sueño en esos ojos de la gente, en las garras de esos negros y en muchas manos que no cesan de pellizcarme las manos... Creo que estoy enloqueciendo. Ante esta situación he decidido irme de mi casa, enterrarme lejos donde nadie me conozca. He dejado una carta a mis hijos, esposa y a mis padres y, antes de que amanezca he salido de la casa. He buscado el bus que me llevara a uno de esos pueblos olvidados y lo he encontrado... Increíblemente he visto que los dos negritos que asaltaron estaban en el mismo bus viajando de los mas alegres, como si no supieran que tras de ellos me encuentro yo, lleno de odio, lleno de angustia y con ganas de acabar con mi vida, pero antes, con las suyas...

Durante todo el viaje he planeado sus muertes, y luego de pensar y pensar, he encontrado la imagen. Uno por uno. Esperaré que salga el baño el primero, y luego, lo mataré con mis garfios clavándoselas en su cuello... Todo salió bien, allí están los dos maldecidos llenos de sangre. Aun esta oscuro y no se han dado cuenta de mi maldita acción. He pedido al chofer que detenga el bus un momento para orinar, y luego de que he bajado me he fugado a través de la oscuridad de la noche...

He corrido sin parar, y, extrañamente, aquella picazón ha dejado de molestarme. He mirado mis garfios y los he sentido como si tuvieran vida propia... He sonreído y cuando he mirado hacia la oscuridad de la noche he visto millones de ojos que no cesan de mirarme, con piedad, con temor, o con algo parecido a la locura, pero mis manos han dejado de picarme...




San isidro, marzo del 2006

Tuesday, March 14, 2006

Debo matar a mi mejor amigo...

Debo matar a mi mejor amigo, aquel que muchas veces me ha salvado de graves problemas... es como, o mejor dicho, un amigo, y uno de esos que son tan íntegros y leales, pero, tengo que matarlo, mandarlo al diablo... Y todo por culpa de dios, del corazón, o por culpa mía ya que estoy totalmente lúcido, veo mas allá de todo entendimiento, y por eso es que le hago caso al corazón que, hasta el día de hoy, nunca se equivoca...

Ya escogí el arma, es una Luger alemana. También escogí el lugar, el día, la hora. Sé muy bien su rutina laboral y su larga caminata rumbo hacia su casa en donde vive con su esposa y sus dos hijos. ¡Dios! ¡¿Por qué tengo que acabarlo?! Debo de estar loco, eso ni vuelta que darle.

Ahora que estoy caminando con la Luger en mi mano, una lluvia de recuerdos se apelmaza, formando una especie de materia y siento como si unas manazas trataran de ahogarme en el sopor, en la dejadez, en sus ruegos porque valla a la cantina mas cercana y me pegue la borrachera de mi vida para olvidar toda esta locura que me embriaga… pero no, no puedo hacerlo. Es ahora, ahora, solo ahora, sí, ahora tiene que ser, y será bueno que lo concrete de una vez…

Ya me imagino su sorpresa al verme cuando me vea caminando por ese corredor solitario que está a cinco cuadras de su casa. Y casi le escucho preguntarse: ¿Qué ocurre, qué haces por aquí?; mientras aprieto la Luger escondida en mi saco, acercándome en silencio, con los ojos clavados en los suyos, casi sin sentir el aliento, sintiendo que algo como un calor, una nube gris nos envuelve y aleja de toda realidad en nuestro entorno…

Ya le veo cogiendo una piedra, un palo, empezando a retroceder, luego corre, y yo sé que huye así como las bestias porque ha olido a la muerte, a mí, a mi arma, a mí sed de apagar este tormento por acabar de una buena vez con su vida miserable… Le veo corriendo, y yo tras de él. Me detengo, apunto y disparo. La bala le ha hecho caer, y como un perro atropellado empieza a gemir. Me le acerco más. Le miro el rostro sudoroso, el cuerpo tembloroso, miserable, mientras una fuerza mas grande que yo, impulsa mi mano y dispara, dispara, dispara contra su cara, su pecho, su corazón… hasta sentir que no es mas que un trozo de carne con chorros de sangre… Me le acerco otro poco y empiezo a llorar en silencio. Me limpio la cara y parto a la carrera de aquel callejón, y mientras corro, veo los rostros de personas que me observan los ojos, pensando, o gritándome en silencio que soy un asesino. Y mientras mas me alejo, me siento mas tranquilo, como si hubiera escapado de una pesadilla, de un sentimiento de culpabilidad, y, como si fuera un globo de aire, me siento tan liviano que empiezo a flotar de alegría…

Todo sucedió tal como pensaba. Ya estoy en mi cuartillo, el arma está aún caliente a mi lado. De pronto siento que alguien sube las escaleras que llegan hasta mi cuartillo. Toca la puerta y pronuncia mi nombre… Abro la puerta. Es él. Son sus ojos negros como el fondo de un abismo, preguntándome si ya acabe con la vida de mi amigo, del mejor de mis amigos… Asiento con la cabeza. El sonríe como nadie, como si en sus labios se abriera la grieta de todos los dolores… Se da media vuelta y mientras baja las escaleras yo cierro la puerta de mi cuartillo, y empiezo a alistar todas mis cosas para largarme lo más lejos posible de este mundo…

Estoy en el otro lado del mundo, es un lugar donde no hay mucha gente pero he conseguido un trabajo sencillo cuidando ancianos. Pagan poco pero me da para pagar el alquiler de mi cuartillo y la comida. Es una vida simple, pero me he hecho amigo de un de los ancianos, aún así, muchas veces me siento vacío y aburrido… Todo seguiría igual sino fuera que nuevamente, mientras estaba en mi cuarto, he escuchado los pasos de alguien subiendo las escaleras. Toca la puerta y es él con sus ojos negros del color de un abismo… Me sonríe como nadie y siento que debo matar a un viejo amigo…




San isidro, marzo del 2006

Monday, March 13, 2006

El pozo

Dentro del hoyo en que me encuentro observo la luz en la parte más alta de este pozo. Me lleno de esperanza, de dicha, logrando esbozar una sonrisa, negra, así como el estrecho sitio en que he caído desde no sé cuando... De pronto observo las cabezas de toda la gente que he conocido a lo largo de mi vida. Me miran desolados como si estuvieran frente a un féretro, un muerto... Sacudo mi cabeza como queriendo despertar de esta pesadilla, pero no puedo, no puedo y empiezo a gritar y gritar lleno de angustia, pero nadie logra darse cuenta de mi extraña situación, sin embargo no dejan de mirarme con cierto secreto dolor y aceptación, como si estuvieran ante una realidad inanimada. Acepto mi negra existencia y, como si rompiera extraños ropajes, desnudo mi ser de toda carga, pensamiento, cuando una libertad empieza a llenarme de aires inocentes, notando que mi estancia en el pozo se aclara... Y veo seres petrificados con los rostros expresando dolor, pena, empotrados en los muros de este coso. Son terribles imágenes pero algo dentro de mí los acepta como su igual, su compañero, hermano de una fraternidad de muertos... Ante esta situación la claridad empieza a ocultarse, y siento que me ahogo en la negrura, en la entrada a la nada, cuando, como un milagro, aquella fuente de luz que se nota en la parte mas alta del pozo, empieza a expandirse y aumentar hasta ser una estrella que, al estar a mi lado, absorbe toda mi esencia, fundiéndome en ella, sintiendo la hermosura de su unión, y realizo que ella es la fuente de toda belleza… algo que está mas allá de todo pensamiento, emoción y sentimiento. Me he convertido en una minúscula partícula de ella. Uno, uno con aquella madre de luz… Soy feliz, soy uno con toda unidad, sintiéndome aún, más que vivo…

San isidro, marzo de 2006

Sunday, March 12, 2006

El día de K.

