Sunday, November 06, 2005

Equilibrios

No lo había visto por más de cuatro años, aún recordaba la última vez que le vi, caminado con esa dejadez, pesimismo, y esas ganas de terminar con su vida. Sí, era un suicida potencial, con más de veinte tibios intentos de acabar con su existencia. Recordaba su eterna mirada como buscando un empujón para terminar para siempre esta estúpida vida. Recordaba aquella vez en que le vi sentado al borde del tercer piso de su casa, totalmente desnudo, riéndose de sus padres, amigos, hermanos, y saltando al aire para hacer justo, justo sobre un gigantesco y pesado grupo de negros que salían de una vieja discoteca llenos de alcohol… salvándose una vez más de morir. “Mala suerte, amigo”, decía. Y ahora, allí, sentado frente a mi cara, con esa sonrisa como una media luna, contándome que al fin había encontrado el equilibrio, que al fin podía manejar esta bicicleta, esta vida me hizo pensar durante toda la noche, y es mas, me puso a escribir esto que no es mas que una manera de expresar el gran significado de la vida de toda la humanidad… Equilibrio.

Le escuchaba y escuchaba, moviendo las manos hacia arriba y abajo con ese entusiasmo que ponen los niños cuando le cuentan a sus padres la primera vez que entraron al circo. “Si vieras el rostro de mi abuelo”, me dijo contándome de su visita a su abuelo en donde, decía, que todas las y tardes conversaba con su difunta esposa, colocando militarmente los cubiertos para “ellos”. Hablando y conversando y muchas veces confundiéndolo con su difunta esposa. “Eso fue lo que me hizo sentir que yo estaba hace mucho muerto”, me dijo. Y por esa razón es que tomaba la vida diferente, como un niño que gusta romper sus juguetes buscando encontrar en sus partes el alma, y, como un niño, le daba vida a cada una de las situaciones que enfrentaba el con su abuelo…

“Mi abuelo tenía un rifle, era grande y lleno de balas. Pensé lo mejor para mi, así que no dude en colocarme el cañón en la boca cuando vi que mi abuelo se me acercaba y, sin asustarme ni asustarse, se ponía el cañón en la boca… para luego pedirme que le canté un tango de Gardel, aquel en que se pone una bala en la boca pues desea descubrir si tiene o no tiene alma este cuerpo. Eso, me hizo pensar en todo. Cogí el rifle, y mi abuelo me llamó como le llamaba a mi abuela… Lo abracé y lo llevé a su cuarto, mientras él me decía que estaba cansado y quería desenchufarse de sus pensamientos y visiones…”

Durante toda la noche no dejó de hablar y hablar y sentí que una parte de mi se enriquecía, se cargaba de esa magia que brotaba de su aliento. Deseé estar en su pellejo, vivir esa magia que emanaba de cada uno de sus movimientos. Ya estaba aclarándose la noche y supe que tenía que volver a mi casa, a mi cuarto. Nos despedimos y le dije si podía volverle a ver.

“No lo creo, amigo, no lo creo, tu ya estás vivo… Y yo, acabo de nacer, pues ya se cómo se monta esta vida, ya sé cómo es el equilibrio”, me dijo. ¿Cómo es?, le dije. Sonrió así como una media luna y me dio la mano, me abrazó tan fuerte como si fuera un oso, y sentí su aliento en cada partícula de mi ser, y supe que en ese aliento estaba la clave del equilibrio de toda existencia…

Le vi alejarse mientras me pareció que caminaba sobre nubes, espuma de una mágica mañana… Cerré mis ojos y cuando los abrí, ya no estaba más. Tan solo escuché salir una vieja canción de una de las tantas ventanas de nuestro viejo barrio. Era un tango de Gardel…



San isidro, noviembre del 2005

Friday, November 04, 2005

Me quema

Bulla de televisores planos

Canasta de frutas semipodridas

Cucarachas que mueven sus antenas

mientras mis ojos aburridos

no dejan de apagar el foro

de todas las conciencias que habitan

en el negro universo de mi ser...

No digo lo que soy en este momento

La carne, los huesos

y demás figuras primas del humo

me tiene atado con cadenas

de eslabones de pasiones y

hormigas mentirosas

roen esta existencia

que como un seco árbol

empieza a soltar sus manos

sobre su madre terruña...

Hay tantos libros que me ahogan sus letras

Sonidos feos y bonitos

Dolores mohosos

y eso que pica mi lado sensible,

aplastan el monumento

esculpido a lo largo de esta cola

hecha de tela de carne y huesos...

Estoy cansado así como el sol

que empieza a apagarse...

Me agrada saber que esto negro

tiene gran lástima

por mi gran turbulencia...

Y ahora que la brisa entierra sus uñas

en mi alma...

Grito y grito y grito

porque no sé qué otra cosa decir...

Adiós bola de carne encendida

por el fuego invisible del dios

Adiós, y espero

que muy pronto tus letras

empiecen a ser hijas de tu lumbre...

San isidro, noviembre del 2005

A la deriva

Tengo casi más de media vida normal y siento que la muerte está muy atada al dolor, soledad y deterioro de la mente. Algo así como si ya no importara nada pues uno se siente que está rodando hacia la nada, aquel lugar en donde no existe nada más que la nada... Eso me asusta. Me gustaría que mi vida hubiera sido como un bello recuerdo pero no es así, es como una vieja cola de errores, dolores, y ansiedades indecentes, por ello no me gusta recordarla.

Fui al cine, solo como una botella perdida en el océano y vi parejas de personas, muchachos fumando, mujeres bellas mostrando sus nínfulas cuerpos, en fin, una de esas cadenas de personas con sus mundos de cristal en sus cabezas que al pasar a mi lado uno siente como que se va a caer al piso.

Continué mi marcha y allí estaba mi auto, con un personaje cuidándolo, perdido entre cientos de autos, como perros de lata y grasa. Subí al auto y no supe a donde ir. Pensé en la playa, mi casa, las torres gemelas, un Guru recién bajado, brujos africanos y esos gatos que no dejan de mirarme con el brillo de la luna en sus gemelos ojos.

Bajé en mi casa y subí hasta llegar a mi cuarto. Prendí la computadora y aquí estoy, a la deriva del río de ideas y palabras, tratando de decir lo que he vivido hoy, ayer, e imagino cómo será el día de mañana. ¿Viviré? Sí, es casi seguro que si. Y si te encuentro por las calles, bajaré del auto y de daré un apretón de manos simulando que algún día nos habíamos conocido. Una mentira que me de mareos pero que me ayuda a continuar escribiéndote... al menos hasta que muera.


