
san isidro, agosto del 2007
es extraño, cada día leo menos y escribo mucho menos... ha llegado el punto de que ni siquiera leo, tan solo vivo y vivo con mayor intensidad...

Tengo la terrible manía de escribir sin dejar un solo día de hacerlo, ya se que puede caer pesado q quien encuentre estas letras pero son letras que me salen de bien adentro, o de una parte que no en donde se encuentra, dicen que eso se llama musa pero no entiendo cómo una cosa de esas, tenga un nombre femenino y no es que sea machista, no, nada de eso, soy una persona común y corriente que le gusta decir una que otra cosa porque si no lo dice se siente recontra mal porque es como tener cientos de kilos de plátanos en un almacén sin que sea consumido, por supuesto, llega en momento en que huele mal, a podrido, a plátano malogrado, y eso es lo que me ocurre cuando no escribo, es como si tuviera a una persona que dibujara sobre un plano de mi visión una seria inagotable de imágenes pasadas, futuras, actuales, es así, se los juro, debe de ser que dentro de mí hay un artista que pinta y pinta con esa pluma de la vida y me deja ciego ante la realidad que tengo delante y que no me permite apreciar la vida que está frente a mi en ese instante, es así pero qué se le va hacer cuando uno es una especie de maniático de la escritura, de contar cosas que nunca han sucedido ni sucederán, aunque esto no es tan verdad porque una vez le conté un cuento a un amigo que venía de suiza, y cuando terminé de contársela me dijo que eso le había ocurrido a su mejor amigo y que había salido en los diarios de hacía unos años atrás, se los juro que fue así, mi amigo no me dejó hablar por espacio de tres horas hasta que lo dejé en su hotel y vi que uno amigo que es gay lo venía a recoger, posiblemente para invitarlo a cenar o a contarse cosas así como mi cuento, y quizá el amigo gay también tenía otra historia que contar porque cada ser humano sobre la tierra tiene algo que decir, excepto los muertos, porque aún los minusválidos, locos, ciegos, en otras palabras, los desgraciados siempre tienen algo que contar, como aquel tipo que está totalmente contrahecho y que diariamente va a la misma tienda que yo voy cuando quiero o deseo comprarme un cigarro y me mira y me saluda así como los osos, monos, etc, pero que yo como soy una persona hiper sensible puedo sentir que desea hablarme y le entiendo y le siento y le escucho en ese idioma de gestos y manos ya abrazos y besos y besos en las manos, y, se los juro, les entiendo, y entiendo que necesitan sentirse amados, o, escuchados que es lo mismo que amar, porque el amor es un reflejo de la paciencia de detenerse ante esa vida en cualquiera de sus formas, como la de eso pobre hombre contrahecho y que habla y se mueve como un oso a pesar de que no tiene dedos en las manos, tan solo un muñoncito como si fuera un ombligo o punto final de cocimiento, o algo por el estilo y es así como le entiendo y entiendo que me gusta escribir como ese hombre y escribo cuentos e historias que han ocurrido o van a ocurrir porque uno es también como una especie de profeta, porque uno escribe cosas que van a suceder, se los juro, como esa vez en que mi hermana estaba a punto de parir y feliz de la vida me dijo si deseaba ser el padrino, le dije que encantado, que sería todo un honor para mí, pero que antes deseaba escribirle un poema o una historia a la que le pondría un nombre hermoso, el mas hermoso de todos los nombres porque yo iba a ser el padrino y aquella misma noche me puse a escribir una historia y la escribí sin parar durante mas de cinco horas pero lo extraño de este cuento o narración, es que, el niño jamás llega a nacer, es decir muere y se vuelve un angelito de esos que vuelan por todo el valle de los vivos con sus alitas como una mariposa o una libélula pero con su cuerpecillo de Campanita, la del cuento de Peter Pan, de J. M. Barrie, aunque en verdad no era un cuento si no una obra de teatro que hizo desgraciado a quien representó dicho personaje y a su propio autor que nunca pudo tener hijos, aunque se cuenta que adoptó a tres niños