Era una tarde llena de calor, gente que no miraba más que sus preocupaciones, autos que pasaban con los rostros concentrados en las calles cuando un hombre de mediana edad decidió acabar con su vida.

Si uno le viera no podría creer que fuera de ese tipo de persona, pero en estos tiempos donde la gente llena su vida de sueños, ilusiones, televisión y amigos, es lógico que de suerte continúen atados a las formas encorsetadas de una vida normal.

La vida de nuestro personaje era diferente, era artista, y uno de esos artistas mediocres para los demás menos para sus conocidos y él. La vida de este señor, llamémosle K. era especial. Desde niño sus padres juraban que iba a llegar muy alto, que su nombre estaría escrito en los libros de la vida como uno de esos que llegaron en el arte a la inmortalidad, pero, uno en la vida se topa con realidades que lo empujan hacia un destino sólo conocido por algo, o alguien que se dedica a jugar, o dejar jugar con las vidas de su creación.

Caminó hasta el puente más alto de la ciudad y echó todos sus pinceles, sus lienzos, sus documentos, sus ropas... quedándose desnudo, totalmente desnudo... no era nada, no era nadie. Al cabo de minutos llegó la policía coligiéndolo en un saco de fuerza y llevándolo a un loquero. Y allí vivió nuestro K., sumido en la bulla de sus vecinos, en la incoherencia de la anarquía de vida natural, como esos entes que pululan como una pluma en el aire, o tormenta en este caso.

Muchas veces trató de suicidarse a través de embutirse esos caramelos de colores que tanto coleccionaba... pero la suerte, o la mala suerte no deseaba que concluyera su vida. Pero, qué era lo que sucedía dentro de su cabeza... nadie lo sabía, excepto yo, que soy su creador, es decir es mi personaje. Les diré que K. era bipolar, es decir, una maniaco depresivo, o, efusivo, al cual la vida le hizo muchas llagas como cuando se enamoró por primera vez, pero cuando el amor de la chica se apagó, K. fue hasta su casa con una daga, tocó la puerta y preguntó por la hermosa chica. Ella salió y K. descubrió sus brazos cortados chorreándole sangre como si fuera la mies de un árbol viejo, diciéndole: Te amo tanto, que muero por ti... ¿Aún me amas? La chica cayó de horror al piso, y su padre al ver al muchacho, y a la chica tirada como un estropajo, le tiró la puerta de su casa, llamando de inmediato a una ambulancia para curar las heridas de K.

Pero ahora nuestro personaje se encuentra mejor, ya se siente con ganas de pintar nuevamente. Le pide al doctor del loquero un lienzo, y pintura. Se lo dan. K. produce si parar de día y de noche... y, K. hace su obra maestra... Es un cuadro todo de rojo sangre, ha puesto sus cabellos pegados en el lienzo, se ha arrancado sus ojos, cortado una de sus manos y la ha empotrado en aquel lienzo como si fuera la mano del creador... K. ha muerto desangrado, pero su cuadro aún continúa latiendo... En una esquina está su firma: fin.



San isidro, marzo del 2006

Saturday, March 11, 2006

¡Me sorprendo!

¡Me sorprendo de la vida!

Tengo a Dios en mi alma, y recién lo sé.

Soy como esos árboles que no pueden ver sus raíces pero que disfrutan tanto del Sol, y de la lluvia, del viento y de todos los seres que visitan mi atención. Y al ver que el tiempo transcurre como un gigantesco elefante jalando la cortina del día y la noche me siento tan especial, libre que aunque no pueda ver mis raíces puedo sentirme tan feliz cuando la tierra alimenta mi ser por completo, cuando los bichos empiezan a rasgar mis atavíos.

¡Dios, soy tan feliz hoy! ... que puedo dejarme aplastar por los pesados pasos del tiempo…

¡Y viajar libre!...

Como esas hojas que se van con el viento...



San isidro, marzo del 2006

Tuesday, March 07, 2006

Mi paso por la vida...

Son unos pasos que dejan huellas sobre nuestra epidermis, podría decir que soy feliz, pero esa palabra está llena de virus... Es mejor decir que estoy contento por saber vivir con sencillez. Mi madre durante toda la vida me dijo que no mintiera, que dejara de soñar, que pusiera los pies en donde se deben de poner. Nunca pude hacerlo, por eso es que escribo, como la manera que tengo de contar mi paso por la vida. Soy uno de tantos y tantos, que al ver que el día viene y se va, que la noche encanta todos mis sentidos ocultos, se encierra en el centro de mi vida, de mí mismo y en aquel centro de la tormenta, de movimientos que es la existencia, encuentro sosiego, un maná que apaga todas la inquietudes que me llueven cada segundo, instante en mi paso por la vida.

Tengo muchos libros frente a mí. Leí que Héctor Yánover decía que un hombre culto es aquel que a pesar de tener miles de libros en su casa sin leerlos, no cesa de adquirir más y más libros. Es mi caso, aunque no tengo miles y miles, quizá unos cuantos miles... Tengo en mis manos el libro de cuentos de Primo Levi, cuyo título es: Lilith y otros cuentos. Interesante, mas bien, un texto cargado de realidades noveladas... También tengo a mi lado En el Camino de Jack Kerouc, El juego de abalorios de Herman Hesse, y un libro de cuentos de un autor peruano, al cual lo siento lejos de ser un buen libro. Acabo de terminar de leer a Yanover, Memorias de un Librero, un libro imprescindible, para los amantes de los libros y librerías. He conseguido el libro de Thomas Pynchon, El arco iris de gravedad, según algunos uno de esos libros que se debe de leer.

Me agrada mentir, es decir, contar historias que suceden, o que no sucederán jamás... Luego que termino de escribirlas me siento satisfecho conmigo mismo. Debe de ser que es un acto totalmente natural en mi vida. No sé si algún día a lo largo de mi vida llegue a ser un gran escritor, no lo sé, pero aunque diariamente me seduce, no le hago caso, prefiero coger un libro y leerlo, o, en mi caso personal, continuar con mis rutinarias labores de trabajo que son lo que me dan vestir y comer día a día.

¿Cómo será cuando muera?

Imagino que acudirán amigos, enemigos, amigos de mis amigos y luego que me entierren, o me cremen, se olvidarán de mí lentamente por los sucesivos meteoritos que caen sobre la vida de todas las personas. Seguro que la nada será algo muy profundo de conocer. No creo que halle imágenes, ni nada por el estilo. Más bien encontraré sentimientos, de esos que uno no puede olvidar.

Podría contar de aquella señora que viene a dejarme un pedazo de papel a cambio de una que otra galleta que guardo para personas indigentes así como ella, pero, ¿para qué? ¿A quién le importa? Tan solo a mí... Y si es así me la contaré.

Esta señora era una mujer de más de sesenta años. Vestía con ropas ajadas y humildes. Sus cabos cabellos eran abundantes. Su cuerpo oculto por la ropa no dejaba ocultar su esmirriada figura, pero, usaba unos lentes, unos de esos grandes y pesados como si tuviera dos lupas en los ojos... Pero lo que mas me agradaba o llamaba la atención era su manera de pedir: se paraba en la puerta de entrada, lentamente, así como un caracol, y luego, extendía una mano pues la otra estaba ocupada cargando una bolsa llena de cosas, tal como si viniera de un mercado, y me balbuceaba algo con un: buenos días... La miraba a los ojos ocultos tras las dos lupas, y veía cómo lentamente empezaba a sonreír, balanceándose de lado a lado como esos porfiados, o como esos payasitos que venden en los mercados... Y si yo sonreía, la señora sonreía más y mas hasta hacer que su sonrisa cambiaba el resto de toda su humanidad... parecía contenta de verme contento. El resto es sabido. Le daba una que otra galleta, pan, productos sobrantes, y ella los recibía como quien recibe las joyas del niño... Y sin mirar lo que recibía lo metía en su bolsa que cargaba en su otra mano. Luego, balbuceaba unas gracias y se iba caminando a la velocidad de un caracol... dejando esa baba en mis recuerdos, y en mi paso por la vida...