San isidro, noviembre del 2005

Wednesday, November 02, 2005

La Procesión

Me hallaba en el centro de la ciudad junto a dos amigas, conversando acerca de la belleza, la paz, el amor, la claridad... cuando nos enfrentamos a una muchedumbre de personas que con velas gigantescas marchaban vestidos con una sotana morada y un cordón blanco hacia la casa del señor. Me detuve a mirarlos, habían hombres, niños, mujeres, ancianos, curas, perros, gatos, ratas, rateros, comerciantes, ambulantes, locos, mañosos, etc... Y todos, a pesar de sus diferencias tenían el mismo rostro, el de sentirse culpables por la muerte del señor que pude divisarlo a lo lejos. Era un señor crucificado, enorme, un puñado de negros gigantescos lo cargaban... Un sonido muy triste, un gong repercutía nuestras almas, un humo de sahumerio inundaba a cada persona a su alrededor, provocando que se formaran como almas que se disolvían en la noche, y en el lamento de muchas ancianas que de rodillas le seguían, con sus rostros llenos de dolor, llanto, y esas enormes velas que parecían ser dioses de fuego.

Iba a alejarme cuando sentí en mi alma que debía acercarme un poco mas, deseaba saber el por qué la gente que tocaba una pequeña parte de aquella gigantezca estatua se desmayaban, haciendo que otros negros gigantescos las llevaran hacia una pequeña carpa en donde habían camas, ambulancias, enfermeras, y curiosos por doquier. Me acerqué con gran esfuerzo mientras escuchaba los llantos de todo el gentío cuando sentí una mano que cogía mi billetera. Volteé pero solo pude ver a un puñado de chiquillos que con sus inmensas velas caminaban arrodillados pidiendo perdón, piedad al señor... Aún así continué mi marcha cuando vi que una mujer me cogía las piernas, se me pegaba como si fuera una culebra, la empujé, y ella cayó desmallada, haciendo que otros negros la llevaran en los hombros hacia el lugar de reposo... Continué mi marcha y cuando ya estaba a escasos metros lo vi. Sí, vi al señor. Era enorme. Gigantezco. Su sola presencia me hizo escarapelar la piel... ¡Casi lloro! Sino fuera que los brazos de unos negros me empujaron para pasar encima de mí. Y cuando estuve a unos pasos fui uno de los miles que tocaba con las uñas un pedazo de su Imagen dorada.

Todos continuaron su marcha menos yo, pues me quedé arrodillado esperando que sucediera un milagro, algo que le diese sentido a esta vida, pues cuando le toqué, le pedí si podía hacerme el milagro de sentir la paz, el amor, la claridad, todo eso... pero por mas que esperé, nada, nada, nada, nada...

Ya habían pasado todos y yo allí, de rodillas esperando que sucediera el milagro cuando sentí que unos chicos me tiraban piedras, fruta podrida, gritándome: Loco, loco, loco... Me paré y me fui hacia mi casa con la certeza que el único milagro que vi aquella noche fue mi asombro, y mi sed por ver la divinidad...


San isidro, noviembre del 2005

Monday, October 31, 2005

La Obra Maestra

Bajaba las escaleras con el sentimiento de que jamás volvería a ser igual, y cómo podría serlo después de ver el cuadro más hermoso que jamás haya visto quemándose delante de mis ojos, junto con su creador... Por más que hice el intento no pude rescatarlo, parecía que ambos deseaban unirse en ese ardiente y doloroso abrazo de llamas. Sí, fue muy doloroso.

En mis manos aún tenía uno, quizás el mejor, de los tantos lienzos quemados. Lo llevaba para guardarlo, para que cuando lo mirase pudiese recordar a la misma belleza en su lienzo... Tarea estúpida, pero qué mas me quedaba si ya todo había terminado para mí, su hermano que costeó toda su carrera, y que por mas que quise sanarlo de su espíritu creativo no pude conseguirlo ni salvar todo lo que creaba, que era bello y que gustaba quemar... hasta que encontró su obra maestra que era una casa en medio de un bosque en donde toda una familia de niños, mujeres, hombres y ancianos estaban ardiendo bajo las llamas de un ser encantado, un ser hecho de fuego que se acercaba y chamuscaba a toda aquella dulce familia... Verlos así, con los cuerpos inflamándose con los rostros de dolor, era impresionante. Eso le dije a mi hermano, mientras continuaba trabajando en esa obra maestra... hasta que llegué y los encontré a ambos hecho un amasijo de fuego.

Vi como llegaban los bomberos, los policías, y cientos de curiosos, y continué caminando rumbo hacia mi posada. Cuando llegué fui directo hacia mi cuarto. Lo cerré con llave y abrí el lienzo quemado... Oh, era terriblemente hermoso, aun en ese estado, pues veía que, extraordinariamente seres carbonizados empezaban a moverse, salirse del lienzo quemado y empezar a inundar todo mi cuarto con su negrura total, mientras que un hilo de humo serpenteaba bajo el entorno de todo mí ser. No podía ser, pero su obra, el lienzo de mi hermano era perfecta, eterna, tenía el movimiento de un negro escarlata... Pero cómo expresarlo al vulgo si ahora, era élla quien tomaba mi vida y la convertía en una masa de carbón y humo. De pronto vi que una lucecilla brotaba de aquella oscuridad en que me hallaba y corrí lleno de dolor como un poseso, y cuando llegué vi al hermoso ser de fuego que con unos ojos maravillosos empezaba a atraerme a sus brazos. Era hermoso y terrible al mismo tiempo... No supe cuanto tiempo pasó, pero entre gritos, dolor, ahogo, y tantas cosas mas, me vi convertido en una especie de humo que se expandía entre todo este nuevo universo poblado de una luz dorada y cientos de formas en llamas, como que no dejaban de trabajar, de buscar nuevos buscadores de la cruda belleza...


San isidro, octubre del 2005

Sunday, October 30, 2005

Partículas

Estaba en la ducha mientras una lluvia de pensamientos, preocupaciones, recuerdos mojaban mi alma. Quisiera dejar de pensar, me dije. De pronto, tan solo sentí que el agua bañaba mi piel, y el sonido de la ducha era una tormenta... fue bello, muy bello el saber apreciar el momento en que vives, tan solo vives el momento haciendo que el milagro más grande te llene tu propia existencia.

Salí del baño y cuando me vi frente al espejo tuve que sonreír pues no era tan bello como pensaba. Las arrugas, el brillo en los ojos, el escaso cabello me hicieron entender que soy un ave de paso, que estoy deslizándome a través de este mundo sin saber mucho ni poco, tan solo vivir el milagro, el instante, nada mas...