sin padres que le sirvieron y mucho, aunque después todos murieron antes que el mismo autor, espero que a mí no me suceda como a Barrie, es decir, que no me salgan alas ni mis hijos se mueran antes de que nazcan, aunque aún no tengo hijos ni novia ni nada que se le paresca porque paro laborando o cuidando al perro y gato de mi madre, y también la cuido a ella que tiene mas de noventa años y se para meando, y olvidando hasta de quién soy yo porque así le pasan a la gente mayor, se olvidan hasta de sí mismos, espero que eso me pase a mí porque esto de escribir es una arma mortal, de esas que no sabes cuando y ya, ya fuiste, o eres famoso o simplemente no eres mas que uno de esos que escribe en un cuarto oscuro, lleno de libros y sin nadie mas que los pericotes quien los vea, si es que es una casa sucia, cosa que no es mi caso, en mi caso serían cucarachas, y pequeñas cucarachas, de esas que no son mas grandes de un alfiler, pero qué diablos estoy escribiendo, y que diablos leen ustedes estas letras de un maniático que no puede dejar de escribir porque es una manera de salvarse de ser una existencia normal, aunque eso de normal es algo que no es muy normal en estos tiempos, basta con ver los periódicos para darse cuenta de que todo esta normalmente anormal, uno ve que la gente se besa entre hombres, entre mujeres, se matan entre niños, se aman entre animales y hombres, es algo espantoso que lo normal se haya convertido en algo tan extraño a lo natural de la vida como sería un bello cuento de Barrie, o mío, por qué no, pero mejor no, porque me vaya a ocurrir algo de los profeta que pude ser o fui o seré, porque según mis hermanos yo he sido potencialmente un gran artista, un músico, y eso pude que sea verdad pues tengo la extraña costumbre de que apenas llego a mi casa que está ocupada por mi madre y por mí, de tocar el piano tal como lo hiciera Chopin, es decir, a oscuras, o, en otras palabras, toco mis Nocturnos, que no son nada como los de Chopin, sino simplemente notas que me gusta escuchar a oscuras, a eso de la media noche cuando medio mundo está totalmente conectado a su sagrada respiración, y algo mas que eso, porque cuando roncan es como un tornado, largo y profundo, quizá como la respiración de una ballena, no lo sé con certeza, pero no, esto no tiene nada que ver con nada, lo mío es una manía, una bella manía de escribir historias o simplemente esto, letras, letras, letras y mas letras que serán devoradas o selladas en una que otra conciencia, quizás las de los mas brutos, o, al revés, no tengo la certeza, pero, qué importa, uno lo hace desde ese lugar en donde no existe sonido ni palabra ni idioma, y, en verdad, siento que algún día cruzaré esta orilla y supongo que no volveré jamás… ya lo verán…
San isidro, agosto de 2007
la tarde estaba fría. la gente no cesaba de andar con prisa, frotándose las manos, apurando sus pasos, sus mentes gritaban desde lejos, yo, creo, solo yo podía escucharles... la tarde estaba fría y un susurro me hizo dejar de mirar a la gente desde el asiento al cual no me movía por mas de cinco años. era una voz, un llamado. volteé la vista y vi que era un perro que me miraba y decía que si estaba bien. le dije que sí, que jamás había estaba tan bien como ahora si no fuera por el frío. el perro se me acercó y pidió pegarse a mis pies, por el frío. le dije que sí, que si por supuesto que si, que no faltaba mas, que esta banca, pegada al río, era de el tanto como de los demás, aunque ni usted ni yo paguemos impuesto, pero, una vez escuché que las cosas son de quienes las necesitan, y esa fue idea por la cual, desde que me echaron de mi casa mis dos hijas de cincuenta años, me senté en esta banca. le conté al perro que tenía noventa años, que los dientes se me caen lentamente, pero, cuando uno que otro está por salírseme, me lo arranco, nunca he tenido paciencia para nada... y aquí estoy, sentado frente al río. me gustaría estar en mi casa, pero, mis hijas viven allí, y no desean estar a mi lado. ellas no me lo han dicho, pero, eso se siente. basta con ver que ni me sirven la comida, ni nada, ni