Una tarde la vi caminando, mientras viajaba en mi auto, por una de las zonas alejadas de la ciudad, y vi que lo que cargaba en su bolsa lo ofrecía como material de productos de venta, es decir, era comerciante... pensé muchas cosas, buenas y malas, pero al día siguiente en que vino nuevamente a pedirme mas galletas, se las di, pues sabía que todo es una rueda que gira y gira así como mi paso por esta vida sin jamás entenderla, pero sí, si es posible sentarme y ponerme a meditar, y entender que, mas que entender, uno se siente mejor cuando abre las puertas a la bondad que chorrea del corazón...

Cerraré esta carta y me iré a descansar, en paz, contento y sintiendo que he podido escribir algo más que real, sentido, a lo largo de mí paso por esta valiosa vida...

San isidro, marzo del 2006

Sunday, March 05, 2006

alegría

la tarde se hace amiga
susurrando colores y tiernos bailes,
guardo un canto hace mucho:
un niño y un ángel...
se miran las caras para siempre,
uno ríe mientras otro llora...
la tarde germina adobada de madre
y con un manto incoloro
recoge al ángel,
mientras el niño no cesa de llorar…
hay un ciego observando el más allá de la vida,
se le acerca,
tocando aquel llanto con la mano del silencio
y escucha el hambre del afecto,
entendiendo la sed verdadera,
corriendo sin parar con su luz en la otra mano,
cortando el tiempo y todo espacio,
abriendo de un tajazo
la cortina del mundo de esmaltes oxidados,
arrancando al niño de su llanto,
llevándole un regalo, un sueño...
todos duermen en la tierra,
mientras el ciego observa la siesta de un niño
a la luz paciente de una luna,
y ante los ojos grandes de un cielo embreado...
nada perturba aquel cuadro infinito
cuando el brazo de un dios colorado
recoge dos cuerpos apegados a un sueño...
ambos despiertan a la luz de un sol,
de una aurora que no se apaga...
frente a ellos se halla una madre y un ángel,
todos se abrazan como sierpes de un lejano paraíso,
naciendo estrellas de colores
y cantos que sombrean un poema...
un poeta sus ojos ciegos baja,
escribiendo en un cielo albino,
a la luz de una vela
y a la sombra de su celda,
el sueño de un día
y el despertar de una noche…


Lince, marzo del 2006

Saturday, February 25, 2006

Las plumas de un mago

En las tardes del verano los trajes de la gente se apretaban con el sudor de sus cuerpos. Las mujeres se veían más engañosas y sensuales que sirenas. Mis ojos asombrados no dejaban de observar y apreciar el extraño mundo como si fuera la primera vez. Me detuve y me dije si soñaba, escribía o pensaba… No tenía la certeza, así que, siempre contrariado, fui a buscar a un amigo que hacía mucho estaba muerto. Llegué al cementerio en donde reposaban sus restos y, ante su lápida llena de flores resecas le hice una pregunta: ¿Compañero, estoy vivo…? De pronto, una pluma cayó sobre mis pies como si fuera una palomita blanca, y luego, se elevó por los aires hasta llegar a la parte más alta de un árbol. Sentí un impulso y la seguí como un niño, y observé que se había estancado en una de las ramas. Escalé el viejo árbol hasta llegar a su parte más alta. La vi cerca de mis manos y toqué la pluma, me sentí contento, y antes de soltarla, la miré con ternura… Y, quién sabe si fui un tonto, le hice una pregunta: ¿Compañero, estoy vivo…? La pluma volvió a escaparse de mis manos y salió volando por los aires como un ave asustado.

Bajé del árbol, y mientras retornaba hacia mi casa vi que mucha gente caminaba apurada por llegar a sus sitios, hogares, reuniones, no sé, pero se notaba que el lugar hacia donde marchaban les daría lo que buscaban. Sentí nuevamente el impulso y seguí al azar a cualquiera de ellos, uno, cualquiera... Sin darse cuenta “mi compañero”, bajamos y subimos calles, muchas escaleras, y cuando llegamos a uno de los tantos callejones, el sujeto me miró de frente y preguntó ¿el por qué le seguía? No lo sé, le dije, no sé en verdad compañero, pero te he escogido a ti entre todos porque no tengo a nadie mas a quien seguir, hablar, ni decir nada de nada… ¿Deseas escucharme compañero? El tipo se acercó con una mirada amigable y comprensible. Era alto, vestía elegante, y tenía en las manos un bello maletín, esos de cuero negro brillante. Cuando estuvo frente a mí, sacó de su maletín un cuaderno, un lapicero y me lo dio. Le iba hacer mi pregunta, pero el tipo me dijo algo que nunca olvidaré: Escribe, compañero. Pero… ¿adónde y a quién…? No me dijo nada pero vi que del cielo caía una pluma que empezó a seguirle como si fuera una paloma…

Caminé hasta llegar a una banca y justo empezó a llover, pero eso no impidió que le escribiera. Le dije muchas cosas, y sin darme cuenta la mañana llegó. Aún estaba medio mojado, pero había escrito durante toda la noche, y el cuaderno estaba lleno de mis letras. Me paré, y vi durmiendo debajo de la banca en que yo escribí a un vagabundo cubierto de cartones y plásticos. Me agaché hasta llegar a sentir su respiración. Traté de despertarlo pues quería darle algo especial, algo que suponía le iba a encantar. No despertó. Estaba ebrio, pero aún así le dejé bajo uno de sus cartones mi cuaderno relleno de todos mis sentimientos escritos y metidos en la sombra del recuerdo de una noche lluviosa y colmada de magia.

Me alejé del vago y la banca, y mientras caminaba rumbo hacia cualquier lado, sentí un hambre feroz. Fui hacia una vieja frutera, y cuando estuve delante de ella le rogué que me regalara algo para comer, aunque sea fruta podrida. La señora sonrió de oreja a oreja y, para mi sorpresa, me obsequió una docena de bananas, ricas bananas de color amarillo así como el Sol del verano. Gracias, le dije. Me miró a los ojos como nadie lo había hecho antes, algo así como una diosa, al menos así me pareció. De pronto vi que una pluma de color blanco salía volando de sus canosos cabellos como si fuera una paloma. Sonreí pues supe que no soñaba, no pensaba, no escribía… No, nada de eso, nada de eso… Entonces, escuché la vieja voz de mi compañero saliendo de algún lugar dentro de mí, o de afuera, no tenía certeza. Me dijo que viva, que yo viva, y que viva porque había una razón, una magia en casa paso que daba por la vida.

Lince, febrero de 2006

Friday, February 24, 2006

La entrevista

Le vi sentado en una silla. No parecía ser Dios, pero al ver una larga cola, llena de santos, de los que aparecen en la Biblia o en las Iglesias, supe que era él. No tenía la imagen que yo me hacía de él, pues era bajito, joven, gordo de piel cobriza, de cabellos negros y muy cortos. Tenía toda la pinta de un gerente, un director de empresa, pues vestía de terno y corbata. Ante estas imágenes pensé que aún existía, que no estaba muerto, o en todo caso que estaba dentro del sueño de algún desconocido, pues todo me era extraño, inusual. Lo cierto fue que después, que atendiera a uno por uno por una cantidad incontable de tiempo, quedé totalmente anonadado, pues en vez que los santos le besaran las manos o los pies, se daban un apretón de manos y salían por una de las tantas puertas de aquel salón con pinta de soberbia oficina. De pronto, escuché su gerencial voz llamándome, con el tono de vos de esos gordos mofletudos, pidiéndome que ingresara a mi entrevista.