Ya en mi cuarto no supe si ponerme a escribir, dormir, leer, ver una película, o nada de nada. Decidí escribir un momento, contar lo que decía mi fantasía, y escuché que unos hombres llegaban desde muy lejos, vestidos de harapos y no tenían manos ni pies, se arrastraban con culebras y de sus voces pude entender que todos eran una parte de mí. Me asusté y dejé de escribir un momento... pero no pude, así que volví a dejar que la nave de la imaginación me cargara y vi que todos los hombres y mujeres del mundo tocaban mi puerta, uno tras del otro en una cola interminable, y todos tenían un poema escrito en sus manos, y todos querían leérmelo... fue horrible cuando de sus voces salieron personas de todos los tamaños, colores, formas y cada uno flotaba en el aire... Dejé de escribir, me volví a asustar, pero no pude... vi que mi cama estaba fría, así que volví a soñar, y soñar, y soñé que vivía en Marruecos, y en mi cama había dos mujeres, las dos eran hermosas, pero estaban vestidas de negro, tan solo podía verles las caras, eran tan bellas, grandes como estatuas de carne, blanditas pues cuando las toqué mi mano se hundió en sus carnes, las apreté con fuerza y sin querer les arranqué un trozo de sus cuerpos, me asusté nuevamente... así que preferí dejar de soñar y no volver a escribir de cosas tan raras que flagelaban mi conciencia.

Decidí salir a la calle. Me puse un sobre todo y fui hacia las calles de mi vieja ciudad. Me encontré con un perro, me agaché y el perro movió su cola, luego comenzó a lamerme la mano, la cara, me gustó. Continué mi camino mas contento pues tenía al perro a mi lado. La gente que pululaba como sombras nos miraban con los ojos brillantes así como los gatos, me asusté y decidí volver a mi cuarto. Y cuando entré vi que una persona estaba escribiendo sobre mi máquina de escribir. ¿Quién eres?, pregunté con voz segura pues el perro aun estaba a mi lado... Pareció no escucharme. Volví a preguntar, pero nada de nada. Caminé hacia el tipo y cuando le vi de frente no supe quien era, pero esas manos, esos ojos, esa forma de escribir me hizo pensar que era una partícula de mí ser, y que yo en esos momentos estaba dentro de uno de sus millones de sueños... Miré al perro y ambos volvimos rumbo hacia la noche, como una de las tantas sombras que viven en la oscuridad del piso y paredes...

San isidro, octubre del 2005

Rios de vida

Quisiera contarte toda mi vida

pero este misterio es tan corto,

prefiero decirte que estoy solo

como un cactus en pleno desierto

chupando la vida escondida

que fluye de dentro de mi

Hay tanto de mí en mí

que puedo cerrar este hueco,

esta página en blanco

y suprimirme como un loco...

Seguro que mis padres,

hermanos y amigos

dirían mil cosas,

pero no importa cuando sé

que al fin puedo lanzarme al vacío

y flotar como un ave,

volar con mis plumas imaginarias

y mirar desde arriba,

desde abajo,

desde todos lados…

tu mundo y el mío,

y los otros también…

Te diré que hay luz

en la negra oscuridad,

que los coros resuenan

en la casa de dios

y que hay dulce en el aire

pues la alegría se puede respirar…

Pero es mejor que no

te diga todas mis cosas,

pues así podrás escapar

de todas tus sierpes

y dar pasos solitarios

hacia un llano de arena eterna,

con esos bichos que no dejan de chupar

este instante

y todos los demás…

Prueba la vida,

es dulce cuando puedes respirar la alegría

y cuando haces un río de todas tus cenizas…

Para un instante

y deja de respirar…

Sabrás que no hay nada

como esta bocanada que pasa y pasa

como esos ríos de piedras y agua

que suena bonita y sacian

todas las sedes…

Quisiera contarte más de mi vida,

pero mejor cuéntame tú…

¿qué has hecho hasta el día de hoy?

San isidro, octubre del 2005

Movimientos Verdaderos

Entre a su cuarto y encontré miles de libros, cuadros en cada una de las paredes de la mansión, muebles totalmente abandonados y apolillados... Caminé por entre todas las joyas artísticas hasta llegar al escritorio del poeta. Y allí le vi, tirado sobre miles de hojas en blanco, y en cada una de ellas revisé que tan solo una palabra se repetía y repetía, en todos los tamaños y en diferentes colores. Se volvió loco, pensé mientras cogía uno que otro papel, como buscando un poco de claridad, entendimiento del porqué un hombre de su riqueza y talento se hubiera encerrado de aquella manera, pero no pude entenderlo, tan solo recordaba aquella palabra escrita, aquella palabra que mi hizo dejar de soñar y vivir aquella palabra.

Salí de la mansión y tomé un coche que me llevaría de vuelta al inicio de esta aventura, la aventura de la búsqueda de la verdad, el inútil esfuerzo de cada alma que camina sobre la tierra. Pensé que este hombre que había amado a través de su arte, cartas, vida, genio, tenía la respuesta al fin de mi búsqueda, pero me engañé. Tan solo era uno como muchos que bordeaban como esos tiburones la sangre de un ser humano buscando saciar su hambre y curiosidad.

Bajé en el Diario y me puse a escribir la muerte del poeta. Mi artículo saldría al día siguiente, y sabía que nadie creería lo que puse, pero esa era mi experiencia. La verdad no existe, no hay que temerla. Luego de terminar de escribir mi artículo se lo puse encima del escritorio de mi editor al mismo tiempo que le anunciaba mi renuncia.

Llegué a mi casa y cogí mi maleta, llenándola de ropa y cosas necesarias para mi último viaje. Dejé una nota a mi amiga en donde rompía todas nuestras relaciones. Llamé al aeropuerto y separé un boleto para Roma. Sí, iría nuevamente a buscarme a mi mismo, a mi pueblo, en Florencia, Toscana... Alquilaría un cuarto y me pondría a pensar y pensar, en paz.

Llegué a mi pueblo y todos mis amigos habían envejecido, o se había ido hacia América. Todos mis familiares estaban lejos. Esto era ideal pues no deseaba que nadie me reconociera. Cada día salía a pasear por los parques, las calles de la vieja ciudad, las Iglesias, las viejas rutas y posaderas... Todo estaba más muerto que antes, pero, había algo en ellos que me decía que debía quedarme allí para siempre. Sí, pensé, para siempre. La verdad, la verdad, verdad, en eso pensaba de día y noche, recordando la palabra que el gran poeta italiano había escrito millones de veces..."Verdad".

Todo seguiría igual sino fuera porque una mañana, en uno de mis paseos, vi a un niño que era idéntico a mí mismo. Me le acerqué y el se acercó.

- ¿Qué buscas?

- La verdad... - le dije.