ropa, nada de nada para sentir que debía largarme de ese lugar que fue una vez mi casa, la mía y la de mi difunta esposa... pero, así es la vida, solo espero que una noche la muerte me cargue con todo y encuentre, eso espero, que mi mujer esté allá, esperándome como siempre me esperaba cuando viajaba lejos, al otro lado del continente, porque, sépalo bien, amigo perro, fui un gran personaje cuando fuerte y joven. construí muchas casas y edificios, etc. tuve dinero, mujeres, etc, pero, también tuve errores por mi exceso de confianza en la amistad, esa maldita amistad que llevó a tantos sinsabores en la vida... ¡malditos!, y ahora, aquí, solo, viejo, lleno de recuerdos cortos, tan solo los de la gente que amo, nada mas... y usted señor perro que me da su calor, su amistad, esa amistad sincera de bestia, de animal que no tiene el privilegio de pensar ni dudar. ¡gracias!, le dije. la noche se acercaba, el frío aumentaba, y ya era la hora de cenar. pedí a un señor que me diera unas monedas para comer el el centro de indigentes. me dio unas monedas. entré y el perro entró a mi lado. compré una sopa y un segundo y un tesito con pan. el pan se lo di al perro. se lo devoró, y lo demás me lo comí con gran fruición. la noche estaba cruda. ¿salimos?, le pregunté al perro. vamos, me dijo. salimos y buscamos un espacio dentro de la casa de indigentes, pero había tanta gente haciendo cola que tuve que olvidarlo. vamos bajo un auto grande, le dije al perro. mejor vamos al basural, allí hay unos trapos llenos de calor y jebes quemados que nos calentará mejor, dijo el perro. nunca había dormido en un basural, pero, quizá sería mejor... fuimos y la luz de las calles, desapreció, tan solo veía los ojos del perro... llegamos al basural y oía a mierda, entramos. aquí, me dijo el perro. no supe qué era, pero olía a llanta, a moho, pero no a humedad... vamos, le dije. nos sentamos y el perro se echó a mi lado. apenas cerré los ojos, quedé seco como una tabla... tuve lindos sueños. mi mujer me abrazaba, mis hijos dejaban de pelear, era el paraíso. el día era cálido y estábamos junto a mucha gente llena de vestidos de verano y de colores llamativos... es lindo, pensaba. un auto se detuvo frente a nosotros y nos dijo que subamos, en mi sueño. subí y me senté frente al chofer. le vi la cara y era un tipo extraño, de color negro, sus ojos eran blancos con negro, era fuerte pero sonreía y su sonrisa era cálida como el día... es el cielo, pensé. de pronto, la luz de día llegó como un balde de agua fría. abrí los ojos y estaba echado en un basural, lleno de restos de comida y trapos viejos y perros, muchos perros. vi a mi amigo el perro y este había desaparecido. me levanté y caminé con gran dificultad. hacía frío y anduve sin parar hasta llegar al río y al lado estaba mi banca. lamentablemente estaba ocupada. había una mujer vieja con mi amigo el perro. iba a decirle algo pero decidí no hacerlo. seguí caminando hasta que llegué a un parque inmenso. sus gigantescos árboles me dieron un shock. me acerqué y puse mi mano al árbol. este, como asustado, me dijo, ¿qué me tocas?. nada, nada, solo que me trae recuerdos gratos, le dije. por supuesto, si fuiste tu con otro chicos quienes me plantaron... ¿cómo va jardinero?, me dijo. le conté que no tan bien como a él, y le conté el resto de lo que recordaba. ¡quédate conmigo! ¡yo te acompañaré y te diré qué comer y dónde dormir!, gritó. está bien, le dije. me senté al lado del árbol y este me dijo que le contara mi vida, se la conté y me sentí muy contento porque sólo recordaba las cosas lindas de chico, de joven y de mayor. el árbol también tenía historias, me las dijo una por una. me contó de esas avecillas que se posas en sus ramas, que el frío es su amigo que comulga con sus raíces, que los bichos viene y se van como toda la humanidad... le pregunté si tenía amigos. me dijo que no, pero, si gustaba podría volver a ser mi amigo. le dije que sí me gustaría, y me eché a su lado... este dejó caer ramas y hojas secas que me cubrieron del frío, luego, me dormí. cuando abrí los ojos, vi muchas avecillas