Entré y me senté en una silla al borde de su lujoso escritorio. Dios parecía muy ocupado pues no cesaba de anotar, firmar en varios papeles, mientras hablaba por un teléfono que tenía pegado en su oreja. Me sentí un poco raro, pues parecía estar frente a alguien que necesitaba de un empleado. De curioso, traté de observar lo que escribía, cuando de improviso paró. Me miró a los ojos, y dijo:

- ¿Sí?

No supe qué decir. Callé. Mi lengua se había enredado, o escondido como si fuera la cabeza de una tortuga escondiéndose en su caparazón. No podía articular una palabra, quedé congelado por su voz… Su mirada era dura, imperturbable. Sus labios oscuros eran firmes, serios. Sentí que importunaba. Sentí que me encogía hasta llegar al tamaño de una hormiguita. De pronto, sonrió, y eso hizo que la sangre volviera a circular por mí ser...

- ¿Qué quieres? - Volvió a preguntarme.

- Soy escritor... - le dije con gran timidez.

- ¿Y...?

Le comenté que deseba averiguar si estaba de acuerdo con que continuara escribiendo, si ello no sería una piedra en mi camino hacia la realización de la verdad, pues había leído a Sócrates decir a sus discípulos que el arte era la más grande y fuerte de todas las ilusiones. Iba a continuar explicándole pero Dios bajó la mirada, levantó su índice derecho y me dijo que no debiera preocuparme de hacer uso de ideas ajenas y lejanas al aquí y al ahora, que podría escribir en paz, si así lo sentía…

- Pero, - le dije, interrumpiéndole - ¿De qué voy a escribir?

Me volvió a mirar con esos ojos que se volvieron como si todo el universo cupiera en sus dos pupilas, y dijo:

- De nuestro amor...

Volvió a sonreír, y luego, tomando el teléfono inalámbrico se despidió de mí con un fuerte apretón de manos. Me paré dispuesto a salir de aquel espacioso y lujoso lugar, y cuando empezaba a marchar hacia una de las tantas salidas, sentí y escuché que me daba todas sus bendiciones. Iba a voltear para agradecerle pero observé que una muchedumbre de personas con los rostros llenos de ansiedad, de santos, ángeles, dioses mitológicos, hacían su cola para entrevistarse con Dios.

No recuerdo cómo salí de aquel lugar, y no sé si estuve en el sueño de algún desconocido, o si había despertado de alguna de las tantas muertes, o si simplemente continuaba existiendo... pero desde aquel momento no he dejado de sentir el impulso por escribir acerca de aquel amor, aquel sentimiento que se manifiesta desde que abro los ojos de toda conciencia hasta cerrarlos...




San isidro, febrero del 2005

Tuesday, February 21, 2006

Plegaria

Me sumí en un cuarto de carne y sangre porque ya no tenía mas adónde ir. Y en este sacro lugar le pedí ayuda, salvación al Señor. Mi vida estaba seca, vacía, terriblemente hambrienta de algo que no encontraba en ningún lugar ni persona... Entonces escuché el aliento del Señor y sentí sus pasos acercándose hacia mi cuarto de carne y sangre, y cuando estuvo frente a mí sentí una fuerza, una energía que me hizo inclinarme hasta tocar mi frente con la punta de sus pies... y allí encontré el descanso, el único descanso que mi alma anhelaba. Sentí la paz... Quise mirarle, decirle gracias, pero no pude, aquella energía luminosa no permitía que alzara mi rostro ni mi única faz... No podría decir cuanto tiempo pasó, pero cuando sentí que aquellos pies se alejaban de mí, pude levantar mi rostro, mi única faz… Abrí los ojos y salí del cuartillo de carne y sangre. Fue tan tierno que, a pesar que ya han pasado tantos años y mi vida se va a pagando, ahora que estoy en el umbral de la muerte, siento aquellos instantes como los más hermosos de toda mi vida... Quizá ahora que mi lámpara se apaga pueda venir nuevamente el Señor, y esta vez, ya sin rostro ni cuarto de carne y sangre, pueda verle cara a cara y decirle gracias, muchísimas gracias por este regalo, por esta vida que no es nada mas que una plegaria...


San isidro, febrero de 2006

Sunday, February 19, 2006

Puro ego

Me agrada parar, a pesar de todas las angustias provenientes de un mundo implacable de desorden o de relativo y arbitrario orden. Me agrada sobre todo escribir con la palma de mi mano y el corazón como fuente de impulso o fuerza al describir este sentimiento. Y este es el más puro de todos los amores que no tiene reparo en elegirse ni elegir a nada ni a nadie. Se da como este aliento que se da y se da y sólo parará cuando al creador le dé su real gana, su gana de manifestar una vez más su bondad vestida de dolor, para quienes no entiendan nada o poco acerca de la eternidad, pues ella es una señora agradable pero demasiado bella y hermanada como para tocarla, se halla en cada uno de nosotros, respirando con el vaivén del aliento pues se sabe su única naturaleza que pueda encerrarla. Me agrada cuando leo una obra literaria con paciencia sin mirar las hojas que me faltan y cuando siento ese aire puro que encierra el secreto de la hermosura sin forma ni carne ni color, tan solo sentimiento, el aroma que se abre, libre, libre como el viaje de un ave sobre los chorros de aire que todos respiramos...No deseo que nadie me crea, pero estoy vivo y acabo de morir y he vuelto a vivir como hacen los que entienden la riqueza de la muerte y la vida así como los dos lados de una moneda metálica... Izaré las velas de este ahora y ella navegará por este mar de momentos, accidentes, alegrías y, sobre todo, estas letras que sólo se dan cuando el amor brota cual perfume escondido del frasco del corazón universal...


Lince, febrero 2006

¿felicidad?

¿Eres tú?Aquella que me libera de todo cuanto he vivido, llorado, guardado ¿con leve temor?...¿Tienes sangre en las venas?¿El rostro maternal muy cerca?¿Cantarás las notas que hagan vibrar cada pétalo de mi existencia?¿Callas?¿Por qué callas?¿Eres humildemente poderosa y no deseas que nadie te vea, pero sí que te sientan?Tu mutis lo siento como ese silencio de este cielo que nunca se acaba...Mis manos no cesan de esperarte para encerrarte en la jaula del ahora...Y este grito escondido por los años perdidos guarda el puñal de esta y todas las otras existencias por haberte ocultado tan dentro de mí...Cierto. Te mataré. Seré tu amante, tu reina abeja, tu paladín con su espada de rayo... Te mataré para que puedas dormir bajo mis brazos.Callas. Temes. Observas todas mis sedes. Entiendo. Debo de esperar por otra eternidad... Eres así, y, aunque es así... Eternamente, vida tras vida te esperaré...