El niño, que era yo cuando niño, o en todo caso una ilusión, o qué se yo, comenzó a reír y reír y reír sin parar... Y cuando le quise decir que callara, sentí que su risa se volvía como una onda que me arrastraba hacia un lugar lleno de millones de voces. Traté de gritar pero no pude. Y cuando cobré la razón me vi echado en una banca de mi vieja ciudad con cientos de niños que no dejaban de mirarme. Me traté de levantar y no pude. Estaba sin piernas ni brazos. Es un sueño, me dije. Cerré los ojos rezando para que despertase de aquella sombría ilusión y cuando los abrí me encontré con mis hermanos que me miraban asombrados diciendo que al fin había hablado. Traté de moverme y mi cuerpo era la de un recién nacido. Maldije mi locura y nuevamente cerré los ojos, pensando en el lugar en donde caería, y cuando los abrí, me vi sentado en un escritorio escribiendo una y otra vez sin poder dejar de escribir una sola palabra: "Verdad"... Grité, y perdí la conciencia, luego vi que alguien muy especial, se acercaba, miraba mis manos inmóviles, mis hojas escritas, mi oscura casa, y luego, lo vi alejarse de mí... llevándose mi esencia, mi conciencia, mi ser, sobre sus hombros, sobre cada partícula de sus sentimientos... Y entendí, realicé, que yo, que yo era un viajero, una pluma movida por el viento, un instante fluyendo a través de los momentos eternos… La Verdad era todo, todo movimiento entre movimientos...

San isidro, octubre del 2005

El creador

Acabada la sesión hubo un segundo, quizá un momento de silencio. El primero en levantarse fue el menor de toda la familia, luego, le siguieron la madre, los hermanos, los tíos, primos y por último cuando ya no había nadie mas en la sala, se paró el patriarca y cogiendo todos sus libros se fue directo a su biblioteca… Mientras pasaba por todas las piezas atiborradas por todos sus familiares agudizó su oído y escuchó lo siguiente:

“Quizás debamos esperar los resultados, dijo uno. La verdad es que no lee bien es preciso aclararle ese punto, dijo otro. No creo que su obra esté terminada, como dicen los artistas es mejor dejar que la masa se fermente para apreciar su aroma verdadero, dijo otro mas.”

Imbéciles, pensó el patriarca y se prometió no volver a escucharlos mas y se juró no compartir su obra con nadie que no sea el menor de su hijos que contaba con escasos siete años. Entró a la biblioteca, cogió una pluma y papel y continuó escribiendo sus poemas y cuentos a lo largo de toda la noche… Qué importaba si su esposa le tocaba la puerta si su vida estaba mientras se entregaba a sus líneas, qué importaba que nadie se le acercase con los oídos destapados si el arte es tan solo cuestión de gusto y no de opiniones generosas… Eso pensaba cuando en medio de las sombras apreció el menor de todos sus hijos cuando ya eran pasadas la media noche. Le tocó el brazo y le dijo si podía leerle un cuento porque no podía dormir. El padre sonrió y cogiendo su recién acabada obra se puso a leerle a su hijo menor. No pasó un instante cuando el niño cayó dormido en su regazo. Lo miró con ternura y en toda la oscuridad y silencio de su casa lo llevó a su hijo a su cuarto para echarlo a dormir en su cama.

Ya estaba por amanecer pero él continuaba escribiendo. Narraba la historia de dos personas que habían viajado tan lejos de sus hogares, jurándose mientras se despedían que se escribirían cada semana. Cosa que hicieron al principio pero con el tiempo ambos se olvidaron. Y cuando llegaron a viejos, con fortuna uno, y el otro con miseria, quiso el destino unirles un instante en la esquina en que se despidieron ambos jurándose escribirse. Miraron la misma salida del tren, el piso de madera que ahora, después de más de cincuenta años había cambiado por uno de mármol blanco. Y ambos, mirando en paralelo la hora en que ambos iniciaban la partida en los trenes que llevaban uno hacia el sur y el otro hacia el norte, pensaron un instante en sus propias vidas… “No fue como pensaba”, pensaron ambos al mismo tiempo. Sacudieron el ensueño que se instalaba en sus conciencias y se encaminaron hacia la realidad. Uno se apretó su lujoso sacó de piel de oso, cogiendo su maleta de cuero llena de documentos y dinero en efectivo, pensando en la cita que le esperaba cerca de una hora mas por lo que tenia que tomar el tren hacia el sur. Mientras que el otro cogió su deshilachado sacó, se ajustó su chalina y sombrero y cogió su puñal buscando a quien asaltar pues hacía más de dos días que su precaria familia no recibía bocado… Ambos tuvieron suerte. El rico creyó reconocer a su viejo amigo mientras que el pobre miraba con ojos asesinos el lujoso saco y maleta… Cuando ambos se alejaron, el miserable llevaba una daga ensangrentada, una maleta llena de dinero y un saco fino de piel de oso. Y mientras se alejaba comenzó a recordar que su suerte cambiaría, y pensó en su viejo amigo que hacía mas de cincuenta años no veía…

Es un buen cuento, pensó el patriarca, mientras escuchaba los primeros trinos de las aves matutinas. Cogió las hojas y las guardó en su portafolio. Bajó a tomar su desayuno y se dispuso irse a trabajar. No encontró nada servido. Miró su reloj y aún no eran más de las seis. Alzó los hombros y salió hacia el taller, pero antes fue a ver a su menor hijo a su cuarto. Lo vio que estaba vestido con ropas miserables y llevaba un cuchillo en las manitas, le miró a su padre vestido elegantemente cogido de una maleta de cuero y notó que sus ojos brillaban de temor, como si fuera una presa a quien cazar…

San isidro, octubre del 2005

Wednesday, October 26, 2005

¿No me conoces?

Quisiera haberte conocido,
allí cuando de niña jugaste como nadie
a la sombra del viejo árbol de roble
mientras los niños miraban
con ojos abiertos, brillantes
y llenos de asombro…
es que, eras
mitad niña,
mitad ángel…

Tenías pocos años
y la vida era de colores:
verde, azul, amarilla…
así como el cielo,
el campo y el sol...

¡Y cómo reías y reías!
Jugando de día,
de noche, de tarde...
Era un recreo tan lindo y tan corto...

Tus piernas crecieron duras como el roble
Tus manos capaces se hicieron
Y tu alma aprendió que no había nada
para que el amor se hiciera tu dueña...

Amaste

¡Y como amaste!

Viviste así como viven
los niños y las aves del campo,
dejando que tus pies
no se alejaran de la tierra,
y tus sueños no volaran tan alto…

Como todos nosotros
descubriste que es fácil errar,
muy fácil,
pero qué difícil era continuar
tras tu sueño, tu vida hecha con ladrillos
de corazón y sudor...

Tuviste una casa,
luego un jardín
y en ella sembraste
las flores mas bellas
y a cada una le pusiste
los nombres secretos
escondidos en tus sueños
y tus sombras queridas...
Ellos fueron se hicieron de carne y de amor
Tus hijos e hijas

Tuviste toda una vida de flores,
aromas y cantos sin tiempo ni espacio...
Aunque la pena y el dolor
cargaras sobre tu espalda,
esperando el momento
en que la noche mas larga
tuviera los aires de paz...

Ya se que no me conoces

¡No importa!

Todos somos iguales
así como las flores
con sus aromas y colores
Todos sabemos llorar,
así como la lluvia y
los ojos de una madre...

Si...
Todos sabemos
que en los brazos de dios
estamos pegados
como los dedos de su mano...