paseándose por todo su cuerpo. vi gusanos que bajaban y subía por su tronco. fue bello... le dije que daría un paseo y me despedí de mi amigo el árbol. cuando llegué a la acera vi a mucha gente normal que no cesaba de pensar en sus cosas, parecían gritar asustadas de todo cuanto pensaban. eran como su mejor amigo, y, eran seres que vivían con una bomba de tiempo dentro de sus mentes llamado miedo a todo. escupí al suelo y seguí caminando por la acera. pedí unas monedas y las recibí. fui a cenar y en la puerta estaba el perro esperándome. ven, le dije y entramos. le di un pan este se lo lo tragó todo. yo comí el resto. tenía una buena vida a mis mas de noventa años... miré a toda la gente y todos, a pesar que había un poco de sol, temblaban de miedo, del devenir de todo, de la muerte que parecía estar cerca de uno de nosotros. de pronto, la muerte entró y la vi. estaba vestida de negro, no se le veía la cara, era como una santa de negro... ¿me buscas?, le pregunté. sí, me dijo. ¿eres el jardinero?. sí, ¿porqué?. ¿has cosechado bien?, volvió a preguntar. sí, le dije, tengo un par de amigos y mucha gente a mi alrededor que no saben que existo... haces bien jardinero, pero, ¿te gustaría quedarte un poco mas?. sí, un poco mas, desearía un día mas, tan solo un día mas... ¿para qué?, preguntó. quiero ver mi jardín señora... ¿puedo?, pregunté. me miró y dijo con sus ojos: mañana antes del alba... la miré y vi que salía al lado de toda la gente indigente que, temblaban de no sé qué... el perro había estaba aullando y solo yo no me había dado cuenta, salimos del comedor y este dejó de aullar. iba a pedirle que me acompañara hasta mi jardín pero, el perro me dijo que no, que mejor vaya solo... le dije que estaba bien, y, por si cambiaba de opinión, mi jardín estaba junto al árbol de parque. ok, respondió, pero, no te prometo nada. ok, le dije. le vi irse corriendo tras una perra que pasaba por la calle junto a una manada de perros... animales, les dije. alcé los hombros y caminé hasta mi jardín. allí estaba, todo estaba igual, aunque mis ojos veían una acequia, yo veía a toda mi familia, mis hermanos, mis amigos, mis padres, todos estaba allí, sentado en un momento de tranquilidad. cogí un poco de agua y se lo eché al árbol. amas tu jardín, jardinero, me dijo el árbol. si, respondí y continué hasta regar todo ese espacio vacío pero lleno de tantos sentimientos y recuerdos que brotaban como mariposas de mi corazón... terminé y me eché bajo el árbol. fue hermoso, muy hermoso hasta que vino la noche y luego las estrellas que alumbraban todo mi jardín que en esos instante estaba poblado de zancudos y bichos pero, seguían mis sentimientos y recuerdos en ese mismo fulgor... cerré los ojos y cuando los abrí, la señora muerte estaba acariciándome la mejilla... me paré y ella me cogió de la mano. caminamos, aun no aparecía el alba. ¿es lindo mi jardín no?, le dije. muy hermoso, muy hermoso, me dijo la señora, y luego, llego el primer brillo del día y con ese brillo, todos mis sentidos se diluyeron en su brillantes... fue algo sin letras ni ideas ni palabras. mientras esto sentía, escuché una voz: ¿te gusta?. era la señora muerte. sí, respondí, muchas gracias, estaba muy agotado y tenía un gran sueño, gracias, agregué. de nada, respondió...
san isidro, julio del 2007
Desde que vino al mundo, escuchó una palabra que marcó su vida para siempre: Rey. Ya sea su madre, padre, tíos, amigas de la familia, así lo llamaban, Rey. Quien sabe si las palabras pueden marcar a las personas para siempre, eso es algo que hay que meditarlo mucho, aunque, la palabra merece su respeto. Cuando uno escucha: tonto, esa palabra lo llena de vergüenza, aunque no sea cierta. En mi caso personal, me llamaban dejado, y eso me marcó hasta mis días. Siempre que tengo que hacer algo, usualmente lo dejo para el final. Costumbres que vienen desde muy lejos en el tiempo, quien sabe si fueron las primeras palabras que pude entender. Pero, volvamos a la historia de nuestro amigo que sintió ser un rey de verdad. Y uno de esos con su reinado, poder y súbditos, pero, real, actual.