San isidro, febrero del 2006

Estilo

Eso del estilo me asusta mucho. Siempre tuve miedo a lo difícil. Recuerdo a mi profesora de ingles cuando contaba con cuatro años, ¡era buenísima!, pues a todos mis exámenes le ponía diez. Pero ella se casó y nunca más volví a verla como era... Aunque una vez sí la encontré, estaba más vieja, y yo tenía veinte años, estaba con su esposo y tres hijos. La quedé mirando por un rato y ella, con sus hermosos ojos azules, me miró con cierto rubor. Cierto, fue un amor imposible de un niño de cuatro años. La verdad es que no pude acercarme porque no tenía estilo, es decir, no sabía qué decirle, por ejemplo, ¿qué le diría?, ¡cómo está profesora! No, eso es algo que no podría hacer, jamás de los jamases. Eso del estilo también me asustó cuando fui a mi primera fiesta. Tenía catorce años y no sabía bailar, tenía el cuerpo de un chico de nueve años, era terrible. Salí, o mejor dicho me escapé de la fiesta y la pasé mirando a todos bailar por una de las ventanas de aquella casa que era de uno de mis parientes. Eso del estilo me asusta hasta ahora que tengo más de cincuenta años. No sé cómo decirle a un empleado que trabaja mal, o que trabaja regular, o bien, no lo sé. Si lo hago, siento que no lo he hecho como debiera hacerlo. Quizá por eso es que me he sumergido en esto de escribir y sentirme como esos escritores a quien nadie conoce más que sus familiares y amigos... y me asusta cuando una persona a quien no conozco habla acerca de mi prosa. ¡Sudo como si estuviera en los baños turcos! Quizá por ello es que me puse un alter ego, un pseudónimo, para que nadie sepa quien soy yo en verdad... Eso del estilo me asusta mucho, vuelvo a repetirlo como Thomas Bernard. Y pensar que ya he publicado más de veinte libros con el nombre de diferentes personas. Muchas veces escribo a nombre de otros amigos, también escribo cuentos para que otros concursen pues detesto concursar con mi nombre... Hay veces en que ganan y me siento contento, pero, siento que me engaño. Creo que soy una mentira, y una pequeña... y todo por culpa del estilo, el estilo para vivir, pensar, dormir, rezar, morir... etc. ¡Odio el estilo!... Y creo que ella me odia a mí.


Lince, febrero del 2006

Tuesday, February 07, 2006

La pollada

Soñó con su viejo que hubo conocido con apenas con dos años de edad. Muy poco tiempo para conocerlo, pero qué importaba el tiempo para un niño sin madre siquiera. Al menos tuvo padre reconocido, algo que pocos, en su pueblo y miseria tenían tamaña suerte. Claro que ahora el viejo debiera de estar hecho polvo, pues bajo cemento era muy difícil, el problema siempre fue la plata y la ignorancia del pueblo. El dinero era algo que escaseaba tanto como la suerte, algo que el viejo nunca gozó, sobre todo eso de morir en un retrete, cagando y cagando hasta hacerse mierda pura, quedando tan solo sus huesos y el pellejo, y, claro, sus harapos… Dicen que fue hechicería, puede ser, pues aquella zona estaba inundada de gente que no sabía morir en paz. Unos llegaban hasta más allá de los cien años, y eso porque se alimentaban de esa mierda de culebras, gusanos, hongos y ranas, y esas raras hierbas extrañas de los montes… Cierto, era un pueblo olvidado y maldito, pero uno que siempre vive por allí se acostumbra hasta a las desgracias en la vida.

Despertó asustado, pues sus sueños con su padre siempre fueron agradables, pero este último no lo fue… En el sueño se hallaba caminando por un parque de hojas plateadas sin un solo árbol, lleno de personas enfermas, sin brazos, sin ojos, medios locos, cuerpos desangrados y, en medio de ellos, su viejo calato, con tan solo un tapa rabos a lo Tarzán, acercándose como si flotara con un puñal en la mano, clavándosela una y otra vez en su estómago, para luego gritar y gritar, saliéndole chorros de mierda rojiza por su boca, y en sus manos las manchas de sangre de su hijo. De todo, creyó escuchar que muy pronto estarían muy juntos.

Se movió de su catre y vio a su mujer. Aún dormía como una cerda, ocupando el espacio de toda la cama. La vieja roncaba, balbuceaba, mentaba sonidos como lenguajes perdidos, no lo sabía ni entendía muy bien… Siempre pensó que su mujer era bruja. Le temía, pero la quería porque cocinaba como nadie en el pueblo. Suspiró de su suerte y se dispuso a sacudirse como los perros de la calle ante toda su pesadumbre y realidad. Saltó de la cama sin que se diera cuenta la gorda, y cuando estaba alejándose fuera del cuarto un dolor en el pecho le hizo doblarse como la caía de un viejo árbol cortado por un leñador… Se tapó la boca, pues no quiso hacer ruido, para qué, si a nadie le importaba su vida ni salud.

Sesenta años tenía, al menos eso es lo que aún recordaba, quizás fueran muchos mas, no estaba seguro, pero qué importaba. El dolor, se dijo, era constante y periódico. Recordó el sueño de su padre. Podría morir ahorita mismo si el diablo lo quisiera, pero guardaba un anhelo, quizá un sueño: el de ver por TV el último mundial de fútbol. Sabía que iba a morir. El doctor del pueblo le dijo lo del cáncer, que era fatal, maldito y que le quedaba poco tiempo de vida... Sonrió cuando recordó la pregunta que le hizo: ¿Doctor, el cáncer tiene que ver con la mierda…? No, le dijo. Salió del hospital y no le contó a nadie, excepto a su padre, su bendito padre que estaba hecho polvo… Era su único receptor y amigo, con quien dialogaba de día, tarde o de noche desde que el mundo lo escupiera a la soledad de los miserables. Por suerte el dolor se le fue así como picadura de muela que se agota cuando le da la gana. Respiró profundo y pensó en la receta que el doctor para el dolor y, si existían los milagros, para salvarle la vida…

Metió las manos en los bolsillos y vio que no tenía un solo mango. Que miseria, que miseria…, pensaba. Que desgracia, que desgracia, ni siquiera tengo dinero para adormecer mi dolor… Sí mi padre existiera. Si hubiera comprado la huerta, pero… mejor no soñar, jamás llegaré a ver el mundial. Salió a la calle con su ropa que le quedaba demasiado grande. Estoy flaco, parezco una momia, un deshecho de pellejo y hueso de pollo… ¡Qué desgracia dios mío, qué desgracia dios mío…! Caminó hacia una esquina del pueblo y vio a los muchachos que llegaban de una fiesta, borrachos, con las camisas en los brazos y los cabellos apelmazados como engrudo… Pobres, pensó, no saben lo que hacen con sus cuerpos, pronto lo sabrán…

Uno de ellos, a quien reconoció como su hijo, se le acercó, diciéndole que venía de la pollada. ¡¿Qué pollada?! El muchacho le explicó que el barrio se había juntado para hacer una pollada, y, con el resultado, es decir, con la ganancia, comprarse los uniformes de fútbol. ¿Y…? ¿Les alcanzó? ¡¡Nos sobró viejo, nos sobró!! Sino, ¿de dónde salieron las chelas?... Empezó a reírse como un títere y entró hacia el interior del callejón, hacia su casa.

Una pollada, pensaba, una pollada, pero… ¿con cuánto se puede hacer una pollada? La ganancia, la ganancia, eso de la ganancia me puede servir para comprarme la medicina, claro, puede ser… Para mí, con que la vida me alcance para ver el mundial. Una pollada, puede ser, puede ser… Ver el mundial antes que me junten con mi viejo, ¿qué más se puede pedir?

Regresó a su casa, cogió un pedazo de papel y se puso hace cálculos: ¿Cuántos pollos se necesita para una pollada? ¿Cuánta verdura, papa, ají, servilletas, salsa, cerveza, vasos descartables, platos de lo mismo… se necesita?, pensaba. Hizo sus cuentas y sumo, necesitaba bastante… Empezó a desilusionarse. De pronto se dio cuenta que podría vender tarjetas, vales por una porción de pollada. Su alma se iluminó. Todo comenzó a verse mas claro que una hoja en blanco.

Salió de la casa y fue donde su amigo que tenía una imprenta. Le dijo que necesitaba cien tarjetitas para hacer una pollada y que el dinero se lo devolvería cuando vendiera las tarjetas. ¡Ayúdame hermano! Necesito comprarme la medicina, le dijo a su amigo. Le mostró la receta, su amigo lo leyó y le dijo que bueno, que estaba bien y que confiaba en él, y que desde ya le separase una porción de la pollada.