No te conozco,
pero tu me conoces...
Cuando miras el sol
Cuando cierras los ojos
Cuando respiras largo y tendido
Allí, allí, allí...
Allí estoy yo



San isidro, octubre del 2005

Tuesday, October 25, 2005

El perdido

Recién despertaba y un dolor de cabeza me hizo recordar todos los sueños que había tenido mientras dormía... Vi a mi hermano paseando por el centro de Europa vestido de oro y pieles de animales. Vi a mi hermana llena de hijos habitando en una casa parecida a las jaulas del zoológico, con sus cuerpos desnudos y llenos de pelos en las piernas y brazos, con los ojos redondos y abiertos así como los pescados. Vi a mi padre del tamaño de un edificio de nueve pisos que con los brazos de cemento y sus ojos de ventana trataban de pegarme para que no escapara de casa. Vi a mi madre que con una señora negra trataba de darme de comer toda una montaña de verduras, frutas, menestras y carne. Cierto. Fue, nuevamente, la pesadilla de siempre, pues toda mi familia no existe desde hace años, desde el día en que con una pócima de veneno para ratas les maté, para que luego me encerraran en un loquero, solo como una cucaracha, sin que nadie se enfrente a mi vida…. Solo, solo, es terrible estar solo con un pasado lleno de dolor, de sueños terribles, de sentimientos que nunca podré realizar, por eso es que duermo, y antes de dormir oro porque no vuelva a soñar, no lo deseo, pues por culpa de uno de aquellos sueños en que me vi a mi mismo, diciéndome que si matara a toda mi maldita familia dejaría de soñar, y podría sentir la paz, la tranquilidad de vivir como un ángel... pero todo fue mentira, por eso es que no creo nada de lo que sueño ni de lo que me dice mi cabeza ni la gente... pero qué se le va hacer. Uno despierta y siente un dolor de cabeza. Uno duerme, sueña y siente un dolor en el alma. Todo se ha vuelto horroroso, por eso es que no deseo abrir los ojos ni escuchar a nadie ni hablar con nadie, pero estos tipos vestidos de blanco me arrastran como un gusano y me dan una y otra vez pastillas para que hable, que cuente las cosas que sueño, que he vivido, que he pensado. Es terrible vivir así, muy feo, horripilante, así como el rostro que veo cuando me enfrento al espejo... Es terrible, y en verdad, pueda que toda esta realidad sea un sueño, de esos que nunca han terminado ni comenzado, pueda que sí, pueda que no…



San isidro, octubre del 2005

Sunday, October 23, 2005

Los Ancianos

Dos ancianos estaban en una vieja casa
Un perro nos observaba a la luz de una lámpara
El reloj no cesaba de martillar mi cerebro
La noche parecía no querer salir de mi oscuridad
Un pensamiento se mezclaba a mi conciencia
Las paredes constantemente me llamaban
con sus cuadros y arañas, y el beso de la humedad
Los coros de Beethoven
trataban de arrullarme a través de una radio,
sí, todo ahogaba mi existencia…
Y cuando los ancianos empezaron a roncar
supe que era hora de escapar

Me paré en silencio total,
y abandoné la casa de los dos sabios
para siempre...
deseaba encontrar mi propio conocimiento
y mi remoto verdadero ser...


San isidro, octubre del 2005

El joven

El joven que estaba delante tenía la apariencia de tener no mas de veinte y un años sin embargo sus ojos negros parecían eternos, el gesto de su rostro era maduro, la paciencia que gozaba al escucharme hacían sentirme delante de alguien sin edad ni lugar fijo, pues, si bien estaba delante de mi, parecía estar en todos lados: en el rostro del mesero que nos servía el menú, en la mujer de ojos negros y cabellos rubios que no cesaba de observarnos, en el muchacho sucio y malsano que cuidaba mi auto en la puerta del restaurante en que ambos almorzábamos... Sí, lo sentía en todas partes.

- En verdad le digo, hoy podrías conocer a dios dentro ti, tan solo tienes que buscar dentro tuyo, cerrar las puertas exteriores y sentir eso, eso que llevas dentro, como si colocaras un sensor, un micrófono para ver lo que ocurre en tu interior, créeme, es así... – le dije.

Bajó su mirada y empezó a comer lo que estaba servido en su plato, y mientras colocaba cada porción de su almuerzo en su boca, parecía sonreír, y con ese gesto, responder que no me creía...

- Guide dijo que es bueno confiar en la gente que busca la verdad, y es mejor dudar de quien dice conocer la verdad – respondió.

Callé, no supe que responder, tenía la cuchara del menú en mi mano y no empezaba a comer, estaba paralizado, como muerto… Sino fuera porque el mozo me preguntó si el sabor de la carne en mi plato estaba bueno, reviví, y empecé a comer... una cuchara, luego otra y otra y otra. Le dije al joven de ojos negros que el plato estaba bueno, pero no dijo nada.

Cuando terminamos de comer, llamé al mozo para pagar la cuenta pero el joven me miró a los ojos diciéndome que él pagaría por esta vez. Salimos y subimos al auto. Le pregunté hacia donde se dirigía. Me dijo que quería visitar a un amigo que estaba muriendo... "Hace tres años que no le veo, y es bueno ver a los vivos, para recordarlos cuando no lo estén", agregó.

Lo llevé a la dirección que me dijo y cuando bajó le extendí la mano, preguntándole cuándo volvería a verle. "Antes que te mueras", respondió con una extraña y fría sonrisa que parecía no tener edad ni lugar... Lo vi alejarse, ya era de noche, las luces de la ciudad estaban prendidas... sin embargo, aquel muchacho no tenía sombra. Temblé, y recordé que en un momento de mi vida me dije que la vida era tan plena que si estuviera frente a frente a la muerte, no temblaría, y si él me pidiera irme a su lado, le seguiría con alegría y gratitud por toda la vida que he llevado, pues ha sido buena, muy buena… Pero ahora, al verle frente a frente, en el cuerpo de un joven, y en un viejo restaurante, sentí que aún no estaba listo ni conocía la verdad...



San isidro, octubre del 2005

Saturday, October 22, 2005

Dicha

Llegó a su oficina y prendió la máquina fotocopiadora. Puso papel para empezar a trabajar pero la máquina no funcionó correctamente. Miraba las copias y veía que todo salía mal, oscuro, borroso, chueco... mal, terrible en una palabra. Respiró profundo acordándose del método de relajación casero pero nada, nada... Una erupción como infinitos gritos internos clamaron, pidiéndole que la vida no tenía sentido, que la noche era un mar de sueños pegajosos y pesados, por lo tanto, la vida no tenía sentido... ¿Llamar al técnico para reparar su ya magullada fotocopiadora? ¿Ver que su negocio estaba cada día mas y más obsoleto, más olvidado a partir de las nuevas cadenas de ciber cafés?...