Nuestro amigo y vecino, nació a pocas cuadras de mi casa. Yo le veía siempre que pasaba por la puerta de mi casa rumbo hacia el colegio en el que ambos estudiábamos. La primera vez que le vi, estaba entrando detrás de mí. Yo hacía esfuerzo inconmensurables para no entra el mi primer día de colegio, y lloraba, me agarraba de las faldas de mi madre. No, no, no, no por favor, gritaba, y lloraba. De pronto, le vi. Era un chico de rostro amplio, cabellos negros y ojos saltones, y aunque iba bien vestido, eso no era lo mas llamativo de su personas. Sí lo era su porte, su mirada y su voz que sonaba a la realeza... Me miró y sentí que debía parar de llorar, y no sé por qué, paré de berrear. Quizá por la vergüenza al ver que otro niño entraba sin llorar, o porque sentí en su mirada un encanto.
Nunca hablaba con nadie en el colegio, sin embargo, nunca salía bien en las clases, pero aún así, nunca perdía ese porte de realeza. Y por ello, todos en el colegio le llamábamos: Rey. En tiempo de la primaria pasó, y muchos amigos de la vecindad, le veíamos encerrado en su casa. Nunca salía si no fuera con su padre, madre o la empleada. Y jamás me dio un saludo, pero una que otra vez, me miraba a los ojos. Le vi tratar de conquistar a las chicas mas lindas del salón, fracaso. Bailar en las reuniones y conciertos del colegio, pero nadie deseaba bailar con él. Las chicas le decían que era un creído. Una tarde me le acerqué y traté de hablarle. Me sorprendió mucho al hablarme como si ya nos conociéramos desde siempre. Me dijo que no gustaba de reuniones y que quería hacer un largo viaje a su reino. Eso me llamó la atención y le pregunté en dónde quedaba su reinado. Me miró a los ojos y me dijo algo que nunca olvidaré. Lo estoy creando, y vendrá sin que me avisen. Me despedí de él. Las siguientes veces en que le vi, tan solo le saludaba.
El tiempo continuó su marcha y ya por salir del colegio, observé que en todo aquello en que se metía, como deporte, artes, literatura, conducta, nada le salió bien. Era un bueno para nada, pero ni con esas perdía su altiva mirada y su caminar majestuoso. Yo ingresé a la universidad y estudié literatura pura. Y Rey, por más que intentó ingresar a la universidad, jamás pudo conseguirlo. Le vi intentarlo cuatro años seguidos. Y siempre era lo mismo, nada. Y cuando se iba de ver los resultados, se escuchaba de su boca: quizá aquí no esté mi reino.
Terminé mis estudios y me puse a laborar en una editorial como corrector y crítico literario para una revista. Me casé y tuve una linda nena a la que llamé, Sofía. Mi mujer también se llamaba así. Una tarde en que iba a dejar a mi hija en el colegio, le volví a ver a mi amigo Rey. Le saludé y este me devolvió el saludo. Me estacioné y bajé del auto con mi hija para saludarle. Me contó que estaba casado y que tenía tres hijos, ya jovencitos. Le pregunté a qué se dedicaba. A nada, aún a nada, respondió. ¿Cómo haces para mantener a tu familia?, le pregunté. Respondió que cuidaba un condominio cerca de la playa todas las noches. Agregó que su esposa trabajaba como visitadora médica. Iba a invitarle a mi casa pero vi en su mirada que no lo deseaba. Nos despedimos y le vi alejarse. Aún conservaba su elegante andar, y esa mirada altiva y visceral.