Contento regreso a su casa para hablar con su gorda. Le explicó lo de la pollada, la manera en que buscaría la financiación, y que ella se encargaría de cocinar todos los pollos. Qué, y, ¿cuánto para mí?, le dijo su mujer. Toda la diferencia, toda, lo único que quiero es una poca de plata para comprarme unas cositas, ¿ya? Ta bueno flaco. Y así, una vez ordenado la preparación fue a conversar con toda la gente que conocía, hablándole acerca de la pollada que estaba haciendo su mujer y él. ¿Para qué?, le preguntaron. Para llegar al mundial, para eso nada más…

Al día siguiente ya estaban las tarjetas. Salió como un periodiquero a ofrecer uno por uno, y uno por uno le pagó su tarjeta. Juntó más de lo necesario. Compró los pollos y todo lo demás. Llevó todo a su casa y su mujer empezó a preparar la pollada. Llegó la noche. Puso un potente equipo de música y la gente empezó a entrar en su casa y en la plaza que había adaptado para colocar una pequeña mesita, llenesita de botellas de cerveza al polo que había conseguido en calidad de concesión a la tienda de la esquina del pueblo. Todo estaba bien. La gente estaba tomando, comiendo, bailando, hablando, riendo, chismeando cuando uno de ellos comenzó a doblarse de dolor. Fue corriendo hacia el baño y no salió… Se hizo un silencio. Apagaron el equipo de música y se acercaron hacia el baño… Horror de horror, el pobre hombre estaba bañado de mierda por todos lados. Recordó a su viejo, su sueño y, sin esperar ni un instante, salió corriendo hacia la salida del pueblo. Vio el bus que salía y sin dudar un instante subió. Pagó y se sentó al fondo como para que nadie lo reconociera. Cuando el bus empezó a rodar, sacó la cabeza un instante y vio a mucha gente doblándose de dolor… Extrañamente vio a su mujer mirando a través del callejón, media descubierta, media irónica, y pensó: Es una bruja, una bendita bruja. Metió sus manos en los bolsillos y sintió un manojo de papeles, papeles, verdes papelitos, dinero, dinero contante y sonante de la bendita pollada… Voy a llegar al mundial, sí, sí, claro que sí… Gracias viejo, gracias viejito, gracias…, pensaba mientras veía el dinero para comprarse la medicina...

Lince, febrero de 2006

Thursday, February 02, 2006

Algo importante que contar

Algo así como un bufido de toro me dijo el dueño de la imprenta cuando me entregó el presupuesto de mi libro que estaba por editar. Era mi primera novela. Leí el presupuesto y me asusté pensando en cómo diablos iba a conseguir el maldito dinero. Sorpresivamente le miré a los ojos al jefe de la imprenta, y le dije que empezara de una vez, y que no pensara nada más que en hacer la obra de su vida. Pero joven, ¿y el dinero para el papel?, me inquirió. Respiré una vez, luego dos, tres, cuatro y a la quinta le dije que esperara un instante, tan solo un momento. Salí a la calle hasta encontrar un teléfono público para llamar a mi única hermana. Le dije que necesitaba dinero. ¿Para qué?, preguntó. Le mentí, diciéndole que había contraído una deuda con el Banco y que se me había pasado el tiempo para la paga, porque estaba esperando el dinero de mis libros que ya estaban en las librerías de casi todo el país... No recuerdo cuánto más le dije pero al final de casi todas las historias, me creyó. Fui a su casa y recogí el dinero, pero antes me hizo firmar una letra en blanco. La firme con cierto temblor, pensando en que lo único que poseía de valor era mi computadora, nada más… ¡Ah!, y miles de libros.

Fui a la imprenta y le entregué el dinero al impresor, e instantáneamente se pusieron a trabajar. Era gracioso, casi de ensueño, ver mi cara en la portada de mi libro con unas notas que pude recoger de unos amigos escritores ya consagrados, luego vi lentamente mi novela, cada una de las páginas de los dos millares de libros. Me sentí tan contento de apreciar aquel milagro que me olvidé por completo del dinero que necesitaba para pagarles el saldo a los maquinistas y compaginadores... Luego de tres días de compaginación y encolado, el libro estuvo listo. Fue hermoso contemplarlo. Lindo, le dije al dueño de la imprenta. Si, muy lindo pero necesito que me pague la diferencia... No se preocupe, le dije, que vuelvo en un instante. Cogí diez de los libros, y salí a la calle desbordando alegría, éxtasis, o algo por estilo. Me puse en la plaza principal de la ciudad y empecé a vender los libros a toda la gente que pasaba por allí... Fue lindo, muy hermoso cuando me compraban, y al cabo de tres o cuatro horas terminé de venderlos.

Retorné a la imprenta y les di todo el dinero de la venta. Todos los operarios y el mismo dueño se rieron de mi locura, y mientras se burlaban, aproveché para sacar veinte libros mas, luego salí a las calles hecho un tornado. Y así la pasé durante los cinco o siete días posteriores, en donde pude vender cerca de cien de mis libros, con lo que pude pagar la mitad de todo el trabajo. El dueño al verme la cara me dijo que me llevara todo y que volviera con su dinero. Me alegré por su confianza.

Salí con todos los libros y al cabo de dos meses, parado en todas las esquinas por donde se detenían los autos, pude venderlos casi todos, por lo que pude pagarle a mi hermana y al impresor. Y con lo que me restó fui a la librería y compré una resma de hojas en blanco. Sin dudar un instante, fui hacia mi cuarto para escribir mi segunda novela... es que, tenía algo de mucha importancia que contar...



Lince, febrero del 2006

Saturday, January 28, 2006

Doce de la tarde

Son las doce de la tarde y me siento desnudo, y estoy desnudo en mi cuarto repleto de libros, papeles, discos de música y ropa, mucha ropa. Mi familia piensa que no existo, que soy nulidad, que aún me meo como un niño, y puede que tengan mucha razón pero no es verdad... Vivo, respiro, solo, totalmente solo y me agrada que sea así, pues así puedo empezar a envolverme con el disfraz que el dios me ha guardado por todos estos años... ¡Soy humano! Y aunque no soy el primero que lo dice, soy el primero en saberlo...

Son aún las doce y aún continúo desnudo como estos pensamientos, me agrada escribir tanto como respirar con tranquilidad. Recuerdo las pocas veces en que fui feliz, pero no voy a escribirla pues la verdad es que ahora soy tan feliz cuando puedo cerrar los ojos y sentir que ese aliento que exhalo e inhalo es todo lo que quiero.

Podría contar las cosas que me han pasado antes de las doce de la tarde pero para qué, a quién le importaría, ¿a ti?, ¿a mí? por supuesto, a nadie mas que a mí. Este es un secreto a gritos en la noche, o en la sima de la loma más alta, o en el silencio de una casa sin dueño. Soy el mas grande escritor que he conocido... ¿por que? Porque me gusta mucho cuando leo lo que escribo luego de mucho tiempo de dejarlo en una caja con todos mis escritos. Pueda que esté loco, y, en verdad, es así, estoy tan loco como esas aves que pasan por los árboles de mis casa, cagando, durmiendo y follando en una de sus ramas... Quién sino una animal, un loco puede tener la libertad de hacer lo que ellas y yo hacemos...

Aún son las doce de la tarde, y serán así hasta que me dé la gana, pues soy el dios que escribe este mensaje, un dios de verdad, que destruye y construye, uno que ama y odia, crea y construye lo que le venga en gana... Y aún mas porque puedo detener el tiempo en este papel, mientras lees mis escritos y yo, me atraganto de alientos que son lo único que anhelo que ocurra mientras escribo...