Se paró y ante la sorpresa de todos sus compañeros de trabajo cogió su vieja máquina y la tiró al suelo, causando que todos los chicos se le acercaran para socorrerlo, pero ¿cómo?... ¡Déjenme!, gritó. Fue a buscar una silla, un lápiz, un papel, una mesa y se puso a escribir... ¿Qué escribía?, pues nos sumergimos en su cabecita y vimos que trataba de recordar todos los momentos en que había sido feliz, sí, quería ser feliz, sentirse dichoso el resto de su vida... ya no quería vivir, mejor dicho: sobrevivir.

Anotó cuando recibió los primeros aplausos de sus familiares cuando se puso a cantar frente a ellos, algo de su inspiración; puso el momento en que tuvo su primera relación sexual cuando contaba quince años, los brazos de su madre cuando cometía un error mientras ella con besos y abrazos le perdonaba todo, todo... Luego de escribir por cerca de veinte minutos paró. Miró la hoja y contó el tiempo en que fue muy feliz, y con estupor vio que había sido feliz no mas de cinco horas con veinte minutos a los largo de sus mas de cincuenta años... Dejó el papel y salió a la calle ante los rostros consternados, sorprendidos de toda la gente que trabaja a su lado en el taller de fotocopiadora a lo largo de quine años, escuchando susurros como: "Está loco, ha perdido todo, qué le pasará, seguro que volverá..."

Caminó y caminó sin rumbo ni meta, tan solo sentía en su interior una voz que clamaba: quiero felicidad ahora, ahora, ahora, ahora.... ahora... El sol empezaba a ocultarse, la luna empezaba a observarle, las aves callaban, la noche se volvía en su teatro, el único lugar en donde sus pies podían caminar en busca de sus felicidad... cuando se detuvo frente al mar que, ya de noche, se sentó en su orilla escuchando las olas que se rompían una y otra vez, calmándole de alguna manera. Miró la noche, el cielo, las estrellas y sintió que todos le miraban, observaba... Se paró y gritó: ¡Soy un hombre y quiero ser feliz!

Bajó la cabeza ante el total silencio del universo y cerró los ojos como buscando dentro de si la respuesta, el camino, un espacio que le diera aquel sentimiento de sosiego, pero nada, nada, nada... Cuando abrió los ojos vio a un niño de no más de ocho años que con los ojos más dulces le miraba... El hombre le preguntó si conocía la felicidad. El niño le miró y empezó a retroceder, luego, alzó los hombros como diciendo que no sabía... Se volvió y se fue caminando, volteando la cabecita una y otra vez como si tratara de decirle al hombre que le siguiera. Le siguió.

Caminaron durante toda la noche, pasaron por ríos, bosques, llanos hasta llegar a una pequeña y humilde casita. El hombre se detuvo y vio al niño entrar, dejando la puerta entreabierta... No lo pensó y caminó hacia el lugar. Entró y cuando a puerta se cerró, todo se volvió negro, más negro que todas las noches juntas del universo.

De pronto, en aquella negrura le pareció escuchar millones de susurros, millones... y sintió que en aquel lugar moraban millones de personas. Dio un paso, con el temor de chocarse con uno de ellos pero nada, parecía que todo estaba vacío... Son almas, se dijo, y quizás estoy muerto, o loco. En eso pensaba cuando escuchó claramente una sonrisa de un niño.

- ¿Quieres conocer la dicha? – escuchó otra voz que provenía de otro lugar.

El hombre dijo que si. De pronto, en medio de aquella negrura se abrió, a lo lejos, una estrecha y luminosa puerta, y vio a través de ella un valle de colores vivos, sonidos llenos de calor, bondad...Sí, pensó, allí está la dicha. Guiado por aquel impulso empezó a caminar hacia ella, y cada paso que daba percibió que aquellas imágenes en donde fue muy feliz en su pasado, se materializaban, acercándosele, llamándole, pidiéndole que les recordase nuevamente... Vio a su madre con los brazos abiertos, iba a ir pero continuó su camino hacia la luminosa puerta. Vio a una hermosa y sensual mujer totalmente desnuda, que en algún momento anheló ser suya, llamándole. Vio a su perro moviendo la cola, a su hermano pidiéndole ayuda, a toda la gente que quiso, amó en los momentos en que fue muy feliz… pero, sin embargo, continuó su marcha... Y cuando estaba por llegar al umbral de la puerta, vio al niño que conoció en la playa que con una sonrisa le preguntaba si deseaba revivir nuevamente la dicha, su pasado regalo... El hombre dijo que sí, extendió su mano y se fue junto al niño tras de la dicha… Y mientras caminaba al lado del niño volteó un instante la cabeza y vio que la pequeña puerta luminosa se cerraba. Bajó la mirada, y caminó de la mano de la dicha, de aquello que había vivido, mientras algo dentro de él le decía que élla, era algo más que todo lo antes vivido...

San isidro, octubre del 2005

Friday, October 21, 2005

El resucitado

Estaba manejando rumbo hacia mi trabajo cuando el auto que estaba delante de mi se detuvo. Molesto, toqué el claxon muchas veces, así como también lo hicieron todos los autos que estaban tras de mi, pero nada, el maldito chofer no movía su carro. Me detuve a observar mejor al hombre del auto y me pareció que estaba dormido o muerto. Saqué la cabeza a través de la ventana de mi carro para avisarles a todos los que estaban tras de mi que parecía que el tipo delante de mi estaba mal… En esos instantes todos hicieron silencio, como si el hecho de que el hombre estuviera muerto fuese algo inesperado, y en verdad lo era.

Tuve que salir del auto y caminar hacia el hombre que estaba delante. Y cuando estuve frente a la ventana del tipo, noté que estaba o muero o dormido.

- ¡Está muerto…! - grité

De pronto, todos los otros chóferes salieron de sus coches y se acercaron hasta el tipo. Abrimos la puerta y el hombre cayó como un costal de papas… ¡Está muerto!, gritaron todos menos yo que callé y no supe por qué… Todos los tipos comenzaron a llamar a la ambulancia, policía, bombero, alerta médica a través de sus celulares cuando en ese preciso momento, el hombre… abrió los ojos, como si fuera un resucitado… Todos nos asustamos y retrocedimos, mientras pensábamos que quizás estaba dormido. El hombre se paró y se puso en su volante, arrancó el auto y sin decirnos nada de nada, se alejó de todos nosotros que aún no salíamos de nuestro estupor, o estado estúpido de desconcierto.

Luego, todos subimos a nuestros autos, medio riéndonos, medio pensando de lo ocurrido mientras veíamos que los policías, alertas médicos, ambulancia y bomberos se acercaban hacia nuestros autos. Les dijimos lo que había ocurrido y luego, lanzando una sorda maldición, se fueron… Dentro de mí pensaba que estos malditos hubieran esperado encontrar al hombre muerto de verdad, en vez que saber que había resucitado, justo, justo frente a nuestros ojos… Y es que, un milagro urbano como aquel, no sucede todos los días…



San isidro, octubre del 2005

Sin permiso para sentir, pensar, decir...