Una noche en que estaba muy agotado, sentado frente a un libro en las manos, tuve una visión de él. Era así:
Todas esas preguntas se hacía mi amigo y decidió caminar hasta meterse en las profundidades del mar, si no recibía una contestación, una lumbre que le diera sentido a su vida... Pero continuó caminando hasta meterse al fondo. Ya sin poder respirar, tuvo un sentimiento. ¿Existes o no? ¿Existo o no? ¿Y si no soy y nunca lo he sido, por qué guardo este sentimiento en mi alma, como una costra sagrada?. Ya con los pulmones a punto de reventar, soltó su respiración... Y nuestro amigo, comenzó a hundirse en las profundidades del mar. De pronto, mientras se hundía, volvió a escuchar voces... Abrió los ojos más y pudo ver que miles de peces de fosforescentes colores se le acercaban, vitoreando: ¡Nuestro Rey ha llegado! Vio a todos estos seres, y también observó que la arena del mar brillaba como estrellas en el cielo. De pronto, realizó que podía respirar dentro del mar. Nuestro amigo sonrió, y sintiendo el respeto de todos los seres del mar, se arrancó el resto de sus ropas y comenzó a navegar hacia las profundidades del océano, y mientras más profundizaba, sentía que volvía de vuelta a su reino. Tras de él, miles de seres del océano le seguían... Y todos vitoreaban lo mismo: ¡Nuestro Rey ha vuelto al hogar!...
Me gustó mucho esta visión y quise escribirla para editarla en el periódico como una historia original. Y eso fue lo que hice al día siguiente. La presenté al Director y le gustó la historia del hombre que siempre supo que era un rey. Me dijo que la iba a publicar el mismo día y que me daría un buen premio si la historia producía mayores ingresos a la empresa... Agradecí a mi Director y salí de su oficina henchido de dicha y alegría. Era tanta la emoción que quise compartirla con algunos de mis amigos y compañeros. De repente, cuando llegué a mi sala de trabajo, noté la mirada y un silencio total en todos mis amigos, frente a la televisión. Se trataba de un reportaje de último momento. Hablaban del cuerpo desnudo de un hombre ahogado en la orilla del mar. Sentí un hielo en todo el espinazo. Me fijé de quién hablaba, y pude ver, a través de la pantalla, el cuerpo hinchado, desnudo y largo de mi amigo de la infancia, el Rey. Lo mas extraño de todo es que, en sus manos, tenía cogido un báculo relleno de brillantes conchitas de mar...
San Isidro, junio de 2007
estaba por salir a la calle cuando un señor se puso en su delante y le dijo que era su padre. ¿mi padre?, respondió. sí, soy tu padre, dijo el extraño hombre. nuestro amigo le miró y notó que este usaba un traje bastante grueso para la estación, tendría unos cincuenta y cuatro años, no usaba pelo, se lo rapaba, achinado, bajito, y una sonrisa medio tonta pero buena. ¿mi padre?, volvió a decirse nuestro amigo. y el extraño sujeto cogió un cuadernillo, un lápiz y se puso a escribir, y mientras lo hacía, miraba al buen muchacho que tendría algo mas de veinte años, alto, fuerte, blanco, bien vestido y con una sonrisa media burlona. dentro de sí, el extraño viejo, pensaba que todo era una ilusión, un conjunto de sueños aglutinados hasta convertirse en realidad; allí donde las cosas sucedían, era en cruce entre el sueño y la creación del gran hacedor... el muchacho, no pudo seguir parado en la puerta de su casa, le pidió permiso al extraño sujeto y siguió caminando rumbo hacia su centro de estudios... esto no le gustó al extraño sujeto. miró hacia el cielo, buscando inspiración, y luego, se puso a escribir algo diferente, y mientras lo hacía, el muchacho empezó a esfumarse, así como la niebla en el cielo, luego, continuó escribiendo y puso: "el muchacho salía de su casa, esta vez tenía quince años, un rostro delgado y triste cuando vio en la puerta de su casa a un extraño señor diciéndole que era su padre..."
san isidro, mayo de 2007