Recuerdo las veces en que estuve con esa mujer... casi puedo verla echada, doblada, cortándose las uñas, riéndose de mí, de ella. Puedo verle su vientre colgado como esos canguros, ese ombligo sin sentido, y sus ojos verdes que no dejan de entornarse mientras se mira y frota sus senos que son como bolsas llenas de agua, de sangre con la punta llena de puntillas que dicen que son la fuente de su leche, no lo sé, pero me agrada verla así, recordarla así mientras detengo con mis brazos el tiempo, mirándole la curva de sus piernas, los vellos de su pubis, la rebelde pelambre sobre su cara... es bella como esas palomas que diariamente se cagan sobre el árbol de mi casa...

Son las doce de la tarde y ya es demasiado tarde para escribirte. Todo está consumado mientras escribo y vuelvo a escribir y así para siempre mientras inhalo y exhalo este diáfano aliento que no sé de dónde viene ni adónde va, pero seguro que me llevará a su matriz, a su fuente así como las gotas de un río rumbo a la mar...

Lince, enero del 2006

Monday, January 23, 2006

El mensaje

Tengo algo que contarte... Aún estoy vivo, así como el sueño que tengo desde hace dos días en que no duermo. Me mantengo en vela esperando el mensaje que dicen llegaría en cualquier momento, instante de mi vida, y, la verdad, no me gustaría perdérmelo. Imagínense que este mensaje fuera el que estuve esperando a lo largo de mi vida… Como aquel que tuve cuando niño y mi padre me decía que algún día mi ángel guardián vendría a dejarme el regalo más hermoso y sería el chico mas feliz de toda la tierra, pues aprendería el significado de todas las cosas como el amor, el perdón, la verdad, el odio, la pasión… O aquel que me contó mi abuelo mientras agonizaba en su lecho, diciéndome que de las paredes de su casa escucharía la voz del silencio, de la verdad, y, al fin podría entender el sentido de la existencia de todas las civilizaciones, así como el de mi propia vida… O cuando esperé a que mi novia volviera a buscarme luego de retornar a su país, y este fuera el mensaje de ella para mi: una pasaje de ida al otro mundo, al viejo mundo, a su lado... Y ya junto a ella recorrer sus piernas con mis manos, sus brazos con mis pies, sus ojos con mis ojos, sus vellos con mis dedos, su lengua con mi aliento... ¿Cual de todos los mensajes podría ser? No me imagino pero no puedo pestañear un instante. Y quien lo diría que hace dos días mientras regresaba de mi trabajo encontré una carta con mi nombre y sin remitente en donde decía que esperara el mensaje, el mensaje que tanto había esperado… No sé si me volví loco, pero algo ocurrió pues boté a toda mi familia de la casa. Me encerré con llave y tan solo dejé abierta la ventana en donde podía observar a quien llegara… Fue ridículo que nadie de mi familia me entendiera pues llamaron al sanatorio de la ciudad y a la fuerza me llevaron al loquero. Por supuesto que no hablé con nadie, tan solo les dije que estaba esperando el mensaje que decía en mi carta que llegaría en cualquier momento. Mis hermanos me miraban con pena, por supuesto que ellos no entendían ¡Qué iban a entender! ¡Nada de nada! … Ya viene el tercer día, y aunque estoy en un cuarto cerrado puedo ver el cielo, las luces de la ciudad, los sonidos de la gente, los campos que son sacudidos por los autos de esta civilización… y yo, aún continuo esperando mi mensaje que parece que está por llegar en cualquier momento pues noto que mi cuerpo está haciéndose mas liviano, mis ojos ya no ven como antes, están cerrados pero he podido mantenerme conciente mientras cruzo el umbral de la casa de los sueños y le he dicho que no deseo dormirme pues tengo un mensaje que esperar, y esperar conciente pues puede cambiar el resto de mi vida para siempre, así como les cambió a todos aquellos que nunca mas volvieron a dormir… ¡Cómo podrían dormir con semejante mensaje, noticia! Entender, gozar, disfrutar, y, al fin de todos los finales, encontrarme cara a cara con el final de todos las ilusiones y dar ese paso que sólo dan los que han amado profundamente el verdadero amor de la vida, es decir, aquel momento en que uno sintió que estaba empapado de eternidad, libertad, amor, o algo de aquello que suele estar vestido de cosas como una chica, un ángel, un instante de misticismo, o algo mas que ya no recuerdo… Pero no lo duden, esperaré el mensaje… ¿Quizás sea el tuyo? Quizás seas tu quien venga y me regale el mensaje, el mensaje, el mensaje….

Lince, enero del 2006

Sunday, January 22, 2006

El peregrino

Piedras sobre piedras... eso es lo único que encontró luego de veinte meses de peregrinaje en búsqueda de su nombre verdadero. Era extraño para él, pero aún así, se puso a meditar en toda esta ruma de piedras que habitaban la casa de sus primeros ancestros.

Bajó todos sus bártulos y luego de liberar a todos los esclavos que el Sahir le había obsequiado comenzó a sacar todas las piedras de aquella casa que, según la historia que le contara su abuelo, econtraría la respuesta a todas sus inquietudes.

Pasaron meses hasta que la casa que era bastante pequeña y de paredes de barro quedó algo limpia, vacía, sin vida y sin sonido... ni siquiera pasaba la brisa que frisaba aquel páramo. Puso su colcha sobre un rincón de la casa y esperó a que algo ocurriera. Estaba agotado así que no le fue difícil dormir. Cuando abrió los ojos aún estaba allí, en aquella casa, llena de tierra, bichos y un hilillo de agua que como una sierpe se arrastraba por aquel cuarto que era toda la casa... Se paró y con sus dedos tocó el líquido. La probó. Estaba dulce y se preguntó de dónde provenía. Se paró y comenzó a buscar la fuente.

Salió de la casa y vio no muy lejos que había una roca pegada a otras rocas, y entre sus intercesiones brotaba el hilillo de agua. Cogió una taza que tenía en su bolso y la llenó de aquel líquido. La bebió. Estaba dulce, muy dulce y parecía que aumentaba la presión del agua entre las piedras. Era verdad, lentamente se fue haciendo un pequeño lago en la mitad de aquella casa, y al cabo de algunos días se hizo un pequeño río que fluía sin parar hasta perderse por las lomas de aquel páramo...

No dudo en servirse del agua pero siempre se preguntaba acerca de su nombre verdadero o el de sus antepasados. Recordó a sus abuelos y aquellas historias sin sentido pero que lo hechizaron para siempre... Antes de su peregrinaje había estudiado antropología, y luego de juntar una pequeña fortuna fue en búsqueda de su pasado, de su nombre, de aquella casa que encontró lleno de piedras, y que ahora era un río que no terminaba de aumentar su caudal...

Podría haberse quedado para siempre, pues había agua y aquel páramo comenzó a verdear, como si fuera una alfombra natural. Podría haberlo hecho pero no lo hizo, y luego de guardar todas sus cosas se dispuso a retornar a su hogar... Pero antes sintió que debía de guardar la mayor cantidad de agua en sus bolsas para el viaje. Lo hizo y comenzó su camino de retorno, siempre pensando en el sentido de esta aventura sin sentido y sin resultados pues retornaba con mayor cantidad de preguntas...

Al cabo de algún tiempo consiguió llegar al primer pueblo. Habló con algunos paisanos del lugar, preguntando por el Sahir, y estos le dijeron que hacía más de doscientos años que el gran señor había muerto. "¿Doscientos años?", se preguntó. Toda la noche se estuvo preguntado acerca de este fenómeno... sin poder encontrar la respuesta, y sin pegar un instante los ojos.

Al día siguiente tomó el tren que lo llevaría a su país. Y cuando llegó a su pueblo, vio que todo había cambiado... Sus padres no existían. Su familia había desaparecido. Fue a su casa, a aquel lugar en donde había crecido, pero solo encontró un lugar totalmente desolado. Aún así, entró y la encontró totalmente lleno de piedras, piedras, piedras por todos lados... Aquella visión le hizo ver con claridad que todas sus preguntas se habían disuelto como si fueran las piedras en un río...