Uno no es lo que parece
sino lo que le dicen que es…
¿Será que no soy lo que parezco?
¿Qué no sé cuando despierta
y se esfuma un sueño, una realidad…?

Cuando veo la mañana
que viene con el trino de un ave
siento que todo nace
Y cuando noto que el silencio
cala la frontera de mis realidades
veo que en mi algo se encoge…

Miro la tarde,
que carga una madre sobre el lomo,
que llueve sobre el parque que se vuelve sumisa…
cuando un anciano cae
rompiendo la fe de su carga…
haciendo que yo
y toda la gente a mi lado
dejemos de pensar
y empecemos a sentir...

No es nuevo este momento,
es mas arcaico que el sueño...
sin embargo tiene un mensaje,
un poema que expresar
y por ello
no puedo cesar de pensar...
Es que,
vivo hace mucho
sabiendo que jamás
vendrá a mi el permiso para decir…
pues todo no es mas
que un momento,
viejo y usado ya dije…
como este abrigo carne pesado
que cargo sobre todos mis huesos...
cuando recién empiezo a escribir…


San isidro, octubre del 2005

Thursday, October 20, 2005

Aquí y ahora

Hoy estuve con un chofer,
negro él,
con sus ilegibles manos
que no dejaban de hablar,
contar aquello que solo en sueños
podría llegar a vivir...

Después, estuve con un mendigo,
un loco, un perro, un ciego...
y a todos escuché con los ojos
lo que en negro silencio narraban,
clamando...
diciendo que la vida es injusta,
corta como un pedazo dulce torta
Y que la desgracia es su sonrisa precoz
Y que solo en la noche,
mientras todo fallece,
encuentran a la enferma y vieja igualdad,
y duermen todos como seres humanos...

Y vi a un sabio,
a un comerciante,
a un drogadicto arrepentido...
y en cada una de sus palabras
brotaban las moscas mentirosas...
bellamente aladas,
con colores descubiertos,
sensuales como la herida en la carne,
y aquel tibio sabor
que hace
que nadie termine sus copas...

Y luego,
estuve conmigo...
Y en ese momento
escuché que todas aquellas personas
jamás estuvieron conmigo
pues hace mucho que escribo, que miento…
contando que vivo
cuando muero
en cada punto seguido
y punto final...


San isidro, octubre del 2005

Tuesday, October 18, 2005

Heridas profundas

Iba a abrir la puerta de mi casa cuando vi que todas las luces estaban prendidas. Me asusté, y me asusté porque sabía que nadie podría estar adentro, pues las llaves de la casa en donde vivía desde la muerte de mis padres las tenía en mis manos... Revisé mi maleta y saqué el revolver que era para casos como este, aunque no la había usado nunca y ni siquiera había hecho un solo disparo aún, a pesar que la tenía por más de dos meses.

Puse la llave en la puerta, la doble en sentido horario y la puerta se abrió apenas la empujé un poquito. Las luces se apagaron. Ratas, pensé. Entré como un gato con el arma en mi mano y cuando cerré la puerta escuché que una ruma de sombras salía por la ventana de la casa...

- ¡Alto! - grité, pero igual continuaron diluyéndose a través de todas las ventanas de la casa.

Prendí las luces y vi que la casa estaba intacta, como si nada hubiera ocurrido. Me acerqué a la ventana y estaba con seguro. Habré alucinado, pensé. Podría ser cierto pues acababa de salir de una reunión con mis empleados y habíamos tomado bastante licor antes de terminar con el próximo objetivo. Claro... el licor, me dije. Caminé hacia mi cuarto mientras dejaba regado por todo el piso mi saco, mi maleta, la pistola... hasta quedar en pantalón y camiseta. Llegué a mi cuarto y me tumbé en mi cama, luego, perdí la noción de todo...

No supe cuanto tiempo había dormido, pero cuando abrí los ojos, producto de que alguien había prendido las luces, vi que una media docena de muchachos y chicas estaban observándome, riéndose en silencio. Están drogados, pensé. Iba a moverme pero no pude, estaba atado como un gusano. Iba a hablar y me di cuenta que tenía un parche en la boca, mientras todos los chicos se reían en total silencio de mi. De pronto, noté que un sujeto un poco mayor que todos ellos, y que tenía algo en su mirada que se me hacía familiar, les dijo que ya era el momento. ¿Qué momento?, me pregunté. No tuve que esperar mucho para ver que unas bellas muchachitas, totalmente desnudas, se me acercaban con unas barras de acero al rojo vivo...

- ¡Quémenle las manos, el pecho y al final los ojos...! - dijo el muchacho un poco mayor que por su manera de mandar y de mirarme se me hacía tan familiar.

Por más que me rascaba la cabeza no supe de dónde lo había visto, pero de qué importaba saberlo si las malditas muchachas me iban a lacerar... Las vi acercarse hacia mí como en cámara lenta, con las barras al rojo vivo que parecía el umbral del infierno… y cuando las malditas estaban a punto de sancocharme las manos, grité con todas mis fuerzas. De pronto, me vi echado en mi cama con una lámpara del velador pegada a mi mano que empezaba a quemarme. Sí, fue un maldito sueño. Me paré y empecé a caminar por mi cuarto cuando en un rincón del cuarto vi una foto en donde estaba el maldito muchacho de mi pesadilla. Sí, era yo, era yo cuando contaba con quince años... Cogí la foto y la tiré al piso. Cogí el teléfono y llamé a uno de mis empleados preguntando si el trabajo estaba concluido. Me dijeron que sí, que el pobre viejo había firmado todos los documentos antes de que le sancocharan las manos... pero, igual le perforaron el pecho, pues, decían, valla el madito a contar lo que no debe... Colgaron, pero no pude volver a dormir desde aquella vez en que sentí que mis ojos, mis manos, y mi corazón estaban totalmente negros, carbonizados...





San isidro, octubre del 2005

Monday, October 17, 2005

La chalina celeste

Miré la bolsa que acababa de llegarme de Israel. La abrí como un niño y dentro encontré una carta y una bolsa de plastico que guardaba una chalina de color celeste... Leí la carta, era mi madre en donde me acensejaba que me abrigara para el invierno y que ella oraba todos los días para que Dios me diera una linda pareja, una sierva de Dios... Cogí la chalina celeste y me la puse al cuello. Era muy pequeña. Estoy gordo y viejo, pensé. La puse en mi bolsón, junto con la carta y me diridí hacia mi cuarto.

En el camión que tomé vi a una linda chiquilla de no mas de ocho años que me miraba como esos gatitos que ven un ovillo para jugar. Será mi cara, mi cabello, pensé. Alcé la mano, saludándola, pero la niña arrugó su frente y me sacó la lengua, luego, se dio la vuelta y se pegó a su madre que estaba a su lado, y que era una señora gordisima y rubia... La mujer volteó para ver el por qué su hija había tomado tal actitud, y al verme, me miró a los ojos y arrugó la frente como diciéndome que ya estaba demasiado viejo para jugar como un niño.

Bajé de camión justo a cuatro cuadras de mi cuarto cuando repentinamente empezó a llover. Maldije mi suerte mientras veía como el camión se alejaba de mí, y pude ver a la niña que nuevamente me sacaba la lengua y atinaba a lanzarme un golpe de puño. Me reí. Me di media vuelta y, totalmente mijado, caminé hacia mi cuarto. La lluvia y la brisa eran terribles cuando recordé la chalina celeste que mi madre me había mandada desde Israel. La saqué de mi bolso y traté de cubrirme la cabeza y la cara. Lo logré. Aquella chalina era gruesa y de fibra sintética. Abrigaba como si llevara una estufa en el cuello. Lo alargué hasta cubrirme toda la cabeza, y me fue exelente... Mas tranquilo, caminé despacio y me dije que gracias a la chalina podría pasar un rato por la bodega cercana a mi cuarto para comprarme un poco de café para pasar...

Llegué a la bodega y compré lo que necesitaba y cuando iba a salir vi que no lejos del lugar el camión en que viajaba había chocado contra un auto... Desgracia, pensé. Recordé a la niña malcriada, a la madre, el conductor y una que otra cara. Corrí hasta llegar al lugar del accidente. Y cuando llegué vi a una señora gordísima, rubia, llorando desconsoladamente, pues tenía a su pequeña hija en las manos, privada... Mientras el chofer tenía la cabeza metida entre las lunas... Un chorro de sangre me escarapeló el esqueleto. Me acerqué y vi que el pobre no tenía cabeza... Iba a alejarme cuando comencé a escuchar los quejidos de las demás personas que iban en el mismo camión... Me acerqué cuando volví a ver a la señora gorda. Me le acerqué y la vi de cerca. Estaba temblando de frío, con la lluvia que parecía lacerarla y con sus manos llenas de sangre. Miré a la niña y, en verdad, parecía dormida. Instintivamente me saqué la chalina y se la entregué a la señora. Ella no pudo verme, por la lluvia, luego, empecé a alejarme pues escuché el canto de la ambulancia, y el correteo de la gente curiosa...

Volví sobre mis pasos y cuando vi que la ambulancia se llevaba a la niña y a la mujer, retorné para preguntar a los doctores por la salud de ellas dos. Me dijeron que no era muy grave, tan solo un fuerte golpe y quizás un fuerte resfriado debido a la lluvia y la brisa, en cuando al chofer, había muerto al instante... La vi entrar en el auto y la vi alejarse a ambas... La niña tenía mi chalina celeste en su cuello.

Llegué a mi casa y escribí una carta a mi madre diciéndole que le agradecía mucho por la chalina celeste que me sirvió muchisimo, sobre todo que pude volver a escribir, contando la historia de la chalina celeste...

Sunday, October 16, 2005

La Biblioteca personal

Miraba los miles y miles de libros que estaban en aquella inmensa y lujosa Biblioteca, pegados a sus cuatro paredes, y me preguntaba si alguna vez llegaría a limpiarlos y a leerlos. El dueño de esta Biblioteca, que era un anciano que estaba atrás de mi, me dijo que todos aquellos libros eran para mi, y que me los daba porque no sabía a quién dejárselos antes que muriera. Sorprendido, acepté su generoso regalo pero le dije que no tenía un lugar en donde colocar tantos libros. Esta casa será tuya, respondió. Pensé que estaba loco, pero su mirada apacible y al mismo tiempo misteriosa me hizo sentir un escalofrío, pero cuando nuevamente observé los miles y miles de libros pensando que podrían se todos para mi, me sentí mas tranquilo.

- Acepto - le dije – y, ¿desde cuando puedo mudarme?, o sea, ordenar mis cosas, que no son muchas, avisar a mis parientes, ordenar mi vida a partir de un lugar nuevo en donde vivir.

El anciano, soltó las manos como si yo no comprendiese, y casi susurrando me dijo que yo no volvería a salir de su casa jamás... Me puse helado, y como si fuera un perro a quien van a degollar corrí hacia la puerta de salida de la inmensa y antigua casa. La abrí, y salí despedido, buscando la salida pero por más que corrí y corrí, no la encontré. Era una casa de esas llenas de escaleras por todas partes, y cuartos llenos de libros en sus cuatro paredes con puertas que daban a otros cuartos con mayor o menor cantidad de libros en ellos. Me perdí, y empecé a gritar para salir de aquella pesadilla, pero tan solo escuché el eco de mi propia voz. Nadie más contestó.

Ya oscurecía cuando una luz empezó a limpiar toda la oscuridad que me angustiaba, dándome al mismo tiempo un extraño calor. Agotado, me tiré al suelo y maldije el día en que había leído el anuncio en donde pedían a una persona que pueda encargarse de dar mantenimiento a una Biblioteca personal. Yo amaba los libros, pero no al extremo a convivir para siempre con ellos, pero, como un ratón absorbido por el olor de un trozo de queso, caí en la trampa.

De pronto escuché la voz del anciano de no sé que parte de la casa que decía que no debía temerle a los libros y que en cualquiera de ellos encontraría la salida, la única y verdadera salida. Apenas terminé de escucharlo, una puerta se abrió y como si todo estuviera embrujado me di cara a cara con la gran Biblioteca. Entré, y allí estaba el anciano, sentado en su silla de ruedas, y con esos ojos tan apacibles y misteriosos, así como el sol y la luna. El vejo tenía un libro en las manos, me lo ofreció. Lo cogí, y empecé a leer...

No sé cuanto tiempo ha pasado, pero, cada vez que termino un libro veo que mis manos se quedan temblando, como si ellos absorbieran mi vida... El anciano ha desaparecido. Veo que día a día, alguien, que nunca supe de dónde venía me deja mis alimentos. Cuando me siento con sueño, me echo sobre la alfombra de la Biblioteca, otras veces me voy a otro cuarto y cojo otro libro, y también me quedo dormido con un libro en la mano…

Y, era verdad, después de leer una pequeña parte de los libros he encontrado no una salida sino miles de salidas de esta casa, pero, no sé por qué no deseo salir, siento que una vez que termino uno de ellos hay algo que me impulsa a coger el siguiente… ¿Será que leyendo he roto todos los cristales fríos de mi antigua soledad, de mi apagada pasión, de esperar a que algo ocurriera cuando nunca me sucedió nada de nada…? No lo sé, pero el tiempo parece haberse escondido para siempre mientras leo, la luz no tiene sentido más que cuando tengo un libro delante de mis ojos, y el silencio, ¡oh, el silencio!..., es mi más leal compañero, el placentero trono donde me siento delante de su profundo teatro. Esta Biblioteca parece darme todo lo que yo necesito… en verdad, casi todo…

San isidro, octubre del 2005