Sacó todas las piedras de su desolada casa y nuevamente un hilillo de agua empezó a serpentear la casa… Cogió una de las piedras y la puso en su bolsa. Se paró sin dudar un instante y salió de la casa, mientras veía que un río arrastraba todo el pueblo en donde había crecido… Construyó en su orilla otra casa a base de piedras, ante un mundo de cambios y sorpresas, en donde él era un simple espectador, un apreciador de todo cuanto sucedía y cuanto no entendía… y sintió no volver a pensar más… Fue entonces que escuchó el palpitar de su nombre verdadero, repitiéndose entre el choque de las piedras que fluían con el agua y con la tierra del gran río…

Lince, enero del 2006

Saturday, January 21, 2006

Sentimientos peligrosos

Un golpe de frente en la cara me hizo sentir que estaba totalmente perdido. Luego fue como arañazos profundos, golpetazos que llovían como si fuera una sábana sacudida por una tormenta de piedras... Cuando se hizo la calma escuché todo el griterío de la gente. Observé que los muchachos que me habían golpeado no estaban, parecía como si se hubieran metido dentro de los cuerpos del gentío pues me llamó la atención sus ojos abiertos, asustados y sus gestos asquientos. Traté de levantarme y no pude mover nada, peor aún, no sentía mi cuerpo. "Estoy mal", pensé.

Al rato llegaron un grupo de personas amigas que me cargaron y llevaron al centro de salud mas cercano. Allí, todo era blanco: las luces, las paredes, los uniformes de los enfermeros y doctores; lo demás, apestaba a podrido y a remedio. Cerca de mí estaba otro joven... tenía las manos y el rostro carbonizado, y a pesar que aún se movía, le sentía como carne quemada, muerta, inanimada. Cerré los ojos y quedé consoladamente dormido. De pronto, aquel precioso silencio se rompió como un cristal por los gritos de mi madre y la nerviosa voz de mi padre tratando de calmarla...

Los doctores nos dijeron que no volvería a caminar ni mover ni una extremidad jamás, sin embargo, cuando uno tiene quince años no entiende el valor ni la gravedad de las cosas, así que, según el resto del mundo, viviría el resto de mi vida como un vegetal parlante... Y todo gracias a querer hacerme el valiente, enfrentándome al muchacho mas bravo de todo el vecindario, cuando éste estaba rodeado de sus amigotes, a los cuales también insulté... contándoles mentiras y verdades, como que sus hermanas y madres y tías y amigas habían pasado por mis brazos, lo cual era parcialmente cierto, pero no tanto, pues a lo sumo las conocía de vista, o de saludo, nada mas... pero si a través de mis letras.

Vivir el resto de mi vida así... ¿Quién podría aceptarme, quererme, cuidarme?

Me llevaron a mi casa, y luego, a un lugar especial en donde mi padre tuvo que pagar hasta que su bolsillo aguantara. En aquel lugar, todos eran como yo, o lisiados. Es raro, muy raro que, a los quince años uno no pueda valorar nada de esto...

Pasaron años y años y años y años... Me pasaron de hospital en hospital hasta llegar a esta casa en donde vive una extraña mujer que diariamente recibe a diferentes tipos de hombres. Es una puta, y una puta fina, pues los hombres que recibe y atiende son elegantes, finos, adinerados, viejos, jóvenes inexpertos... Se veía que a todos ellos, el mundo los ha tratado muy bien. De mis padres perdí el contacto en uno de los tantos hospitales en que pasaba como si fuera una madeja desenrollándose, sabiendo que en algún punto terminará todo el rollo, en mi caso, mi vida... Los perdí, pero qué importaba sino los veía ni sentía casi nunca. Y bueno, por ¿suerte? caí allí, en un fino y delicado prostíbulo, echado en una cama con una ventana que me mostraba un bello paraje, poblado de árboles y casas muy elegantes. Me preguntaba siempre cómo es que esta mujer tuvo la gentileza de cargar con los restos de mi existencia, llevarme a su lado, ponerme a mi servicio a una linda muchacha, pero, ¿qué sentido todo esto?

Supe la respuesta a todas mis preguntas cuando me enteré que aquella mujer había sido hermana de uno de los muchachos que me dejaron como una planta, y que, eso también me informé por la linda muchacha, que, élla admiraba todos los poemas que escribía y que mandaba a todas las chicas y señoras del barrio en que vivía cuando muchacho. Me reí de mi suerte y de las cosas que ocurren en la vida de uno, pero más reí cuando me llegó una grabadora por encargo de la puta fina, pidiéndome que le declamara o creara poemas, mis poemas. Nunca me había reído de esa manera pero sentí que debía pagar su cortesía, así que le declamé un bello poema de amor entre un animal que hablaba y un hombre estúpido que solía golpear al animal. Parece que le gustó mucho pues aquella misma noche se puso al borde de mi cama y se puso a escribirlo en un pequeño cuadernillo. Esto ocurrió durante mucho tiempo, es decir, yo recitaba o contaba cuentos, y esta mujer se ponía a escribirlos, esta vez, en un grueso cuaderno.

El tiempo continuó y una bella tarde observé que dejaron de llegar los autos elegantes, los hombres adinerados, no venía nadie... "¿Y ahora?", pensé... No terminé de pensar cuando esta mujer me trajo un libro de poemas en donde estaba escrito su nombre pero con todos mis poemas y cuentos. "Es lo mismo", me dijo. Volví a sonreír. Y pensé que había valido la pena tanto dolor para que mis sentimientos estuvieran respirando, vivos sobre el papel, en un mundo en constante movimiento pero muerto, sin luz, sin brillo... Animado tan solo cuando la luz del primer sentimiento lanzase sus cálidos destellos sobre los ojos del lector, en la forma de un cuento o un poema... Reí sin parar de contento y continué riendo hasta el momento en que sentí que mi vida empezaba a apagarse, y recordé aquella primera y última golpiza, cada una de mis mentiras, poemas, cuentos y... aquel sueño llamado vida...


Lince, enero del 2005

Friday, January 13, 2006

Luna

Miro hacia la luna y me complazco de la vida que ilumina mis pasos, todos ellos, lado a lado de mi sombra que no deja de enmarcarse ante su embreada lucidez. Camino en medio de esta noche de sueños respirados y un poema esperando vibrar ante las cuerdas de mi arpa sensorial. Veo las calles con gente caminando de aquí para allá, como palomas mensajeras que van con su trino hacia un sueño, una ilusión, un desespero por hacer de su vuelo el más hermoso de todos sus viajes instantaneos. Me siento agradecido y me perdono por ser lo que soy... un canto, un poema buscándose a sí mismo. Abro mis alas y vuelo con los ojos cerrados y escucho los latidos del poema, del canto que hay en mí desde lo alto. Miro la tierra y no veo mas que areniscos, seres de polvo con sus ojos vueltos hacia un cielo precioso, alumbrado por una luna redondeada y un poema encarnado que les lleva de viaje a mi vuelo sin final... Llego al corazón de la vida y no puedo ver el fulgor de la verdad, es demasiado para todos mis ojos. Los cierro y puedo sentirle a través de un sentimiento perdido que aflora cuando se halla de frente a la verdad, escapándose de mi pecho sin decirme un adiós ni un hasta luego... Se va y se va y me quedo solo como un punto, una estrella mas en la raiz del árbol del universo, bailando ante el encuentro del sentimiento escondido con la luz de todas las verdades... Y aunque es hermoso me siento triste al saber que mi vida y mi muerte no importan ya mas, cuando la eternidad ha besado mi poema, mi canto, arrancándome el sentimiento más querido, perdido... ¡Oh, devoción!


San isidro, enero de 2006